viernes, 15 de enero de 2010

El legado de E-15




De tanto en tanto se da la coincidencia de una fecha significativa, a mi criterio, con el día de publicación de mi habitual espacio de cada dos viernes. Y, dado el motivo de las líneas siguientes, lo celebro, aunque el hecho al que se referirán no sea, en absoluto, motivo de celebración. Antes bien, lo es de sentido homenaje, de amargo recuerdo, de renovada admiración y también de reclamo ante el intencional olvido, probablemente seguido de indiferencia, que se cierne sobre una de las páginas más aciagas que registra la lucha por la conquista de la democracia y las libertades consustanciales a ésta.

Esto último es de particular sensibilidad. Preguntemos a la ciudadanía qué ocurrió el 15 de enero de 1981 y, sobre todo los más jóvenes, admitirán su ignorancia al respecto, no obstante que sin la gesta protagonizada por la generación joven de entonces no se explicarían las expresiones de las nuevas generaciones ni la incorporación al acervo poítico de liderazgos como el del propio señor Morales, usufructuario, hasta el abuso, de la senda abierta por aquella. Un legado de convicción democrática patentizado con la ofrenda de la vida misma por su causa.

Lastima constatar la desproporción con se idolatra al sobrevalorado Ernesto Guevara, un cobarde a la hora de la hora –“No disparen, soy el Che, valgo más vivo que muerto”-, frente a la discreción con la que se honra a mártires locales como los que cayeron en la calle Harrington.

En efecto, aquel 15 de enero fue abatida la casi totalidad de la Dirección Nacional Clandestina del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR) que se encontraba reunida para planificar acciones de resistencia a la narcodictadura de García Meza y Arce Gómez.

Las hordas paramilitares del nefasto régimen irrumpieron en el inmueble y ultimaron a quemarropa a los militantes miristas Arcil Menacho, Jorge Baldivieso, José Reyes, Ramiro velasco, Ricardo Navarro, Artemio Camargo, José Luis Suárez y Gonzalo Barrón. Gloria Ardaya, providencial sobreviviente de la masacre, aportaría más tarde con su testimonio vivencial para condenar a la narcodictadura en el marco del Juicio de Responsabilidades que se le instauró.

No voy a caer en la odiosa controversia, más especulativa que objetiva, sobre la titularidad del patrimonio político -¿MIR?/¿MBL?- que legaron estos estos compatriotas; su sacrificio es, hoy más que nunca, patrimonio de la democracia boliviana, sobre la que vuelven a cernirse amenazas, esta vez provenientes de los circunstanciales detentadores del poder.

Gloria Ardaya, infatigable luchadora, y Elizabeth Reyes, hija de José y diputada reelecta por Unidad Nacional, tienen la misión de mantener vivo en la memoria democrática dicho legado. Por nuestra parte, los ciudadanos que amamos la libertad daremos la batalla para impedir que se nos la arrebate a título de “proceso de cambio”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

gracias por traer a mi memoria recuerdos lindos de infancia, porque tuve la dicha de conocer a Ricardo Navarro y su pequeña y sencilla familia, cuando apenas tenia 10 años, jugaba con Angelica (su hija) y fue él quien me enseñó a andar en bicicleta, era un político de los que ya no quedan, incluso le hicieron estallar su auto amarillo (me acuerdo) volaron todos los vidrios de la zona, menos los de la casa del Oscar Cordova gg, pues eran rayban. Bellos recuerdos y está en la memoria como un gran maestro de la vida!