miércoles, 21 de septiembre de 2022

Qatarismo

 


El torneo global de fútbol ya ha comenzado y solo faltan los partidos, que se jugarán en noviembre. Es que el preámbulo al mayor espectáculo ecuménico del deporte cuenta como parte del mismo y, al menos en este rincón, es el álbum de figuritas con los rostros de los jugadores de cada selección participante.

Desproporcionadamente, la nuestra no dio la talla como para clasificarse –no lo hace desde el de 1998- pero la fiebre mundialista se desató como si fuera a disputar la final con alguna de las efectivamente presentes en la fiesta. A manera de consuelo, habrá que decir que Italia brillará, también, por su ausencia.

Este fenómeno bien podría denominarse “qatarismo” que, fonéticamente, remite a una corriente ideológica que tuvo cierta influencia en el campo político local, aunque, si siguiese vigente, palidecería ante la mega prensa de la que goza el venidero torneo de referencia.

El primer Mundial –incidentalmente nací el año de uno, el de Chile- del que tengo memoria porque, precisamente fue el de mi primer álbum, es el de México, no el del ’86 sino el del ’70, y mis simpatías se inclinaban hacia la selección de Perú que, si mal no recuerdo, llegó a esa instancia a costa de la nuestra. Así de ilógico es este asunto del fútbol. Era el once de Cubillas, Wifflin y de un viejo conocido en nuestro país: Chumpitaz. Hizo un buen papel, cayendo, en cuartos de final, ante Brasil que, a la postre, sería quien se quedó con la copa Jules Rimet al haber obtenido por tercera vez el primer lugar.

Luego tocaría hacer a de anfitrión a un país europeo (Alemania) y después a uno americano (Argentina)… la alternabilidad Europa-América se mantuvo hasta 1998 y se rompió en 2002, cuando, además por primera y única vez hasta la fecha, la sede fue compartida por dos naciones asiáticas: Corea del Sur y Japón. Una vez que se abrió la posibilidad de postularse a cualquier país (siendo el factor económico el determinante), la pelota rodó hasta África (2010), a la tierra de Mandela, Sudáfrica (quién no recuerda las vuvuzelas) y ahora vuelve al Asia, y la acoge el emirato de Qatar, marcando la primera vez que la redonda mundialista se instalará en un Estado monárquico “en toda la regla”-se puede aducir que Suecia, España e Inglaterra (Reino Unido) también lo son, pero en estas anteriores sedes la figura monárquica es, más bien, simbólica- Monárquico y, además, islámico. Sin embargo, por lo que se sabe, lentamente, está transitando hacia una monarquía constitucional y su islamismo no es el extremo que algunos de sus vecinos practican.

Qatar también ha tenido que dar señales de tranquilidad y, por lo menos mientras dure el campeonato, ha flexibilizado algunas restricciones. Pero polémica no ha faltado: Amnistía Internacional puso en cuestión el (mal)trato a los trabajadores contratados para acelerar la construcción de los estadios y otras infraestructuras que debían estar a punto para el torneo. Es de esperar que, en todos los aspectos, más allá del estrictamente deportivo, la Copa Mundial, se desarrolle en la mejor de las condiciones.

Lo que no debe suceder es que el efecto hipnótico del espectáculo nos sustraiga de lo importante y que no perdamos de vista que hay una especie de guerra mundial tras la invasión de Rusia a Ucrania, que hay persecución política en muchas partes, y que, habitualmente, el poder aprovecha las distracciones masivas para hacer de las suyas.

Está bien que el qatarismo nos dé momentos de solaz y pasión, pero no sería conveniente que se apodere de nuestras vidas al punto de descuidar lo importante. Que comience la fiesta mayor del fútbol.


sábado, 10 de septiembre de 2022

Un enano gigante (Publicado en Página Siete)

 


Eran tiempos de aprendizaje en la producción de espectáculos masivos como actividad empresarial sostenible –que luego se consolidaría, se sofisticaría y se inflacionaría- cuando, con diferencia de pocas semanas entre uno y otro, los tres primeros, además de memorables, conciertos con los estándares técnicos y logísticos de su momento, se realizaron en La Paz; corría el año 1988: el de Charly García, el 19 de junio, el de Soda Stereo, el 2 de septiembre y de los Enanitos Verdes –lo pongo al final porque tiene que ver con el homenaje a su creador y líder- el 22 de julio.

Las condiciones que permitieron el arribo, en su época de mayor predicamento, de semejantes expresiones del rock-pop latino (argentino, en particular) y muchas que siguieron en fila, fueron esencialmente económicas: un contexto favorable que posibilitó sus llegadas.

Mi vinculación con Rockway, la organización que gestionó y produjo la mayor parte de los shows internacionales de entonces, me permitió conocer y entablar algún grado de proximidad con algunos exponentes de la escena musical –no lo conseguí con Cerati, quien prefería mantener distancia con los circunstanciales anfitriones, por ejemplo- entre ellos con Marciano Cantero, con quien sostuve contacto hasta hace un par de semanas –el penúltimo con motivo de su cumpleaños y el último con una consulta de disponibilidad de tiempo para una eventual nueva visita a nuestro país-.

Cantero no gozó del relumbre que tuvieron Spinetta o Cerati; pero para un país cuyas canteras de creadores de rock/pop provienen principalmente de la capital y de Rosario, que un “enano” procedente de Mendoza haya ingresado al circuito de los elegidos, lo hace un gigante por derecho propio.

En cuanto a vivencias compartidas con el gran Marciano, tanto en La Paz como en Buenos Aires, rescato la del VHS –toda una joya entonces- de un concierto de The Doors que le obsequié (y que una crónica periodística de un medio argentino recogió) y que siempre se encargaba de agradecerlo. Quedan algunas fotos, dedicatorias, afiches y vinilos como testimonio de una carrera descollante.


miércoles, 7 de septiembre de 2022

El ABC de la corrupción

 


“Donde hay corrupción ya no hay revolución. Entonces, que Evo Morales se deje de embustes” o “Ladrones blancos, ladrones morenos… los une el verbo (robar), los separa la vida” son dos de varios comentarios que rescato de una publicación en féisbuc que hice en 2009 -¡2009!-. Se trata de una composición gráfica que mostraba hongos brotando del suelo a los cuales le coloqué la referencia de algunos de los casos de corrupción conocidos por entonces, entre otros: “venta de avales”, “tractores”, “desvío de alimentos”, “pasaportes”, “nepotismo”, “contratos YPFB”, “bienes incautados”, “rugrats”… De varios ya ni me acuerdo quiénes estaban involucrados.

Desde aquellos tiempos mucha agua sucia ha corrido bajo el puente y su densidad ha ido aumentando hasta alcanzar niveles colosales –el gobierno constitucional transitorio no se libró de la mugre-, lo que me lleva a decir que, sin negar que hubo casos emblemáticos en el pasado, estructuralmente la corrupción se instaló en Bolivia el 22 de enero de 2006.

Si bien los casos que mencioné al comienzo tuvieron cierta repercusión en su momento, dos de la primera época de régimen fueron particularmente escandalosos: El caso “Santos Ramírez-O’Connor-YPFB” y el caso “Consorcio de extorsión” manejado desde el Ministerio de Gobierno.

Del primero se supo luego del asesinato del empresario Jorge O’Connor (quizás si esto no ocurría, Santos Ramírez seguiría siendo parte de la rosca mafiosa del régimen). En toda su sordidez, entre los pormenores del crimen asociado al hecho mismo de contratos arreglados para beneficiar a los ejecutivos de la empresa estatal y a los jerarcas del gobierno, está la participación de propietarios de conocidos quilombos de La Paz. En principio, Morales Ayma respaldó a Ramírez, pero luego, para zafarse del bulto lo “sacrificó” y éste purgo pena carcelaria con cierta permisividad: este servidor lo vio un par de veces saliendo del penal y abordando un vehículo. Divulgué el hecho y la prensa lo recogió con titulares como “Santos Ramírez es visto en la calle, dicen que fue al médico”. Años más tarde, Ramírez apunto a Álvaro García Linera y Juan Ramón Quintana como autores del plan criminal.

En épocas más recientes, los casos de megacorrupción más escandalosos fueron el del Fondo Indígena (FONDIOC) y el que denominamos “Cara conocida/CAMC”. Cuando se hizo público aquel, Morales Ayma expresó “hacen escándalo de dos millones y medio”. Como se sabe, el monto del desfalco –repartido entre varias cuantas particulares de funcionarios del régimen y organizaciones afines- fue, según cálculos conservadores, cercano a los 183 millones de dólares. Lo paradójico del asunto es que sus autores gozan de libertad y de poder, mientras que el denunciante, Marco Aramayo, fue llevado a la muerte por el régimen con las decenas de juicios que le abrieron.

Podríamos llenar decenas de páginas con casos de menor cuantía, pero el más reciente, motivo, además, de esta columna merece cerrarla. El asunto, conocido a partir de la guerra sin cuartel en las filas azules, y cuya investigación ha sido declarada “en reserva”, es una muestra más de la podredumbre del régimen masista.

Unos a otros, dentro del régimen, se tildan de “corruptos”, “ladrones”, “maleantes”, lo que da la idea de su absoluta decadencia y de la necesidad de recambio en la política; lo paradójico es que hay un vacío de liderazgo y propuesta –aunque la sola idea de gente honesta ya es atractiva- en las filas democráticas.

Este panorama sombrío tiene, en mi criterio, una explicación: desde 2006, el MAS viene escribiendo el ABC de la corrupción.