domingo, 5 de abril de 2009

El amor en los bofedales

Título gratuito, si se quiere, pero hay palabras cuyo olor, color, textura, poder (fonética de la sinestesia) no me dejan más opción que dedicarles un momento de contemplación y buceo en sus misterios. Maravilla de maravillas es la de atribuir significado a las palabras por cómo suenan.

Hace poco, mi chaval me escuchó mencionar “serendipia” (concepto sobre el que he escrito una columna entera) y luego me preguntó si había alguna vacuna contra la serendipia. Y no le falta sentido, ¿no le suena a Ud. como una clase de varicela o como el efecto de una mordedura de víbora? Revise los diversos metalenguajes que cada campo del conocimiento ha desarrollado y verá que guardan cierto color propio de cada uno de ellos lo que lleva a que otras palabras que no corresponden a un determinado dominio puedan ser emparentadas con éste. Fíjese simplemente en los nombres de los medicamentos, su estructura (prefijos, sufijos) y un mundo de fantasía se abrirá ante sus ojos. Mire esta joya: “Proctopirina”, el clásico supositorio antipirético.

Pero, ¿recuerda Ud. lo que es “paradiástole”?, ¿verdad que parece referir a un paro cardiaco? y de lo que se trata es de una figura retórica. De niño, uno de mis hermanos tenía el insulto perfecto: “hipócrita”; había escuchado la palabreja en una pelea conyugal, sin más, le pareció la máxima invectiva y se la gritaba a voz en cuello a quien osara importunarlo.

La palabra “bofedal” me trae loco desde que la escuché con motivo del problema del Silala. Haga la prueba de escribirla en su compu y le saldrá el subrayado rojo que supone la comisión de un error en la escritura, ni siquiera existe en el diccionario. Vocablo odorante por donde se lo huela, me lleva a la consideración de que la mayor parte de los denominativos que se relacionan con el agua, incolora e inodora idealmente, expelen hedores que van desde el amoniaco hasta el gas digestivo.

“Potamología”, que es la disciplina que estudia las aguas que se desplazan, se escurren, corren... su derivado “mesopotamia” (entredosaguas), lo que me lleva al apellido de uno de mis contadores: Entrambasaguas. “Meandros”, que no es un urinario, sino las curvas que dibujan los ríos en su curso. Y, claro, “bofedal”, que en buen romance es una ciénaga, o sea, un lugar pantanoso.

Pero, para justificar el título, aquí les va un verso doblemente apócrifo: Tejedme coronas, canciones cantadme, que Venus se acerca entre los bofedales.


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