martes, 23 de junio de 2015

A falta de notables... ¿rotables? ¿potables?



La larga lista de aspirantes a ocupar las vocalías vacantes en el Tribunal Supremo Electoral me ha producido un sinfín de reflexiones sobre la manera en la que se está estropeando –con cada vez mayor decisión- la institucionalidad democrática en general, y la electoral en particular.

Y es que, a la sola mirada de dicha nómina, salta lo absurdo de esta convocatoria que, con apariencia de democratizadora, conduce mecánicamente al embudo de los dos tercios que ostenta el régimen en el Congreso por lo que aquellos nombres de operadores del oficialismo tienen prácticamente asegurada su selección (de lo contrario, no se habrían molestado en anotarse siquiera).

Este tipo de tongos se dan por la errónea concepción, lastimosamente dominante, de que mientras más postulantes haya, más democrático es el régimen, sin considerar que para ciertas instancias lo meritocrático es, precisamente, un indicador de la salud de la democracia. La malhadada “elección” de magistrados judiciales ya significó un retroceso en materia de institucionalidad.

¿Cuál es, según mi criterio, el perfil de un potencial árbitro electoral? Ser una personalidad que no necesite acceder al cargo para ser alguien, poseer una trayectoria cuyo prestigio esté por encima de los cambios de humor de la política local e investir tal carácter que no necesite retribuir la “gauchada” de haber sido nombrado vocal favoreciendo los designios del poderoso. Más allá de las credenciales académicas e intelectuales, sin estos atributos un vocal electoral jamás gozará de credibilidad, menos un cuerpo compuesto por siete personas.

¿Dónde están, entonces, los notables? Están en sus casas y –sentido común mediante- decidieron no someterse al manoseo de sus nombres y seguir dedicados a sus actividades particulares. Otra cosa hubiera sido que fueran llamados, dada la delicada situación del ente electoral luego del paso de la Banda de los Siete, análoga a la que dejaron la de los cuatro hace casi tres décadas, a devolver a la institución electoral el prestigio que llegó a tener hasta antes de que el régimen metiera sus uñas en ella. Dudo mucho de que se excusarían.

Los vocales y las vocales de la corte electoral, hasta la gestión de Salvador Romero, sí poseían los mencionados atributos; por eso sus designios nunca fueron puestos en duda y, menos, sus personas cuestionadas.

Así pues, me ha causado ternura la ingenuidad del grueso de los componentes de la lista de aspirantes. Probablemente bienintencionados, saben que sólo están en calidad de relleno. Tengo algunos amigos en este grupo.

Asimismo, indignación la presencia de los “rotables” del régimen, que van de puesto en puesto por donde les señalan sus padrinos políticos. De éstos, los que más rechazo me han producido son los que habiendo, a su paso por él, contribuido al desprestigio del TSE, tienen la cara de presentarse, probablemente en concomitancia con el Gobierno. ¡Verdaderos sinvergüenzas!
 
Ni qué decir sobre los prontuariados que figuran como candidatos. Ni siquiera se merecen que los mencione; pero sí es curioso que aparezcan como “indígenas”, probablemente para aumentar sus posibilidades, ciudadanos portadores de apellidos castizos –al estilo de Morales-: Antezana Terrazas, Chávez Terrazas, Claure Moya, Elío López, Gonzales Valdivia, Herrera López, Olañeta Burgoa, Ovando Fernández, Ruiz Flores, Sanabria Contreras, Tórrez Vargas, Velasco Mosquera...

En este desolador panorama, encuentro un pequeño grupo de “potables” –un par que no menciono porque estoy consciente de que los perjudicaría-, pero es casi seguro que el régimen se los pasará por el forro.

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