Permítame recrear, lo más fielmente posible, una curiosa conversación telefónica que me involucra en calidad de “llamado”. Sucedió hace unos tres años y algunos hechos me la han traído de nuevo a la memoria.
-Buenas tardes, señor Puka. Le hablamos de una productora que trabaja con el Gobierno… (imagine usted mi perplejidad ante tan explícita presentación –nada de rodeos, al grano-) le queremos invitar a participar en un spot para una empresa pú…
-Disculpe, creo que se ha equivocado de persona; soy opositor al régimen..
-Justamente, por eso..
-Escuche, hagamos de cuenta que esta llamada nunca existió.
-¡Es para YPFB!... ¡Hay buena plata!
-Hasta luego.
Semanas después vi una cuña en la televisión y supuse que “la productora” quería que pusiera la cara en la misma. Se lo comenté a mi esposa y nos reímos. Lo que nunca supe es cuánta era la “buena plata” con la que quisieron tentarme (¿comprarme?); ¿cien dólares?, ¿mil?, ¿diez mil?
De lo que estoy convencido es de que si aceptaba la invitación, esta columna, que usted me hace el honor de leer cada dos semanas, no valdría ni caca –para emplear la idea fija que parece ocupar la cabeza del Presidente-.
Efectivamente, si por un puñado de dólares accedía a la misma, el próximo paso del régimen era exhibirme como trofeo y, con seguridad, nunca más me llamaba ninguna productora para otra oferta de “buena plata”.
Con algo de sorna, he querido graficar una de las posibles maneras –sutiles, como en el caso mencionado y directas, como en el caso de algunos dirigentes del TIPNIS y de otras organizaciones- con las que el régimen va llevando agua a su molino.
¿Ha escuchado alguna vez la pregunta sobre el pollo y la carretera? Por si no lo hubiera hecho, es la siguiente: “¿Por qué cruzó el pollo la carretera?” y, claro, el chiste es ir dando respuestas ingeniosas y atribuirlas a personajes en razón de su profesión u oficio.
He aquí algunas de ellas, jocosas, por cierto. El docente universitario, por ejemplo, haría una suerte de finta verbal para eludirla y, de paso, endosar a los estudiantes la solución del problema. En tono docto, diría algo como: “El asunto se incluirá en el primer parcial; así es que vayan investigando el caso”. La respuesta atribuida a Aristóteles es: “Está en la naturaleza del pollo cruzar la carretera”. Y así sucesivamente ad infinitum.
Estuve meditando en ello luego de escuchar al actual ministro de Defensa decir, en sus años como Rector de la UAGRM, referirse a Hugo Chávez Frías como “dictadorzuelo y payaso” –caracterización en la que coincido con aquel Ferreira- y, en otra intervención, hacer una férrea oposición a la construcción de la carretera por el centro del TIPIS –criterio con el que también coincido con el Reymi sincero-.
La política es, se dirá, “dinámica”, y es válido para algunos y cuestionable para otros, cruzar carreteras y ríos por lo que se denomina “el bien mayor”, pero subirse al carro del poder por puro acomodo –al extremo de mostrar adoración por lo que antes se abominada- es, por lo menos, vomitivo (visto de afuera).
“La dignidad termina donde empieza la necesidad” se lee en una publicación que está circulando en la red. Puestos a buscar una respuesta a por qué el “pollítico” (mezcla de pollo y político) cruzó la carretera, podría ser una de las opciones. Me trae a la memoria la frase de un amigo en el siglo pasado: “Mi corazón es del MIR, pero mi estómago es de Condepa”, decía a quien quisiera escucharlo.
Yo me quedo con una explicación parecida: “Hay buena plata”. Pero usted también tendrá la suya y por eso le hago la pregunta en cuestión, ¿por qué el pollítico cruzó la carretera?
“Leer a Sir Ken Robinson es gratificante; escucharlo es
divertido. Dice las mismas cosas que se encuentran en sus libros, pero con
gracia. Es un profesor muy divertido.
Como Los Beatles, nació en Liverpool y se regodea
refiriéndose a Paul como “mi amigo, Sir Paul”, de quien recibió su membresía al
Liverpool Institute for Performing Arts, por haberse involucrado en el
desarrollo del mismo.
En lo que nos atinge, la creatividad, Robinson toma a Los
Beatles como un ejemplo de equipo creativo: ´Los equipos creativos son
dinámicos. La diversidad de talentos es importante, pero no suficiente.
Diferentes formas de pensar pueden ser un obstáculo para la creatividad. Los
equipos creativos encuentran las maneras de usar sus diferencias como
fortalezas, no como debilidades. Desarrollan un proceso por el cual sus
fortalezas se completan y compensan sus propias debilidades individuales. Son
capaces de desafiarse entre ellos como iguales, y de tomar la crítica como un
incentivo para hacer su juego´”.
Las líneas precedentes las escribí hace unos años luego
de retornar al país tras haber cursado, precisamente con Sir Robinson, un
taller de creatividad en el marco de un encuentro internacional sobre
“Aprendizaje y servicio” (Service learning) en California. El artículo en
cuestión, publicado en mi blog www.pukacosa.blogspot.com, se
llama “Ken Robinson y Los Beatles”.
En otro breve artículo, “La revolución plateada”, anoto
lo siguiente: “Ya en 2001, Ken Robinson menciona la idea de una “revolución
plateada” (grey revolution), apoyado en los reportes sobre contratación de
personas mayores de 50 años por parte de las empresas del campo de las nuevas
tecnologías que buscan experiencia y visión estratégica para su supervivencia
en el mercado (“Out of our minds”, 2001).
Fue precisamente con la obra mencionada que nuestro
mentor alcanzó el reconocimiento dentro del ámbito de los promotores del
pensamiento creativo, partiendo de los aportes teóricos de Csikszentmihalyi,
Gardner y De Bono. Sus ideas no son del todo originales, pero la
sistematización de las mismas y el lenguaje accesible que utiliza, hacen de
Robinson el más activo de los divulgadores del tema.
Con el prestigio conseguido con “Out of our minds”, le
llegó el momento de la nombradía global. Tal hecho se dio con su ya clásica
intervención en las charlas TED de 2006 (“Las escuelas matan la creatividad”)
en la que sostiene que la creatividad se aprende como se aprende a leer porque
se trata de un proceso, no de suerte ni de ocurrencias, sino del trabajo de
nuestra imaginación; defiende también el talento de cada individuo y la
importancia de descubrirlo y desarrollarlo, así como de la pasión como motor de
toda innovación.
El tema del talento lo desarrolló en su siguiente obra, “The Element” (2009), misma que obtuvo una recepción aún más grande que la
precedente.
Estos insumos nutren el discurso del cambio de paradigma
educativo ilustrado en el breve audiovisual puesto a consideración de los
docentes de UNIFRANZ.
Pero antes de adentrarnos en su contenido, veamos algunas
de las ideas presentadas en las obras citadas:
Por ejemplo, un criterio ya adelantado en 2001 es el de
las “industrias creativas”, el cual, en su evolución, se ha encontrado con la
economía y ha adquirido un color, el naranja, que ya es un denominativo oficial
para todas aquellas actividades, antes dispersas, que se originan en la
producción intelectual y la cultura: las industria editorial, la del diseño de
software –de juegos, entre otros- la del entretenimiento, la de la publicidad,
de las artes escénicas, etc. “Economía naranja”, en suma –en “zumo”-.
Refiriéndose al Reino Unido, Robinson señalaba que “las
artes hacen un significativo aporte a la economía nacional y se constituyen
como una de las opciones más importantes para dar trabajo a mucha gente” (“Out
of our minds”).
Este concepto, como dijimos, ha alcanzado un alto grado
de reconocimiento en los ambientes académico, institucional e incluso estatal.
Colombia, a la vanguardia en la temática, ha promulgado la ley para la
promoción de las industrias creativas. De la misma manera, se ha establecido la
categoría “ciudades creativas”, ranking incluido, para destacar a aquellas en
las que la presencia de las industrias creativas está más extendida.
Ciertamente, Robinson es un entusiasta de las artes,
mostradas también en el audiovisual que apreciamos, pero también de distintas
disciplinas, resaltando a quienes las ejercen con pasión, por una suerte de
“llamado” a dedicarles la vida en su práctica. Llama a reivindicar al “amateur”
–o en el sentido de “aficionado”, que le damos en estos lares, sino en su
interpretación directa, o sea la de “amador”-. Vale decir que quien ama lo que
hace, ha encontrado “el Elemento”, su Elemento.
Esto tiene que ver con lo que Csikszentmihalyi y otros
autores llaman “autotelia”, es decir el disfrute de la tarea que uno está
realizando, más allá de una posible recompensa económica –que, probablemente
llegará por añadidura-. La creatividad es, por antonomasia, autotélica; es
decir que es gratificante en sí misma.
El concepto de sinestesia está
presente, e inclusive complementado, en “El Elemento”: “Los psicólogos están en
buena parte de acuerdo con que además de los cinco sentidos que todos conocemos
hay cuatro más. El primero es nuestro sentido de la temperatura (termocepción).
Se trata de un sentido diferente al del tacto. No necesitamos tocar algo para
sentir frío o calor. Este sentido es fundamental, pues los seres humanos solo
podemos sobrevivir dentro de una banda de temperatura relativamente estrecha.
Esta es una de las razones por la que llevamos ropa. Una de ellas. Otro es el
sentido del dolor (nocicepción). En general, hoy día los científicos están de
acuerdo con que se trata de un sistema sensorial
diferente al del tacto o al de la temperatura. También parece haber sistemas
separados que registran si el dolor se origina en el interior o en el exterior
de nuestro cuerpo. El siguiente es el sentido vestibular (equilibriocepción),
que incluye nuestro sentido del equilibrio y la aceleración. Y por último está
el sentido kinestésico (propriocepción), que nos proporciona información acerca
de dónde están nuestras extremidades y el resto de nuestro cuerpo en el espacio
y en relación con los demás. Este
sentido es fundamental para levantarnos, caminar y regresar de nuevo al punto
inicial. El sentido de la intuición no parece dar la talla para la mayoría de
los psicólogos”.
Una educación para los tiempos que
corren –prácticamente un quinto de siglo XXI ya ha transcurrido- debe tomar en
consideración estas prescripciones.
Tanto en sus textos, como en sus
clases, Robinson, como ya dijimos, utiliza una dosis de humor. El humor –como
la metáfora, el doble sentido, la frase capciosa, la perspicacia, el ingenio,
las adivinanzas y toda clase de analogías- es una expresión del pensamiento
lateral que, en su forma más desarrollada puede ser una herramienta para la
solución no convencional de problemas.
Uno de los episodios más jocosos del
El Elemento, se encuentra en el acápite “Cultura: lo apropiado y el tanga”. En
el mismo, Robinson narra su observación de un hombre en la playa de Malibú,
aparentemente un sedentario oficinista, luciendo una mínima tanga con estampado
de leopardo. Para los códigos de culto al físico del lugar tal cosa estaba
“fuera de lugar” pero, más tarde el autor y su esposa se encontraban en
Barcelona, donde tal escena se repetía por cientos y no parecía molestar a
nadie.
Sobre el hecho, dice que las culturas
promueven un “comportamiento contagioso” y aduce a un estudio suyo sobre las
diferencia en percepciones visuales entre occidentales y asiáticos. En una de
sus clases en las que estuve presente, Robinson muestra una lámina y nos pide
describir lo que vemos. Como buenos occidentales, decimos “un tigre”, y luego nos hace notar que nuestros
condiscípulos asiáticos responden cosas como “un tigre en la selva” o “una
selva con un tigre”. “Esto –recalca- es una diferencia significativa y guarda
relación con mayores diferencias culturales entre la cosmovisión occidental y
la asiática”.
Buena parte de estas referencias
están, de una manera u otra, presentes en el vídeo que se nos mostró (“Ken
Robinson: Changing Paradigms”). Debido al sistema tradicional de educación,
según el autor, mucha gente brillante, cree que no lo es; “porque han sido
juzgados por esta (la de la ilustración) particular visión de la mente”. Asimismo,
respecto a la gran cantidad de estímulos, provenientes de las tecnologías de la
información y las comunicaciones mayormente, el tipo de educación convencional
a la que se critica ya no brinda las condiciones para los estudiantes de este
tiempo –en el camino, se ocupa de poner en cuestión al (mal) llamado Síndrome
de Atención Dispersa-.
Nos introducimos, entonces, en el modo
de pensamiento divergente -una de cuyas formas es el lateral- , esencial para enfoques
no convencionales y, sin embargo, sorprendentemente valiosos. La posibilidad de
dar varias respuesta –y no una sola, como en el caso del pensamiento
convergente-.
En tal sentido, el nuevo paradigma en
construcción y con experiencias certificadas en algunos centros, incluidos los
de educación superior, debe resultar de la puesta en práctica de estas propuestas.
Para el caso de nuestra casa de
estudios, el enfoque por competencias, el aprendizaje basado en retos, el saber
hacer y conceptos afines, van en tal dirección.
Si hay algo que me llega a indisponer cada vez que, con
mayor frecuencia de la que uno puede esperar, se refleja en los medios, son
esas declaraciones de personas que, habiendo sufrido maltrato por parte de funcionarios
del régimen –más de una vez con el rostro ensangrentado o con signos de haber
sido golpeadas- se dirigen al individuo que ostenta el cargo presidencial como
“hermano”.
“Hermano Evo, escuchanos”; “sólo le pedimos una reunión
al hermano presidente”; “queremos hablar con el hermano”… expresiones ya
familiares a nuestros oídos pero incomprensibles a nuestros sentimientos pues,
¿cómo puede un “hermano” mandar a apalear a otro y encima éste invocar a una
fraternidad mientras se desangra? ¿hermano Assad? ¿hermano Nicolás? ¿hermano
Putin?
No digo que en tales circunstancias se debería maldecir o
denostar al sujeto en cuestión. Bastaría con quitar, por un mínimo de dignidad,
el “hermano” de la frase y referirse a la autoridad ya sea por su nombre
solamente –“Evo, escuchanos” o “queremos hablar con el señor Morales”- o por su
cargo -“Sólo le pedimos una reunión al presidente”-.
No voy a pecar de ingenuo; sé que tan fraternal
tratamiento deviene de una suerte de identificación étnica, de clase o,
directamente, de militancia política pues buena parte de los conflictos de los
últimos años se originan en rencillas internas de sectores, en última
instancia, afines al régimen.
Allá, entonces, quienes, a pesar de las humillaciones
sufridas y de los golpes soportados, persisten en amarrar los guatos de dicho
personaje público.
Lo verdaderamente terrible es que del “hermano”, en el
sentido fraternal de la palabra, el señor Morales Ayma se ha convertido en “El
Gran Hermano”, en el sentido orwelliano del concepto.
Para refrescar la memoria, diremos que con “El Gran
Hermano”, el autor de “1984” retrata a un régimen dictatorial cuyos mecanismos
de poder –partido, propaganda, líder –identificable o no- y seguridad (en su
dimensión policial)- están omnipresentes en la cotidianidad social, ejerciendo
un control sobre cada ciudadano.
Con matices –El MAS no es, aún, el partido único como el
Ingsoc de la novela- el régimen supera con creces el mundo de la ficción en
profusión de propaganda –rubro privilegiado del presupuesto- y en ejercicio
corporativo del poder.
La distopía “plurinominal” no es la dictadura clásica;
más bien tiende a la dictadura perfecta, aquella que instrumentaliza los
mecanismos de la democracia para, con tal apariencia, ejercer el poder
omnímodo. Una sociedad amodorrada en un ilusorio bienestar ayuda, con su
indiferencia, a dejar que el “Gran Hermano” ocupe cada vez más espacio en la
vida de las personas hasta extremos inauditos, arrebatando la libertad y la
conciencia de las mismas.
Sumemos a lo ya dicho la enfermiza exaltación del
caudillo (museo personal, palacios faraónicos, himnos, comparaciones con la
divinidad, complacencia a sus caprichos, etc.) y tendremos, como lo tenemos, el
escenario más propicio para la comisión de los más groseros abusos contra el
que abomina del orden político establecido.
Una de las víctimas del Gran Hermano Evo fue Roger Pinto,
quien como senador denunció a las mafias insertas en el régimen, lo que le
valió la persecución sañuda del régimen, su posterior exilio y la muerte. No es
que el régimen ordenase el asesinato del político de oposición, pero sucede que
el deceso se dio a partir de las amenazas dirigidas desde el poder hacia su
persona.
La democracia, una vez más, está de luto; ¿quién sigue en
la lista? ¿usted? ¿aquel? ¿yo?... ¡Dios nos libre!
Si bien la idea anduvo rondando por mi cabeza desde hace
algún tiempo, no fue sino hasta leer, hace un par de días, el artículo firmado
por Kristin Wong en el New York Times, En
defensa de las groserías, que decidí ponerle pluma.
La articulista menciona que en el libro The Stuff of Thought, su autor, Steven
Pinker, profesor de Harvard, enumeró algunas nuevas funciones de las groserías.
“Hay palabras enfáticas, por ejemplo, cuando se quiere resaltar algo, y
palabrotas usadas como disfemismos para expresar opiniones de manera
provocativa”, apunta.
Mencionando a otro autor, Bergen, anota que “aunque decir
malas palabras es en gran medida algo inocuo, las injurias o insultos son un
excepción. Hay claros beneficios cuando se usan groserías, pero cuando van
dirigidas a un grupo demográfico, pueden producir prejuicios”.
Acabo las citas con la de Jay, quien advierte que “la
gente también percibe a aquellos que usan palabrotas como más honestos”, la
idea –dice- es que “los mentirosos necesitan usar más su cerebro y requieren
más tiempo para pensar e inventar mentiras, recordarlas o, simplemente, evitar
decir la verdad. En cambio, los que suelen decir la verdad van al grano más
rápido, lo que puede implicar hablar impulsivamente y sin filtro”.
Hace unos tres años, fui casual testigo de un hecho –para
mí, sin importancia en ese momento-: dentro de un almacén, un comprador que
quiso pasarse de vivo fue descubierto en falta por el cajero; al verse en
evidencia, el sujeto intentó maquinar una serie de explicaciones a su intento
de engaño, siendo obligado, finalmente, por aquel a devolver toda la mercancía
excedentaria que pretendía llevarse sin pagar –dicho en buen cristiano, se la
estaba robando-. ¡Cuánta sería la bronca del cajero que cuando el frustrado
ladrón salía del lugar con el rabo entre las piernas, le espetó un sonoro
“¡masista!” que parecía salido del fondo de su alma! Pensé entonces –insisto-
que se trataba de un hecho aislado, pero, con algo de atención, fui
atestiguando o me fueron contando sobre escenas similares más o menos
recurrentemente.
El último que me contaron trata del clásico conflicto
entre un pasajero y un conductor de radiotaxi. No me extiendo en detalles, pero
el asunto acabó a la manera del anterior: el pasajero vociferando “¡masista!”
al chofer abusivo. Podría suponerse que estas sobrerreaccioes sólo ocurren en
La Paz, por el clima de rabia contra el régimen que está a la orden del día,
pero en recientes viajes he escuchado tal adjetivo en sentido despectivo a cada
paso.
No es difícil deducir que una carga negativa se ha ido
adhiriendo al término que inicialmente –denotativamente- se refiere al
militante o simpatizante de un partido político. El resto tiene que ver con las
connotaciones adquiridas merced a su empleo asociado al comportamiento de
ciertos personajes de tal tienda en función de gobierno. Así pues, “masista”
puede contener “corrupto”, “abusivo”, “mentiroso”, “narco”, “dictador”, “ladrón”,
“caradura”, y un largo etcétera de vocablos en dicha línea.
Mire nomás este cóctel y dígame si no hay algo de razón para
que suceda tal cosa: Romer Gutiérrez (100 kilos de cocaína), Papelbol
(sobreprecio), avión presidencial (comprado al doble de su precio comercial),
Catering BoA (tráfico de influencias), Planta de Bulo Bulo (pésima ubicación,
sobreprecio), Taladros YPFB (escándalo de proporciones), Fondioc (el hecho de
corrupción más grande de la historia del país), Satélite (compra directa),
persecución, manipulación de la justicia, varias quiebras a consecuencia del Estado
jugando a ser empresario, Canal 7 (compras fraudulentas), palacios insultantes,
museo del ego, canchas y mercados sin uso… todo “a lo masista”.