miércoles, 28 de junio de 2023

Esa "poshistoria"

 


Entrecomillo, en principio, la palabra del título para que no se confunda el uso que le daré con los sentidos corrientes del término, a saber: “Referencia a la historia de los acontecimientos que ocurrieron después y como consecuencia de un hecho determinado”; “periodo posterior a la historia convencional”; “conjunto de proyecciones históricas, en el que se consideran las acciones del ser humano sobre su medio natural y social para hacer predicciones sobre futuros acontecimientos (rama de la futurología)”  -https://www.elsaltodiario.com/diccionario-posverdad/posthistoria-.

La intencionalidad que le doy tiene relación con la denominada “posverdad”, a modo de intertexto de la misma: Si la posverdad es la distorsión tendenciosa de un suceso informativo, la poshistoria vendría a ser su correlato en el ámbito de la historia –cuya gravedad es mucho más peligrosa que la de la falsedad de una noticia (coyuntura) dado que su alcance espacio-temporal tiene carácter estructural-.

La historia tiene carácter interpretativo, desde luego. No debería haber tal cosa como una “historia oficial” única y lineal. Pero para que hay historia debe haber hechos sobre los cuales los historiadores, en primera línea, y el resto de los seres humanos, luego, puedan discurrir (discutir) sus interpretaciones sobre los mismos –por ejemplo, el arribo de Colón y sus muchachos a las costas caribeñas es aún hoy juzgado como “El descubrimiento de Ámerica”. Les Luthiers, que, a propósito, estarán en nuestro país próximamente para cerrar su creativa carrera, tienen una divertida parodia al respecto; mientras para otra corriente, se trata del “Encuentro de dos mundos”-. Si no hay hechos, no hay materia “historiable”. Puede haber, eso sí, y de hecho los hay, mitos y eso no tiene nada de malo. La grosería es hacer pasar –forzar- los mitos por historia.

Y desde hace unos años, por estos lares, la poshistoria ha sentado sus reales. Los mitos no solo son necesarios, son, inclusive, deseables; generan cohesión entre miembros de una colectividad que comparten una visión del mundo. Los mitos fundadores dan identidad, aunque todos parten de una idea muy similar sobre la creación. La especie humana, a diferencia de otras, es una especie simbólica y sus miembros, nosotros, a partir de cierto periodo de construcción intelectual, desarrollamos una “membrana” que separa lo mítico de lo histórico, lo racional y lo científico. A ese conjunto de elementos lo conocemos como cultura, en sentido amplio.

Nuestro filósofo Guillermo Francovich escribió sobre los mitos profundos de Bolivia. En la introducción del libro que los reúne, dice que “constituyen importantes factores históricos que es necesario conocer”, lo que entra en colisión con lo que acabo de argumentar. Obviamente, yo le quito “históricos” y proclamo que los mitos constituyen importantes factores que es necesario conocer. Y todo ser humano debe hacerlo respecto a los que abraza su colectividad justamente para impedir que algunos congéneres quieran llevarlos a planos de la “poshistoria”, en el sentido que acá le hemos dado.

Otra vertiente de la misma, al margen del mito intemporal, es la de la pura invención (falsificación) de la historia, al extremo de, con la pretensión de adoctrinar ideológicamente, llevarla a textos escolares –complementada, además, con manifestaciones escénicas, ritos y símbolos recién inventados que se quiere hacer pasar por “milenarios” u “originarios” cuya intención no es otra que la ir borrando la historia (los hechos); objetivo absurdo, por cierto-.


miércoles, 14 de junio de 2023

Castillo de harina

 




“Tres suicidios al hilo” podría llamarse una novela policial cuyo argumento entrelace persecución política –un Gobernador secuestrado, y posteriormente apresado, por el aparato represor de un régimen autoritario-, narcotráfico –media tonelada de cocaína transportada en un vuelo comercial de una línea estatal-, delitos financieros –un banco fraudulento apañado por la autoridad supuestamente encargada de su control-, unas coimas groseras justificadas como “adelantos” y el asalto a la sede de una entidad de derechos humanos por parte de huestes del partido de Gobierno. Y, claro, unos curiosos “suicidios” a lo largo de la trama.

La crítica literaria la trataría horriblemente por lo exageradamente truculenta –inverosímil, por tanto- y, sin embargo, quienes vemos tales hechos en la cotidianidad local sabríamos que el autor no habría hecho esfuerzo alguno para ponerlos en forma de narrativa. Una vez más se certifica que la realidad puede llegar a ser más sorprendente que la ficción más exagerada. Lo curioso es que, en tiempo real de su acontecer, estas anomalías no parecen asombrar a nadie; es como si se hubiesen naturalizado y los ciudadanos estén resignados a convivir con ellas con los ojos vendados.

Para aquellas personas que no están anoticiadas, una aproximación a estos asuntos podría ser tomada como un afán de “espoilear” (revelar el argumento de la obra), pero para quienes los conocen sólo será un recuento de los hechos sucedidos en este lamentable tramo del ejercicio de un poder envuelto en harina.

Un buen (mal) día de fin de año, sin ningún tipo de miramiento, un grupo de matones gubernamentales interceptó el vehículo en el que se desplazaba el Gobernador de un próspero departamento, lo maniató, lo trasladó a la Sede del Gobierno, lo sometió a un proceso cuasi sumario y lo encerró en la cárcel de máxima seguridad; todo ello por ser militantemente opositor al régimen central(ista). El preso continúa aislado y, en el interín, uno de sus abogados resultó muerto luego de precipitarse de lo alto de un edificio. “Suicidio” dictaminaron rápidamente las pericias forenses.

Otro buen (mal) día, el testigo protegido dentro de un caso de millonarias coimas en la estatal caminera, fue reportado como fallecido luego de haber dejado un video en el que reiteraba su denuncia y se declaraba desprotegido. “Suicidio”, se volvió a escuchar y, días más tarde, un grupo de imputados (que no incluía a las cabezas de la entidad) era sobreseído. El risible argumento: “la plata de los ‘adelantos’ –así llamaron a las coimas- ya fue devuelta”.

Un más reciente buen (mal) día, el interventor de un banco en liquidación por fraude, que las autoridades de regulación financiera conocía de mucho antes, pero no alertaron sobre tal situación y, por el contrario, siguieron autorizando sus “promociones”, corría la misma muerte. “Suicidio”, proclamo el ministro a pocas horas del hecho, dando por cerrado el caso.

Y los buenos (malos) días siguen ocurriendo. Meses después de haberse enviado un alijo de media tonelada de cocaína a España en un vuelo de la aero-línea estatal, el régimen, que se ufana del “mayor operativo antinarcóticos de la historia” –que no agarró a nadie en las fábricas intervenidas-, comenzó a “investigar” y se cargó, entre otros, al operario del montacargas. La encomienda burló siete filtros institucionales, los que se echan la culpa recíprocamente, a falta de una hora de filmación “perdida en el camino”. Y, para rematar, un grupo de operadores del régimen, sin portar orden de allanamiento emitida por autoridad competente, ingresa y se apodera de la sede de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia.

Podrían parecer sucesos inconexos, pero, en realidad, forman parte del mismo esquema manejado por un poder descomunal a semejanza de un castillo de harina, próximo a desmoronarse, en mi percepción y, por tanto, terriblemente peligroso. ¿Quién será el(la) próximo(a) “suicidado(a)”?