jueves, 17 de marzo de 2011

Entre chiste y chiste...



Una de las obras literarias que cayó a mis manos durante mis años mozos fue “La Broma” escrita por Milan Kundera. Ya en ese momento pensaba en ella como una novela poco literaria y más próxima al ensayo novelado. Las críticas que recogí a lo largo del tiempo sobre esta ópera prima fueron confirmando esta percepción; en una novela acabada el cómo tiene tanta importancia como el resto de los aspectos que la rodean. Kundera hace un énfasis tan marcado en el (sobre)qué que acaba por descuidar ciertas cuestiones formales para el oficio de novelar.

Probablemente lo hizo a propósito, porque lo que queda al final del día, y para el resto de la vida de uno, bien marcado, es el tema del libro, que no es otro que el modo en que opera el estalinismo en un estado de tal guisa. Es que kundera conoció en carne propia el estalinismo en versión checa.

“La broma” no es la mejor obra de su género, el de retrato de las atrocidades cometidas en nombre de regímenes totalitarios –hay un buen puñado de ellas y, sin embargo, todavía quedan en el mundo proyectos de tipo totalitarista gozando de buena (o, al menos, regular) salud-, pero su punto de partida, al que hace referencia el título, la diferencia de sus similares, que optan por tópicos más convencionales, si por convencional podemos entender al propio tirano como protagonista. En el texto no aparece el tirano como tal –el Jefazo, diríamos- sino las manifestaciones perversas del sistema que lo sostiene. Y toda la bola de cabrones que hacen que esto sea posible, por supuesto.

El hecho es que, justamente, un comentario en tono jocoso, desata una serie de reacciones que harán “caer en desgracia” al joven Ludvik, estudiante y militante orgánico del partido de Estado, que se convierte en víctima del aparato de inteligencia del mismo acusado de desviacionismo ideológico. No hay lugar ni para los chistes en un sistema que abomina la libertad de expresión.

A Platón, las manifestaciones de humor, y la risa correspondiente, no le hacían mucha gracia pues las consideraba “conspirativas”. A diferencia de éste, Aristóteles les otorga un tratamiento amable en tanto atributo exclusivamente humano. Pero no faltan en este mundo quienes quisieran borrarla de los rostros ciudadanos, sobre todo cuando el objeto de risa, acompañada de mofa muy expresiva, es el poderoso de turno. Convengamos en que para provocar una risotada debe haber un hazmerreir al frente.

Durante años me la pasé, como medio mundo, burlándome por escrito, para que conste, de las burreras que salían de la boquita de George W. Bush. El tipo nos tapó la boca haciéndose reelegir –entonces uno piensa que a la mayoría le gustaba un ignorante como Jefe-. Lo remarcable, sin embargo, es que, ni en su propio país, el señor Bush amenazaba con descalificar a quienes gozaban a costa suya. En cualquier caso, mejor que anden dándole a la mandíbula a que abunden los “impeachments”, podría ser el razonamiento por el menor de los males. Bush soportó, sin que se le moviera un pelo, la risotada generalizada ante sus metidas de pata.

Vengo pensando en todo esto a raíz del gesto estudiadamente adusto que puso el presidente da la Cámara de Diputados para advertir que mejor ni se nos ocurra divertirnos con los chascarrillos que nos regala S.E. cada vez que abre la boca. El estalinismo platónico se abre paso sin disimulo.

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