miércoles, 16 de agosto de 2017

El (Gran) hermano Evo



Si hay algo que me llega a indisponer cada vez que, con mayor frecuencia de la que uno puede esperar, se refleja en los medios, son esas declaraciones de personas que, habiendo sufrido maltrato por parte de funcionarios del régimen –más de una vez con el rostro ensangrentado o con signos de haber sido golpeadas- se dirigen al individuo que ostenta el cargo presidencial como “hermano”.

“Hermano Evo, escuchanos”; “sólo le pedimos una reunión al hermano presidente”; “queremos hablar con el hermano”… expresiones ya familiares a nuestros oídos pero incomprensibles a nuestros sentimientos pues, ¿cómo puede un “hermano” mandar a apalear a otro y encima éste invocar a una fraternidad mientras se desangra? ¿hermano Assad? ¿hermano Nicolás? ¿hermano Putin?

No digo que en tales circunstancias se debería maldecir o denostar al sujeto en cuestión. Bastaría con quitar, por un mínimo de dignidad, el “hermano” de la frase y referirse a la autoridad ya sea por su nombre solamente –“Evo, escuchanos” o “queremos hablar con el señor Morales”- o por su cargo -“Sólo le pedimos una reunión al presidente”-.

No voy a pecar de ingenuo; sé que tan fraternal tratamiento deviene de una suerte de identificación étnica, de clase o, directamente, de militancia política pues buena parte de los conflictos de los últimos años se originan en rencillas internas de sectores, en última instancia, afines al régimen.

Allá, entonces, quienes, a pesar de las humillaciones sufridas y de los golpes soportados, persisten en amarrar los guatos de dicho personaje público.

Lo verdaderamente terrible es que del “hermano”, en el sentido fraternal de la palabra, el señor Morales Ayma se ha convertido en “El Gran Hermano”, en el sentido orwelliano del concepto.

Para refrescar la memoria, diremos que con “El Gran Hermano”, el autor de “1984” retrata a un régimen dictatorial cuyos mecanismos de poder –partido, propaganda, líder –identificable o no- y seguridad (en su dimensión policial)- están omnipresentes en la cotidianidad social, ejerciendo un control sobre cada ciudadano.

Con matices –El MAS no es, aún, el partido único como el Ingsoc de la novela- el régimen supera con creces el mundo de la ficción en profusión de propaganda –rubro privilegiado del presupuesto- y en ejercicio corporativo del poder.

La distopía “plurinominal” no es la dictadura clásica; más bien tiende a la dictadura perfecta, aquella que instrumentaliza los mecanismos de la democracia para, con tal apariencia, ejercer el poder omnímodo. Una sociedad amodorrada en un ilusorio bienestar ayuda, con su indiferencia, a dejar que el “Gran Hermano” ocupe cada vez más espacio en la vida de las personas hasta extremos inauditos, arrebatando la libertad y la conciencia de las mismas.

Sumemos a lo ya dicho la enfermiza exaltación del caudillo (museo personal, palacios faraónicos, himnos, comparaciones con la divinidad, complacencia a sus caprichos, etc.) y tendremos, como lo tenemos, el escenario más propicio para la comisión de los más groseros abusos contra el que abomina del orden político establecido.

Una de las víctimas del Gran Hermano Evo fue Roger Pinto, quien como senador denunció a las mafias insertas en el régimen, lo que le valió la persecución sañuda del régimen, su posterior exilio y la muerte. No es que el régimen ordenase el asesinato del político de oposición, pero sucede que el deceso se dio a partir de las amenazas dirigidas desde el poder hacia su persona.


La democracia, una vez más, está de luto; ¿quién sigue en la lista? ¿usted? ¿aquel? ¿yo?... ¡Dios nos libre!

miércoles, 2 de agosto de 2017

"Masista", palabrota al uso



Si bien la idea anduvo rondando por mi cabeza desde hace algún tiempo, no fue sino hasta leer, hace un par de días, el artículo firmado por Kristin Wong en el New York Times, En defensa de las groserías, que decidí ponerle pluma.

La articulista menciona que en el libro The Stuff of Thought, su autor, Steven Pinker, profesor de Harvard, enumeró algunas nuevas funciones de las groserías. “Hay palabras enfáticas, por ejemplo, cuando se quiere resaltar algo, y palabrotas usadas como disfemismos para expresar opiniones de manera provocativa”, apunta.

Mencionando a otro autor, Bergen, anota que “aunque decir malas palabras es en gran medida algo inocuo, las injurias o insultos son un excepción. Hay claros beneficios cuando se usan groserías, pero cuando van dirigidas a un grupo demográfico, pueden producir prejuicios”.

Acabo las citas con la de Jay, quien advierte que “la gente también percibe a aquellos que usan palabrotas como más honestos”, la idea –dice- es que “los mentirosos necesitan usar más su cerebro y requieren más tiempo para pensar e inventar mentiras, recordarlas o, simplemente, evitar decir la verdad. En cambio, los que suelen decir la verdad van al grano más rápido, lo que puede implicar hablar impulsivamente y sin filtro”.

Hace unos tres años, fui casual testigo de un hecho –para mí, sin importancia en ese momento-: dentro de un almacén, un comprador que quiso pasarse de vivo fue descubierto en falta por el cajero; al verse en evidencia, el sujeto intentó maquinar una serie de explicaciones a su intento de engaño, siendo obligado, finalmente, por aquel a devolver toda la mercancía excedentaria que pretendía llevarse sin pagar –dicho en buen cristiano, se la estaba robando-. ¡Cuánta sería la bronca del cajero que cuando el frustrado ladrón salía del lugar con el rabo entre las piernas, le espetó un sonoro “¡masista!” que parecía salido del fondo de su alma! Pensé entonces –insisto- que se trataba de un hecho aislado, pero, con algo de atención, fui atestiguando o me fueron contando sobre escenas similares más o menos recurrentemente.

El último que me contaron trata del clásico conflicto entre un pasajero y un conductor de radiotaxi. No me extiendo en detalles, pero el asunto acabó a la manera del anterior: el pasajero vociferando “¡masista!” al chofer abusivo. Podría suponerse que estas sobrerreaccioes sólo ocurren en La Paz, por el clima de rabia contra el régimen que está a la orden del día, pero en recientes viajes he escuchado tal adjetivo en sentido despectivo a cada paso.

No es difícil deducir que una carga negativa se ha ido adhiriendo al término que inicialmente –denotativamente- se refiere al militante o simpatizante de un partido político. El resto tiene que ver con las connotaciones adquiridas merced a su empleo asociado al comportamiento de ciertos personajes de tal tienda en función de gobierno. Así pues, “masista” puede contener “corrupto”, “abusivo”, “mentiroso”, “narco”, “dictador”, “ladrón”, “caradura”, y un largo etcétera de vocablos en dicha línea.


Mire nomás este cóctel y dígame si no hay algo de razón para que suceda tal cosa: Romer Gutiérrez (100 kilos de cocaína), Papelbol (sobreprecio), avión presidencial (comprado al doble de su precio comercial), Catering BoA (tráfico de influencias), Planta de Bulo Bulo (pésima ubicación, sobreprecio), Taladros YPFB (escándalo de proporciones), Fondioc (el hecho de corrupción más grande de la historia del país), Satélite (compra directa), persecución, manipulación de la justicia, varias quiebras a consecuencia del Estado jugando a ser empresario, Canal 7 (compras fraudulentas), palacios insultantes, museo del ego, canchas y mercados sin uso… todo “a lo masista”.

miércoles, 19 de julio de 2017

SofisMAS



Y cuando pensábamos que ya nada de lo que el régimen hiciera nos podría sorprender, éste se las arregla para seguir asombrándonos con sus ocurrencias, todas ellas carentes de sensatez, cuyo propósito es seguir engatusando a quienes aún dan por válido todo lo que el mismo les introduce.

En realidad, lo admirable de esto no es tanto la técnica discursiva –mecánica y previsible- del régimen, sino el hecho de que haya una cantidad todavía apreciable de gente que se trague los juegos verbales de Morales Ayma y compañía.

Si bien lo descrito no es algo reciente –al contrario, prácticamente es el signo del régimen- los últimos días se han juntado, cual condensación (anti)didáctica, una serie de expresiones dignas de una (anti)antología del absurdo.

Por boca de los mandamases del régimen nos venimos a enterar de que hacer observaciones al adefesio emplazado en pleno centro histórico de La Paz había sido un acto de racismo.

Nos desayunamos, también, con que plantear dudas razonables sobre la situación de los mártires de la reivindicación marítima resulta ser “trabajar al servicio del enemigo”.

Asimismo, nos informamos que criticar algún procedimiento de la fuerza policial es poco menos que estar del lado de la delincuencia.

Risibles como son estas afirmaciones, lo increíble es que haya quienes, incluso de buena fe, se las tomen en serio; es más, han aparecido como titulares importantes a pesar de su falaz sentido.

Centrémonos en la última. La madre de Lorena, la víctima fatal del asalto a la joyería cruceña, con el derecho que le asiste para hacerlo, ha puesto en cuestión el proceder de la institución del orden en el operativo de intervención para controlar tal situación.

En la “lógica” presidencial, la señora –la madre de la víctima, insisto- está actuando en favor de los delincuentes, podría ser su encubridora, o, en última instancia, ser una de ellos.

Grosero, ¿verdad? Pues bien, ese tipo de argumentos tiene nombre: Sofismas.

De entre varias, todas ellas atendibles, descripciones de su naturaleza, me quedo con la siguiente: “El sofisma es la falacia intencional, en que el individuo enuncia una inferencia errónea, no válida, con la cual sabe que está engañando a otro”.

Pero al fin y al cabo, ¡para qué hacerse mala sangre con el régimen! Aprovechemos el asunto de los sofismas para hacer de esta columna algo más divertido de lo que habitualmente es, entonces.

Uno de mis libros favoritos durante mi adolescencia era “Los escandalosos amores de los filósofos”, escrito por el chileno de pseudónimo Josefo Leónidas y publicado por la editorial Zig-Zag, que sufrió los rigores de la dictadura pinochetista años después de la edición de dicho texto. Obra irreverente en uno de cuyos acápites el autor nos ilustra sobre Protágoras en tono lúdico.

Para tal efecto, lucubra un diálogo con su discípulo Clesipo:

- Me dijiste hace días que tienes una perra, ¿no es así, Clesipo?
- Así es, maestro.
- ¿Estás seguro de que la perra es tuya?
- Por cierto. Se la compré a un vecino.
- ¿Y tiene cachorros la perra?
- Sí, tiene cuatro.
- De modo que la perra es la madre.
- Así es.
- Y además es tuya.
- Lo acabo de decir.
- Luego, la perra es madre y tuya. ¿Cierto?
- Sí, madre y mía.
- O sea que la perra es tu madre.

Tal método, dice el autor, permitía a Protágoras buscar razones para defender cualquier cosa. Nótese, ahora, la similitud entre las patrañas que difunde el régimen y las falacias del griego que las inspira.


Lo que no dice el escritor es que para que un sofisma tenga efecto, del lado del receptor tiene que estar alguien con poca dotación neuronal; y tal parece que en los alrededores del denominado “Estado plurinacional” hay muchos con tal condición.

viernes, 7 de julio de 2017

Diez años de Deseo(s)

Una tendencia en el mundo desarrollado es la de eliminar a la radio convencional –aquella que utiliza es espectro electromagnético para la difusión de sus contenidos- y migrar al espacio virtual.

Las nuevas generaciones no escuchan radio –al menos no de la manera en la que las precedentes lo hicieron-. Hace unas semanas, uno de mis estudiantes me dijo que los dispositivos móviles ya no incluyen el receptor de radio entre sus aplicaciones de fábrica.
Pero, para fortuna de sus amantes, en esta parte del mundo –Latinoamérica, digamos- la radiodifusión “tradicional” está lejos de pasar a ser un asunto de museo; es más, podría decirse que está cada vez más vigente. Si hablamos en términos cuantitativos, mencionemos el desmesurado número de estaciones que pueblan el dial –una norma atrabiliaria así lo permite; estableciendo “cupos”, además. La sobresaturación de frecuencias ha hecho que unas se sobrepongan a otras creando interferencias de unas a otras-.

Otro hecho que da cuenta de la importancia de este medio de comunicación en estos lares, es la reciente zozobra que se produjo a raíz del anuncio gubernamental de no renovar licencias a aquella emisoras (no lo dijo explícitamente, pero lo dejó entrever) que le resultan “incómodas” debido a su no alineamiento con el discurso oficial. Dicha amenaza se frenó temporalmente ante el compromiso de las mismas de “adecuarse” a ciertos requerimientos que el Estado les reclama. Desde hace varios años, las radios están obligadas a entrar “en cadena” para la emisión con carácter de gratuidad, como en los peores tiempos de dictadura, de los discursos del Presidente en sus informes de gestión.

En lo cualitativo, un ejemplo fresquito es el seminario internacional que, con motivo de los 50 años de Erbol, concluye hoy viernes, luego de tres días de desarrollo. “La radio educativa en América Latina: Sentido y razón de una marcha de medio siglo”, se llama.

Dichas estas consideraciones, permítaseme referirme a un caso particular de experiencia radiofónica que este mes cumple diez años en el éter: radio “Deseo”, una de las emisoras incómodas, no sólo para el gobierno, sino para buena parte de la sociedad tradicionalista. Incómoda, a veces, incluso para quien escribe que, sin pertenecer orgánicamente a su plantel, forma parte del equipo de productores de la misma. Una extrema estridencia –y no me refiero a la música- le genera, pienso, algún rechazo. Pero sin esa estridencia, Deseo no sería Deseo (apuesto a que María Galindo, lejos de perturbarse, está celebrando estas líneas, porque ella quiere que Deseo no deje de ser eso; incluso querría que la estridencia aumentase)

Y es precisamente ella, Galindo –A la Cesaresa lo que es de la la Cesaresa-, a quien Deseo le debe haber llegado a esta década de un proyecto autogestionario no comercial. 

Con Galindo tengo también ciertas diferencias, como ella las tiene conmigo, pero reconozcamos que sin su determinación la radio no hubiera pasado de un invierno. Y ya llevamos diez inviernos junto a una audiencia que volvió a encontrar algo de interés en la radio.
Las amenazas están latentes pero los deseos de libertad, de inclusión y de justicia son más fuertes. Eso, sin olvidar que la música de los deseos sólo tiene cabida en Deseo.

Cierro esta entrega esperando no dar motivos para ser incluido en la lista de padres irresponsables; lista de la que no se libraron ni Evo Morales Ayma, ni Ernesto Guevara de la Serna, ni Eugenio Rojas, ni el hijo del exembajador en Cuba, Palmiro Soria.

miércoles, 21 de junio de 2017

Judiciales: engendro maloliente



A estas alturas, el régimen ya debe tener claro que, dado su acelerado desgaste, ya no le basta un chasquido de dedos para aoperativizar sus decisiones políticas. El fiasco de una nueva convocatoria al engendro llamado “elección judicial” cuyos resultados, pasado un lustro desde que se realizaran por vez primera es el de una hediondez insoportable.

Aparentemente, con la doble porstergación -primero de la admisión de postulates y, luego, de la fecha de tal “elección”- pareciera que las aguas se calmaron; pero algo que en origen estuvo mal concebido difícilmente será enderezado: el trasfondo mismo de este proceso no se movido un milímetro y, con la agudeza de la opinión pública, la ciudadanía continúa refiriéndose al mismo como “elección de MASistrados” en el entendido de que los “elegidos” serán aquellos que el régimen disponga en su “preselección”. Además, ¿que jurista de renombre se expondría a ser manoseado previamente -lo ocurrido con Carlos Bohrt es elocuente- o a que por actuar fuera de la línea oficial termine enjuiciado y con sus derechos conculcados -caso Cusi-?

Confiado en que el común de la gente tiene una memoria de cortísimo plazo e inclusive netamente inmediatista, el régimen planta nabos en las espaldas de la ciudadanía con un desparpajo digno de admiración (o de indignación). Lo cierto es que el día a día de esta pantomima electoral es la crónica de un accidentado camino en el que el masismo se ha pegado otro tiro más en sus entrañas.

Para graficarlo, y a manera de refrescar la siempre frágil memoria, transcribiré, en orden cronológico, algunos titulares de la prensa independiente que no dejan duda sobre lo expuesto en esta oportunidad:

“Gobierno admite que hubo cuoteo en el Órgano Judicial” (El Deber, 4 de abril); “MAS repite fórmula de 2011 en selección de magistrados” (El Deber, 20 de abril); “Excluyen a Colegio de Abogados de comisión de preselección” (Los Tiempos, 25 de abril); “Opositores: reglamento favorece al MAS” (Los Tiempos, 28 de abril); “Nueva elección parte precedida por una reforma ‘fallida’ de la justicia” (Página Siete, 30 de abril); “La elección judicial se realizará sin padrón auditado” (Correo del Sur, 6 de mayo); “Señalan diez razones para desconfiar de las judiciales” (El Día, 7 de mayo); “Rafael Quispe anunció campaña por voto nulo” (El Diario, 8 de mayo); “El MAS minimiza ausencia de candidatos a magistrados” (Los Tiempos, 9 de mayo); “La ‘U’ advierte con abandonar la evaluación a los candidatos” (Página Siete, 10 de mayo); “Gobierno no garantiza libre desempeño de nuevos magistrados” (El Diario, 11 de mayo); “Denuncian actitud prebendal del Gobierno” (Los Tiempos, 12 de mayo); “UD ve injerencia del MAS en la fase de entrevistas” (El Diario, 13 de mayo); “La UMSA analiza si retira su apoyo o no” (El Deber, 14 de mayo); “Oficinas desiertas esperan a aspirantes al Órgano Judicial” (El Diario, 15 de mayo); “Cuatro delegados eran empleados y tienen procesos judiciales” (El Diario, 17 de mayo); “Observan a cinco notables por tener vínculos políticos” (El Día, 18 de mayo); “UMSA en duda para selección de maguistrados” (El Diario, 19 de mayo); “Elecciones judiciales: dos, de tres postulantes, tienen vínculos con el Gobierno” (Eju.tv, 20 de mayo); “Preselección desierta, piden los opositores” (El Deber, 21 de mayo); “Piden a los juristas criticados que se defiendan” (Los Tiempos, 23 de mayo); “Ven estrategia para reelegir a Evo en la elección judicial” (El Día, 26 de mayo); “Exjerarcas nutren la lista judicial” (El Deber, 28 de mayo); “Abogados piden que CEUB se retire del proceso de selección” (El Diario, 3 de junio); “Docentes apoyaron decisión de UMSA (de retirarse)” (El Diario, 5 de junio); “Funcionarios, magistrados y un agresor, entre los inscritos” (Página Siete, 10 de junio); “Judiciales: incurren en irregularidades e ignoran al CEUB” (Página Siete, 13 de junio); “24 organizaciones civiles piden detener elecciones judiciales” (Página Siete, 16 de junio); “Las 4 causas que suspendieron las judiciales” (El Deber, 17 de junio); “Tratar la repostulación, el trasfondo de las judiciales” (El Deber, 18 de junio); “Disidentes del MAS: Vergonzosa preselección” (Página Siete, 19 de junio); “Ven ‘parche’ en la reforma parcial de la elección judicial” (Los Tiempos, 20 de junio).


Huelgan comentarios.

miércoles, 7 de junio de 2017

El (in)discreto encanto de la "borguesía"



No siempre ocurre, pero lo hizo tras la publicación de mi anterior columna, “En la Bolivia de ‘Borgues’”. Recibí una apreciable cantidad de mensajes y llamadas, además de comentarios de personas que me abordaban espontáneamente en las calles, todos ellos expresando elogios hacia la misma, cosa que, por supuesto, agradezco pero, sin embargo, no alcanzo a detectar qué diferenció a dicho texto del resto de los que escribo –“quizás el tono poco solemne del mismo”, me digo-.


Comoquiera que fuese, y aunque no suelo hacer “segundas partes” de mis artículos, decidí darle una vuelta de tuerca adicional al tema sin esperar una tan singular acogida como la que tuvo la primera.


Resulta, entonces, que una derivación lógica de la Bolivia de Borgues sea su correlato en términos materiales, es decir en la relativamente reciente prosperidad personal y de grupo que ostenta la nomenclatura del poder y su reproducción –algo más modesta- entre los amigos del régimen.


Así como de la fusión entre “bolivariano” y “burguesía” en Venezuela se acuñó el concepto “boliburguesía”, que hace referencia al vivir bien de los jerarcas de la revolución del “socialismo del siglo XXI” y de sus amigotes –empresarios, aventureros y toda suerte de mafiosos de cuello blanco-: lujo oriental, Hummers, yates, whisky etiqueta azul, viajes de compras a Miami y todo un catálogo de excentricidades más propias de un magnate del boxeo como Don King que de un dizque revolucionario de izquierda, parece lógico llamar “borguesía (plurinacional)” a la derivada del personaje inventado por uno de los propios miembros de tan selecto grupo, vale decir de “Borgues”, el cronista de hormonas amazónicas.


Si de identificar al sumun de la boliburguesía se trata, me inclino por señalar a las hijas de Hugo Chávez Frías, el finado dictador, quienes no tienen reparo en exhibir groseramente lo frívola opulencia financiada con la fortuna heredada del occiso. ¿Va la hija de Morales Ayma por ese camino?


Por lo pronto, la borguesía plurinacional tiene a Gabriela Zapata como su máxima exponente. Aún caída en desgracia conserva los tics de su raudo ascenso a las cimas del régimen: más falsa que billete de treinta dólares, arribista, ostentosa, inculta, manipuladora, ricachona; masista de éxito, en suma. Menos espectaculares, otras caras, entre conocidas y no tanto, han engrosado sus patrimonios y “refinado” sus gustos, particularmente algunos funcionarios que, como bien los describe María Galindo, han dejado a sus esposas/compañeras –aquellas que los acompañaron en sus tiempos de miseria- por chotas más blancas/retocadas.


Ello nos habla de un hecho innegable: en países como el nuestro, la manera más expedita de forzar la movilidad social es a través de la toma del poder y la disposición de los recursos estatales en favor del grupo –luego devenido en oligarquía-. Primero discretamente, y más tarde obscenamente, los neorricos exhiben sus trofeos: desde el emblemático reloj suizo hasta la petit mansión –comprada a algún burgués de capa caída- en zona exclusiva de la ciudad.


Conozco el caso, por testimonio fehaciente, de un connotado operador del régimen que está, literalmente, enfermo por ser el primero en tener el último modelo de dispositivo inteligente tan pronto como éste sale al mercado –y ninguno es marca “Quipus”; no señor, esa marca no da estatus-.


No hay que negar que la borguesía plurinacional aplica, en sumo grado, eso del “vivir bien”. Predica con el ejemplo, sin duda

miércoles, 24 de mayo de 2017

En la Bolivia de "Borgues"



Si por algo hay que agradecerle al régimen en estos casi once años de iniquidades, es por haber proporcionado al universo una pléyade de personajes en busca de autor que refulgen en el firmamento; cada quien a su turno y con su respectiva ocurrencia, a cual más grosera.

Lo curioso del asunto es que fue precisamente uno de estos sujetos quien acuñó el nombre de la hipotética pluma que novelaría las aventuras, desdichas e imposturas –las suyas y las des colegas-: en un picante intercambio de mensajes telefónicos con la novia de su jefe, lo denominó “Borgues”, una suerte de Borges alter-nativo que se ocuparía tanto de sus fortunas como de sus miserias.

En este instante, Borgues está anotando que en tiempos de la justicia “neoliberal, imperialista y vendepatria”, los dos patriarcas del Estado plurinominal (y los secuaces de uno de ellos) fueron beneficiados por sendos fallos que los habilitaron para continuar con sus carreras políticas hasta asumir el poder sin visos de querer soltarlo mientras no queden en calidad de osamenta.

En efecto, El Tribunal Constitucional neoliberal ordenó la restitución del curul parlamentario al cocalero desaforado, entre otras cosas por faltón, con el goce con carácter retroactivo de su dieta. Asimismo, la “justicia colonizadora” benefició con la libertad al entonces terrorista porque su caso había caído en retardación; sus fechorías quedaron en la impunidad y hoy, desde su alto cargo, se permite dar lecciones de moral y buenas costumbres.

Borgues medita sobre ello porque con todo lo cuestionable que pudiese haber sido el sistema judicial del período democrático republicano, éste fue infinitamente más equilibrado que el que, a título de “revolución judicial”, mediante la aberrante “elección de magistrados”, diseñó el régimen para tener una justicia sumisa a sus designios y sin posibilidad de actuar con un mínimo de autonomía, como se patentizó en los juicios al tribuno Gualberto Cusi y a dos de sus colegas.

Y así, de soslayo, Borgues, que no tiene que hacer mucho esfuerzo para construir sus personajes porque éstos están prácticamente (contra)hechos, sigue en su tarea de observador.

Borgues ha visto cómo, en un acto de total descaro, luego del mega escándalo de corrupción en el FONDIOC, al régimen no se le ocurrió mejor idea que la refundarlo… y lo primero que hace es posesionar como su director a un sujeto –muy escrupuloso él- que oficializaba, papel membretado y todo, los diezmos que obtenía de los contratistas que empleaba cuando manejaba otra institución plurinominal.

Con asco y pesar, don Borgues ha apuntado el caso de un degollador de canes, apologista de la tortura y –nos venimos a enterar- padre desnaturalizado e irreponsable que, ¡válganos!, llegó a ocupar por algunas horas el cargo de Presidente subrogante del país. Hoy se desempeña como ministro.

Para no ser malagradecido con el personaje que le dio entidad, Borgues le dedica unos guiños protagónicos en su obra “Borguivia”. Detecta en él una privilegiada vocación por la mala leche y cuenta que -como si él mismo hubiese provocado el paro de los choferes con el sólo objeto de posponer la lectura de sentencia en contra de la novia del régimen- el mismo día en que, con saludo militar incluido, era posesionado como embajador tropicalísimo, que no amazónico, la dama en cuestión escuchaba la condena a la que será sometida por aceptar regalos de ostentosa cuantía y no saber explicar el origen de los mismos; salvo por un cuento chino que nadie supo tomar en serio, como no pudo hacerlo con una “entrevista” patrocinada por el propio régimen.


En fin, Borgues seguirá obteniendo el generoso material que le otorga la propia realidad, ahora más sorprendente que la ficción.

miércoles, 10 de mayo de 2017

10 familias



Palabras claves: corrupción, nepotismo, patrimonialismo, oligarquía.

Al observar la desfachatez con la que el régimen asume sus fechorías, no puedo menos que preguntarme si su podredumbre la llevaba ya en el origen de su ser político -antes aún de acceder al Gobierno- o es el resultado de su prolongado ejercicio del poder –pérdida progresiva de la vergüenza y de las formas-.

Estoy comenzando a inclinarme por la primera opción, en el entendido de que si no lo llevas en los genes políticos, difícilmente has de caer en tanta abyección. Buen esfuerzo ha debido significar para el régimen aguantarse un tiempo de simulación de ciertas formas para, al cabo de unos años, mostrarse tal como son: una pandilla        de aventureros que, en nombre de los postergados, se sostiene sobre la base de una generosa repartija de canonjías, a modo de prebendas.

Aunque, de forma genérica, la mayoría de los vicios desarrollados en el ejercicio del poder tienen relación con la corrupción, cada una de sus manifestaciones tiene particularidades “operativas” que las diferencian de otras.

Weber introdujo el concepto de “patrimonialismo” para referirse al hecho de disponer de los bienes públicos –por parte de quienes ejercer el poder- cual si se tratase de su propiedad privada; entre otras cosas, la discrecionalidad en la otorgación de puestos burocráticos a sus allegados –no necesariamente familiares- para la captura, con carácter de beneficio privado, de espacios públicos. La “nomenclatura” gobernante se apropia, discrecionalmente, de aquello –erario público incluido- que, en derecho, es de administración transitoria mientras dure el mandato que la sociedad le confiara. Tiempos demasiado prolongados en el usufructo del poder estimulan la inclinación hacia en patrimonialismo al extremo de que quienes lo practican comienzan a actuar como dueños del Estado. Por ello, uno de los  principios esenciales de la democracia es la alternancia.

Paralelamente al patrimonialismo, la oligarquización, tendente a una extendida permanencia –atornillarse- en la “poderósfera”, consistente en el establecimiento de un puñado de grupos –corporativos, familiares, económicos- con el fin, precisamente, de reproducir el poder. Los intereses de dicho(s) grupo(s) pasan a sobreponerse al interés colectivo.

El nepotismo, apenas una manera –no las más perniciosa- de generar patrimonialismo y oligarquización (mediante redes familiares) es, sin embargo, la más evidente, dada la recurrencia de ciertos patronímicos en la administración pública. Que, técnicamente, se trate de la coincidencia de miembros de la misma familia en una institución, no tiene mayor significación cuando, por admisión o por denuncia, el aparato estatal está capturado por un puñado de familias.

La información al uso nos da cuenta de diez familias –yo creo que no están todas las que son, ni son todas las que están-. Malpensando, advierto la omisión de las dos “familias reales”, potenciales dinastías –está por verse- que asumen el Estado para sí mismas.

El sólo hecho de que se detecten clanes operando al interior del régimen da cuenta de su carácter arbitrario, ocupado, antes que del interés colectivo, del particular (extensible al de corporaciones y ciertos agentes económicos afines al régimen) y determinado a conservar sus privilegios “colocando”, de manera estratégica, a sus consanguíneos en espacios de influencia distribuidos en los poderes del Estado.


El proyecto de poder encarnado por el régimen no es otro que el del poder en sí mismo, para su propio beneficio y para condenar  a quienes no comulgan con él. A los hechos me remito.

miércoles, 26 de abril de 2017

¡Anular!



“Once bitten, twice shy” es una frase en inglés a la que no encuentro una equivalente en nuestra lengua –podríamos equipararla con “no tropezar dos veces con la misma piedra”, sin embargo-. El sentido de la misma tiene que ver con el sentimiento  de rechazo que surge cuando uno es impelido a hacer algo por segunda vez no obstante haber sido mala la experiencia la primera que se la hizo. 

Aquella vez ya había advertido sobre la aberración conceptual de elegir vía voto universal a los magistrados judiciales. Algo hiperbólicamente, sostuve que es como convocar a elecciones para elegir a los miembros del Alto Mando militar y que, como resultado de las mismas, un soldado raso, el más votado en tales comicios, fuese investido como Comandante en Jefe.

Presentada por el régimen como “la solución” a la problemática de la justicia en el país, la dichosa elección, en su primera versión, no sólo que no fue tal sino que agravó la crisis a extremos nunca antes sufridos por la ciudadanía, víctima del vergonzoso servilismo de los “masistrados” hacia sus patrocinadores gubernamentales. Apartarse un milímetro de la línea oficial significó para algunos de ellos ser sometidos al escarnio público orquestado por los operadores del régimen.

Cuando Cristina Kirchner quiso aplicar la gracia en Argentina se encontró con que la Corte Suprema de su país le recordó que tal cosa es inconstitucional –a diferencia de lo que sucede en Bolivia, donde el régimen la introdujo en la Constitución-. Y el tener cualidad constitucional, dado el estrepitoso fracaso del burdo experimento, complica la situación para extirparlo de raíz: se necesita abrir la CPE para hacerlo.

Nos encontramos entonces, para seguir con otra expresión en inglés, ante una situación “Catch 22” –jodidos si lo hacemos, jodidos si no lo hacemos-. Abrir la Constitución para eliminar el absurdo sería también darle al régimen la oportunidad de introducir su anhelado artículo de reelección indefinida para habilitar al caudillo a las próximas y subsiguientes elecciones generales. No hacerlo, condena a la ciudadanía a repetir la barbaridad de votar por operadores del régimen “seleccionados” para seguir cometiendo toda suerte de actos de obsecuencia para con éste.

La primera vez, el régimen actuó con la delicadeza de un jugador de rugby; ahora se muestra más sofisticado pero su esquema es el mismo: masistrados al fin y al cabo. Por benevolencia podría alegar que se le dé el beneficio de la duda, pero ya lo tuvo en la primera y nadie es tan ingenuo como para tropezar con esa misma piedra. Once bitten…

Es más, el régimen perdió la votación. Tal resultado implicaba anular ipso facto aquellos comicios, pero el MAS decidió, contra el sentido común, imponer a sus operadores quienes, salvo un par de excepciones, habían obtenido ridículos guarismos electorales. Dicho cuoteo ha sido, recientemente, admitido por García, el Vicepresidente.

En esencia, aunque esté mejor maquillada, la convocatoria actual es MAS de lo mismo porque, insisto, la aberración es la propia elección. El régimen necesita tener a la justicia prosternada a sus designios y, ya ha dado muestras de ello, tiene un esquema ya planificado para que ello suceda.

¿Qué nos queda? ¡Anular! y que, a diferencia de lo ocurrido hace años, exigir, si es que el régimen vuelve a perder –cosa muy probable; incluso con mayor diferencia- que la próximas elecciones judiciales, que le van a costar al erario nacional la desproporcionada suma de 150 millones de bolivianos, sean declaradas sin efecto.

Por todo esto, sumado otros argumentos que varios ciudadanos están esgrimiendo es este sentido, yo votaré Nulo… ¿Y usted?

miércoles, 12 de abril de 2017

...por viejo que por diablo



Seríamos tendenciosos si cargásemos las tintas de los intentos reeleccionistas y rereeleccionistas y rerereeleccionistas sobre las testas de los gobernantes adscritos al denominado “socialismo del siglo XXI” soslayando que al lado opuesto también se cuecen habas al respecto.

En 2010, Álvaro Uribe, presidente de Colombia por entonces y liberal de manual, estuvo tentado de prorrogarse más allá de lo que las leyes de su país lo permitían. Escogió el mecanismo del referéndum para tal propósito. Sin embargo, para llevarlo a efecto, el proyecto debía pasar a consulta en la Corte Constitucional –equivalente al Tribunal Constitucional Plurinacional de Bolivia-. De hecho, Uribe estaba culminando su segundo período constitucional y, enmarcado la Carta Magna colombiana, el órgano de control dictaminó que una segunda reelección socava los principios de la misma, agregando que, además, viola principios como la separación de poderes, la igualdad, la alternancia democrática y el sistema de pesos y contrapesos. La contundencia de esta sentencia persuadió a Uribe de hacer mutis por el foro y posibilitar la candidatura de su sucesor, el actual Presidente quien, a propósito, ejerce su segundo mandato consecutivo y sería muy honorable si no se le ocurriera repetir la grosería de su antecesor.

Estos días una situación aún más grosera está aconteciendo en Paraguay, donde un expresidente, actualmente Senador,  destituido del cargo luego de un proceso de “impeachment”, y el Presidente conservador de ese país acordaron introducir la figura de la reelección en la Carta paraguaya, acción por la que hace algunos días se armó la de San Quintín en las inmediaciones del Congreso, en Asunción. Lo que han conseguido ambos políticos es que su ya deteriorada imagen se manche aún más.

Al final, parece ser que la motivación perpetuadora es independiente del signo ideológico de su portador y tiene que ver más con un mesianismo que lo lleva a asumirse como “el ungido” y a quien la gente debe rendir pleitesía, caso agradecerle que haya nacido. Inversamente, tenemos casos como el de Lula –hagamos abstracción de sus hechos de corrupción- quien a tiempo de acabar su segundo mandato estaba en la cúspide su popularidad y sin embargo ni siquiera sugirió la opción de hacerse reelegir, o el de Correa quien, más astutamente, difirió elegantemente sus ansias reeleccionistas, oficiando, en el camino, como el poder detrás de su delfín, Lenin.

Justamente sobre este particular es que el sacerdote afín al llamado “proceso de cambio” y crítico de sus operadores, Xavier Albó, ha exhortado a Evo Morales a sacarse molde de la solución ecuatoriana (“Evo puede aprender de Ecuador”, La Razón, 9 de abril) y no insistir en su rerereelección: “Una primera enseñanza para Evo y Álvaro es que pueden seguir vinculados al poder manteniéndose a un lado”, escribe el jesuita.

Otra descarga de fuego amigo la ha recibido Morales de parte del exembajador Jerjes Justiniano quien advierte que si éste consigue habilitarse para las elecciones de 2019 estaría poniendo en riesgo su propio liderazgo y poniendo en peligro al dichoso “proceso de cambio”: “No puede arriesgarse electoralmente, sencillamente porque un grupo de acólitos quiere seguir medrando del poder”, requinta el cruceño.

Tanto Albó como Justiniano son, en sus respectivos círculos, viejos lobos que han visto de todo en esta vida y sus admoniciones –difícilmente catalogables como “neoliberales” o “imperialistas”- provenientes del interior del régimen, suenan realmente preocupadas, pues más sabe el diablo por viejo que por diablo. Amén.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Plurintríngulis




“El Tribunal Constitucional declara constitucional el preaviso”. “El Tribunal Constitucional declara insconstitucional el preaviso”.

Lo obrado por el TCP es un ejemplo perfecto de lo que en epistemología se conoce como “antinomia”; es decir, una contradicción irresoluble. Con ella, el Órgano constitucional nos ha proporcionado un elemento muy pertinente a ser llevado a las aulas para su consideración. Pero no es –strictu senso- de derecho ni de filosofía que quiero versar, aunque mis criterios estén salpicados de consideraciones provenientes de ambos campos.

La situación planteada a partir de la reciente Sentencia Constitucional que afecta al artículo 12 de la Ley General del Trabajo, es una más en la tragicomedia en la que está sumido el país desde hace diez años. Tragedia, en tanto se confirma la insoportable incompetencia de los operadores de justicia –recordemos que fueron “elegidos” a partir de un cuoteo disfrazado de selección que luego intentó ser legitimado mediante voto popular en el que la mayoría ciudadana optó por anularlo; no obstante dicho rechazo, el régimen persistió en acomodarlos sin sonrojarse por los ínfimos porcentajes que dichos “masistrados” obtuvieron. Comenté, en su oportunidad, que varios de ellos sumaron menos votos que los que consigue un colegial que se postula al consejo estudiantil-. Comedia, ya que la figura no deja de ser risible; ojalá fuera una subjetividad mía, pero a mi paso he ido escuchando cómo algunos conciudadanos se mofan del exabrupto.

En mi criterio, y no debo estar muy lejos de la realidad, ocurrió que, al sentirse presionado por la COB con no iniciar acercamientos con el régimen en tanto no se anule la resolución previa que mantenía la vigencia del preaviso, éste hizo lo de costumbre: un fonazo a sus muchachos del TCP para obrar en dicho sentido. Obediente, como corresponde en un Estado desintitucionalizado, el Tribunal borró con el codo lo que acababa de escribir con la mano; pero, en el apuro por complacer a sus jefes se le fue la mano originando un intríngulis de Padre y Señor mío.

Con la anulación del preaviso, se llevaron también lo concerniente a la temporalidad del contrato y según se ha sabido –no soy abogado laboralista, por ello recurro a fuentes secundarias- hicieron lo propio con la figura del desahucio.

Quien sí es laboralista, es el exministro de Trabajo, Gonzalo Trigoso, que ha echado el grito al cielo ante el desliz del TCP, lo mismo que el Ministro de Justicia, Héctor Arce.

Total, que un aire de inseguridad jurídica se cierne, amenazador, sobre las relaciones obrero-empresariales. Curiosamente, los representantes laborales, causantes, con sus presiones, del atolondramiento de los “masistrados”, podrían estar dejando en la estacada a sus bases. Por su parte, los empresarios, algo confundidos, se encuentran emparedados entre dos partes en conflicto. El Gobierno, como ya se ha dicho, se muestra como víctima de su propio proceder al haber sido también, a su manera, corresponsable del zafarrancho.

Seguramente, haciendo uso de su mayoría parlamentaria, el régimen planteará alguna salida a este desaguisado –verbigratia, una “ley interpretativa” o, más radicalmente, una nueva LGT-. Pero, entretanto, el entuerto seguirá trayendo cola y ahondando este proceso de envilecimiento de la justicia, una justicia que, de tan sometida a los designios del poder, puede llegar a cometer excesos contraproducentes para el propio poder, como en el caso que abordamos.

En cualquier caso, dado que fue el propio régimen el que se fabricó este lío, la oposición debe estar regocijándose al contemplar cómo los “hermanos” se despedazan entre ellos.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Con calma, que hay prisa



Atribuida a varios personajes previamente, la frase “Con calma, que llevo prisa”, es generalmente atribuida a Napoleón -se cuenta que mientras su sastre le iba tomando las medidas para un nuevo traje, el corso le susurró la misma-. Ciertamente, pues, cuando se procede apresuradamente, lejos de arreglar  problemas, tal precipitación puede, contraproducentemente, entorpecer y arruinar los mejores propósitos.

Se me da por mencionarlo recordando que hace unos meses, en julio de 2016, escribí una columna titulada “Mil días”, en la que hacía notar que faltaba tal cantidad de tiempo, no para la elección de 2019, sino para, unos meses antes, los que la ley indica, tener lista la estrategia, candidaturas incluidas, para relevar al régimen en curso en la conducción de los destinos del país.

Dicho texto, pensado para el escenario post 21F, ya derrotado el proyecto perpetuador de Morales y sus valedores, señalaba algunas líneas para llegar a dicho plazo en las mejores condiciones.

Pero –para seguir con las frases populares- como el diablo no duerme (ni deja dormir), resulta que (nos venimos a enterar seis meses después) el régimen estuvo tramando otra de sus acostumbradas tropelías: se había puesto a imaginar mil maneras de desconocer el resultado del 21F, quedándose con entre ocho y diez de éstas, todas ellas deleznables  –según quien las mencione- para finalmente optar, de acuerdo a uno de sus más conspicuos operadores, por la “renuncia anticipada” del caudillo para habilitarse a la rerereelección. Y lejos de avanzar en el proyecto de restitución del Estado de derecho en Bolivia, nos pusimos a discutir sobre aquel asunto como si algo de sustento jurídico tuviera tal provocación del régimen.
Más, por ventura, las apoteósicas concentraciones ciudadanas que ratificaron, con creces, la voluntad de hacer respetar la votación expresada hace algo más de un año, han morigerado los ímpetus de Belcebú y lo han desconcertado.

Entretanto, para no perder la costumbre, el régimen ha continuado con sus atropellos, cada vez menos sutiles, como preparando el terreno para un eventual, casi seguro, paso a la vereda de oposición –para hacerlo en las mejores condiciones posibles; entiéndase la ampliación de reductos desde los cuales hacerle la vida a cuadros al próximo gobierno-.

No otra cosa significa, en mi criterio, la promulgación de la ley que legaliza 10 000 hectáreas de cultivos de coca que antes de la misma eran considerados “excedentarios”; en realidad lo siguen siendo, pero con la venia del Estado plurinacional que retribuye, pensando en el futuro, la lealtad de los cocaleros, de los que proveen la materia prima al narcotráfico sobre todo.

Asimismo, en el afán de aprovecharse de una justicia rendida a sus designios, el régimen aprieta las clavijas en el caso de Leopoldo Fernández, anotándose una infamia más en su frondoso prontuario de arbitrariedades. Como se lo manifesté, en una carta, al damnificado exprefecto, tal sentencia tiene la fragilidad y la provisionalidad de todo fallo político. Una vez restituido el Estado de derecho en el país, deberá no sólo ser declarado inocente sino indemnizado por la serie de violaciones sus derechos cometidas por el régimen.

Es precisamente la restitución del Estado de derecho –la institucionalidad democrática- algo en lo que todas las expresiones democráticas deben coincidir. Es a partir de esta consideración que el mensaje dado por la ciudadanía en la celebración de 21F debe ser entendido por el sistema político.

Ya se tiene la tela. Ahora, lenta, pero seguramente, confeccionemos el traje, que hay prisa.