miércoles, 30 de enero de 2019

De derrota en derrota




La ciudadanía se está acostumbrando a ver los rostros desencajados de los jerarcas del régimen mientras cuentan sus portentosas victorias políticas. Evidentemente, su lenguaje corporal –facial, principalmente- no se corresponde con el verbal.

Del repertorio de la realpolitik “oscareidiana”, traigo uno de sus aforismos más encantadores: “Lo peor de una derrota (política) no es el propio hecho de haber perdido, sino la cara de cojudo que uno pone”. Tal cosa le ha venido sucediendo al régimen con cada vez más frecuencia. “El paciente murió, pero la operación fue un éxito” ha sido el recurrente mensaje que el grupo gobernante quiere transmitir.

No siempre, en estos ya trece años de autoritarismo, fue así. Hubo un periodo en el que todo –la suerte incluida- parecía jugar a favor del régimen: altísimas cotizaciones de las materias primas, socios políticos en el poder en otros países, “enamoramiento” de intelectuales por el exótico caudillo, bendiciones papales, etc. Parecía auspiciado por los astros.

Me atrevo a decir que la primera vez que apareció esa “cara de cojudo” (guardo una foto sumamente expresiva), fue cuando tuvo que admitir su derrota en las elecciones municipales de 2010, cuando su candidata a alcaldesa de La Paz, cuya campaña gozó de todo el aparato gubernamental, perdió las mismas. Pasado el colerón, la excandidata fue premiada con una embajada en un país europeo –análogamente, otra candidata masista perdidosa que tuvo a su disposición grandes recursos del Estado, fue nombrada Cónsul en Nueva York, luego de ser vencida por Carmelo Lens en Beni-.

Con las dichosas elecciones judiciales pasó lo mismo, ya dos veces consecutivas. Los operadores del régimen que fueron colocados como candidatos obtuvieron misérrimas votaciones en tales comicios y, contra todo sentido de las proporciones, se posesionaron en los sillones para magistrados, desde donde ejercen como valedores del Jefazo, para desdicha de los bolivianos y bolivianas.

Monumentales derrotas cuya explicación era que el mero-mero no postulaba a esos cargos. Pero, a la par de una corrupción descomunal y de un contexto externo adverso sumados a una indisimulable ambición de quedarse en el poder por toda la eternidad, el ídolo de barro se iba desintegrando.

Llegó el 21 de febrero de 2016 y el soberano ordenó, con su voto, la retirada del caudillo y aquella cara se tornó superlativa. Llegó el 1 de octubre de 2018 y el régimen recibió un tremendo puñetazo en la jeta. El rostro no solo lucía desencajado, sino que mostraba un horrible chirlo. Llegó el 27 de enero de 2019 y el propio partido del dictador le dijo “No”. La faz, además de desencajada y magullada, se llenó de quemaduras.

Sobre lo primero dijo que era “una mentira”; sobre lo segundo, “un éxito diplomático”; y sobre lo último, que se trata de una conspiración al interior del Tribunal Supremo Electoral. ¡Pero por quién nos toman estos sujetos!

Habrá que hacerles recuerdo que quien promovió estas tres derrotas –“autosuicidios”- fue el Number One en persona, involucrándose a fondo en todas ellas, haciendo honor al popular “ir por lana y salir trasquilado”.

Hay que tener cara (¿ser cojudo?) para seguir insistiendo en atornillarse en el poder con tan claro rechazo externo, interno e íntimo, en lugar de hacer mutis por el foro y dar lugar a la presencia de otros actores. Esto ya no lo arreglan ni con Votox (Botox aplicado al voto, o sea fraude electoral).

Señores del régimen: ¿Cuándo caerán en cuenta de que Bolivia los repudia? Aún está a tiempo de obedecer al soberano (¡Ah! ¡y a ver cuándo reponen los 27 millones que se tiraron en su último fiasco).

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lunes, 21 de enero de 2019

Alasita: el grandioso reino del diminutivo en realidad aumentada


Publicado en la edición de Alasita de Página Siete


Como bien sabemos, “alasita” es un vocablo aimara que significa “comprame” como, de forma coloquial, un(a) vendedor(a) invita a un(a) persona a adquirir la mercadería que ofrece. 

Aplicada a la feria que lleva su nombre, dicha palabra no podía, dadas sus características, tener un denominativo más apropiado, tan vinculado al habla de los paceños.

Digo esto dado el uso/tendencia de los que crecieron en este rincón del mundo a abusar en extremo del diminutivo que –vaya casualidad, se forma con el morfema “ito”, “ita” –según el género al que se refiera- a manera de sufijo-. 

Piense usted, si es de esos paceños de origen o adopción, cuántas veces al día echa mano del diminutivo, en las más diversas circunstancias. ¡Y no me venga con que eso es cosa “del pueblo”!

Sin embargo, el modo “Alasita” no debería ser simplificado al de la mera de la admiración por la miniatura. El modo “Alasita” es, por el contrario, en realidad, el de pensar (soñar) en grande a partir de lo chiquito.

Así pues, cuando visitamos la feria, nos encontramos en el grandioso reino del diminutivo en realidad aumentada.

Espero que le haya gustado este articulito (que algún día se convertirá en articulote).

miércoles, 16 de enero de 2019

Sucursales del Ejecutivo





A vista y paciencia de una población más ocupada en resolver sus problemas cotidianos, el régimen estuvo desmantelando la institucionalidad democrática y demoliendo su fortaleza –el estado de derecho-. A la fecha no queda piedra sobre piedra de una construcción laboriosa que, aún en desarrollo, brindaba a la ciudadanía ciertas garantías en el ejercicio de sus derechos humanos, civiles y políticos. La gente come, sí, pero lo hace con la boca cerrada –por temor a las represalias-, delegando a algunos activistas, por ejemplo, la lucha por el respeto al voto del 21 de febrero de 2016 que sepultó el insano propósito del tirano de perpetuarse en el poder. Que el régimen hubiese perdido toda vergüenza en tal afán y utilizase los recursos más abyectos para burlarse de la voluntad popular es algo que no se hubiera dado sin el uso perverso que hizo de los poderes, convertidos en instrumentos al servicio del déspota.

Lo cierto es que, en los hechos, hay un solo poder: el Ejecutivo. Por lo demás, lo que se pretende hacer creer que lo es, apenas llega una suerte de sucursal –agencia, si se prefiere- de aquel.

La sucursal legislativa es, desde que el régimen se hizo de los dos tercios, solo una receptora de las iniciativas del poder único. No hay espacio para el debate, no se escucha a la minoría, el rodillo es absoluto. Dicha sucursal se dedica a dar curso a las órdenes del jefazo sin mayor cuestionamiento, limitando su acción propia a asuntos que, si bien son de alto valor –distinciones, declaratorias, reconocimientos- carecen de la complejidad de las leyes sustantivas. Curiosamente, la única ley que fue enteramente elaborada por esta agencia, fue la de Procedimiento Penal, abortada luego de su promulgación dado el absoluto rechazo ciudadano a la misma. Respecto a su función fiscalizadora, tres cuartos de lo mismo, al extremo que las interpelaciones se han convertido en un trámite para aplaudir al o la interpelado(a). Recientemente, la Ministra de Comunicaciones pidió ser interpelada antes que querellada penalmente; es obvio por qué lo hizo.

La sucursal electoral es la mejor muestra de cómo una institución que llegó a ser la más confiable del país, fue demolida en diez años de ser administrada por el régimen. Su sumisión al régimen es tan obscena que da lo mismo que los procesos electorales los administre el Ministerio de Gobierno o cualquier otra instancia gubernamental –Diremar, por ejemplo-. El resultado será el que el Jefazo pida.

La sucursal judicial es de miedo. No sabemos demasiado sobre el Tribunal Agroambiental –parece, sin embargo, que la deforestación le tiene sin cuidado-, ni nos incumbe directamente el Consejo de la Magistratura; pero el Tribunal Supremo de Justicia y el Tribunal Constitucional… ¡Dios nos libre!

El primero, a través de su Presidente, un lambiscón sin pudor alguno, expresó su sometimiento incondicional al Ejecutivo, agraviando a la prensa en el camino.

El TC es la expresión más grosera de la decadencia institucional. Por segunda vez consecutiva dio curso a las órdenes del tirano para hacerse habilitar inconstitucionalmente a otra elección. Lejos está el tiempo en el que un TC independiente restituyó al entonces diputado Morales Ayma su curul de parlamentario luego de que el oficialismo de entonces procediera a su desafuero.

Mención deshonrosa merece la sucursal defensoril, dirigida por un pelele puesto por el régimen para hacer exactamente lo contrario de lo que la función de la institución está llamada constitucionalmente a hacer.

Como bien dice el señor Morales Ayma, “La división de poderes es un invento de Estados Unidos”

miércoles, 2 de enero de 2019

Propósito 2019



Suelo reservar mi primera columna del año para abordar asuntos personales –tenemos por delante un periodo intenso del que nos ocuparemos el resto del tiempo-. Así pues, con vuestra aquiescencia, entraré en modo autorreferencial.

Es costumbre, al comenzar una nueva vuelta alrededor del sol, plantearse un puñado de propósitos que guiarán nuestros actos durante este ciclo anual. Pero fíjese que en el título los he puesto en singular (obviamente porque sé cómo voy a terminar estas líneas); por lo demás, es la primera vez que lo manifestaré de manera pública. Esto último me ha dejado un tanto perplejo porque una cosa es pensarlo –o expresarlo a un círculo íntimo- y otra revelarlo abiertamente. Por ello me pregunto ¿qué es un propósito?...

Permítame una digresión –creo que necesaria-. Al redactar mi primera columna de la pasada gestión (2018) sabía, de algún modo, los ejes de la misma en el orden estrictamente personal, y a su celebración la dediqué, bajo el título “Paternidad, docencia, columna” pues en las tres categorías habría de cumplir 20 años de ejercicio.

Llegué a vivir estos aniversarios propios en íntima satisfacción. Me puse a recordar que, en el caso de la columna, cuando acepté la invitación para escribir periódicamente tenía ideas para tres artículos y aquí estamos dos décadas después; algo parecido me sucedió cuando acepté la invitación para ejercer la docencia y como una especie de reconocimiento no pactado se me brindó la opción de acceder a la docencia a tiempo completo lo que también acepté con entusiasmo, dejando de lado otros planes y un probable viaje de estudios al exterior. Así se asumen las decisiones. En cuanto a la paternidad, la disfruto día a día, máxime cuando el vástago ha vencido con solvencia la mitad de su formación profesional.
Esta gestión no tendré esta clase de efemérides –al menos no en cifras redondas, que son las que se festejan-, por tanto, viene bien esto del propósito.

A propósito, la pregunta que hice puede responderse por la inversión de la misma, o sea por lo que no es un propósito, por ejemplo un deseo, una resolución, un reto, etc.
Un deseo no depende de uno mismo, sino de un conjunto factores que habitualmente está fuera de nuestras manos el darle cumplimiento. Puedo, como una Miss, desear “la paz mundial” pero está claro que sin un consenso jerárquico la amenaza a la misma estará permanentemente latente.

Una resolución es una determinación de ejecución inmediata. Probablemente la que tomé el 1 de enero de 1980 sea la más drástica que tomé: ser vegetariano, cosa que sigo siendo al día de hoy.

Un propósito, sin embargo, es el compromiso de uno mismo con un logro alcanzable en términos personales; es una declaración de intenciones a desarrollar a lo largo de una gestión, ciclo o plazo. Puede o no materializarse – de hecho, algunos propósitos son la renovación de los que quedaron pendientes: un viaje, un curso, una publicación-.

Y aquí viene el problema, mi problema. Si me pongo a manifestar mis propósitos para cada uno de los ámbitos en los que me realizo, el espacio quedaría absolutamente restringido. Sólo el expresarle –con argumentos- a mi esposa los propósitos –votos, se dirá- que me hago para nuestra vida en común me tomaría toda la página. Y así con todo.

Por eso, en un afán de síntesis, sólo expresaré un propósito que enmarca a la totalidad de ellos: ser mejor, tanto en los espacios sociales en los que me desenvuelvo como con los seres que aprecio, incluido usted que lee este breve manifiesto.