Tenía pensado el contenido
de esta columna con anterioridad al escándalo “Beller-Cerimedo” suscitado
recientemente. Si independientemente de éste ya tenía motivos para referirme al
curso que ha tomado el devenir gubernamental, con su irrupción en escena, es
imposible soslayarlo, máxime si se suma a otros hechos observables en las
proximidades de cumplirse un año de la gestión del presidente Rodrigo Paz
Pereira.
Comenzaré,
incidentalmente, refiriéndome al hecho que, en mi criterio, derivó de un asunto
de faldas a una mezcla de intento de crimen pasional con interés político.
Es un secreto a voces que
día a día numerosos triángulos amorosos estén lidiando sus entuertos entre
bambalinas, aunque algunos sujetos cercanos a alguno de los involucrados
conozcan detalles escabrosos de tales relaciones. Mientras no pasen a mayores
-amenazas, violencia explícita o, como en el caso en cuestión, hechos de
sangre- estos sucesos permanecen en la esfera de lo privado, no pasan del
entorno más próximo a sus protagonistas.
Mientras mantuvieron en
relativa reserva su relación -en el sentido de que no la exponían públicamente-
no fue un tema de atención mediática. Al ser sus actores parte de la farándula
política -la única farándula real en Bolivia- ciertos detalles de sus cuitas
amorosas hubiesen trascendido antes de que ocurriese la acometida penal que nos
ocupa. Porque ambos sujetos de este intríngulis son, evidentemente, figuras al
menos “controversiales” de la política en general y de la local, más la dama
que el caballero, en particular.
Mi punto es que, más allá
de las dudas razonables que rondan la escena del “tiroteo”, si la víctima
conocía, sin ser partícipe, los hechos que originan las graves acusaciones que
ha vertido señalando a varios jerarcas, incluyendo sus parentelas, ¿por qué no
los reveló en su momento? Al hacerlo como consecuencia de su actual situación
se autoincrimina como encubridora. Y si fue partícipe, como cómplice. Para
exponerse de esta manera podría considerarse que mucho de lo que asevera tiene base
real. Pero también hay elementos que no cuadran en sus actos.
Y lo suyo, señor
Presidente, no cuadra -este debería haber sido el comienzo de la columna de no
haber sucedido el “Bellergate”, una raya más al tigre, se diría-
Es cierto que
acontecimientos extrínsecos no tendrían porqué ser cargados a la
responsabilidad de un mandatario: a pocos días de la asunción del flamante
presidente de Colombia, sobrevino un terremoto de colosales dimensiones. Solo a
una mente enfermiza podría ocurrírsele que tal fenómeno sísmico fuera causado
por una decisión del Ejecutivo. Pero lo que sigue a la desgracia natural es la
gestión de la reconstrucción y si esta no tiene efectividad o, peor aún, es
aprovechada para, por ejemplo, desviar recursos destinados a paliar el siniestro,
el Gobierno será, indefectiblemente, señalado como responsable del terremoto,
en sentido ampliado. Eso ha sucedido con casos como el de la gasolina
desestabilizada, el del desabastecimiento de carburantes, el de las maletas, el
del oro con destino a Dubai que casi burla los controles, o inclusive el del
avión siniestrado y los billetes serie “B” etc. Probablemente no hayan sido
cometidos por personal gubernamental, pero las erráticas cuanto contradictorias
“explicaciones” sobre los mismos generan la sensación de, al menos, nexos con
sus autores conocidos, la mayor parte en libertad o tramitándola (acá entra el
tema de la justicia que da para otra columna más, aparte de las que yo mismo he
escrito y las cientas que otros colegas han publicado).
Pero también están los
acontecimientos intrínsecos: hechos de corrupción originados dentro de la
administración estatal, incluidas las empresas públicas, las designaciones
cuestionables, el inexistente cuerpo diplomático, el ninguneo a los partidos
-que genera susceptibilidad por lo que podría entenderse como transfugios-, las
inconsistencias en el discurso (caso comandante de la Policía y ministro de
Gobierno sobre la (no)aprehensión de Morales Ayma), las muestras de
autocomplacencia, cuando no llunkerío puro (“Condor de las Andes”,
declaratorias de linajes). No cuadra, Presidente.
Los mantras (frases
repetidas ad infinitum), “Bolivia, Bolivia, Bolivia”, “Bolivia al mundo; el
mundo a Bolivia”, “Estado tranca”, etc. funcionan en tiempos electorales. En el
ejercicio de la gestión lo que cuenta son los actos. Y lo que se ve, se anota.
.jpg)



No hay comentarios:
Publicar un comentario