jueves, 20 de agosto de 2026

No cuadra, Presidente

 


Tenía pensado el contenido de esta columna con anterioridad al escándalo “Beller-Cerimedo” suscitado recientemente. Si independientemente de éste ya tenía motivos para referirme al curso que ha tomado el devenir gubernamental, con su irrupción en escena, es imposible soslayarlo, máxime si se suma a otros hechos observables en las proximidades de cumplirse un año de la gestión del presidente Rodrigo Paz Pereira.

Comenzaré, incidentalmente, refiriéndome al hecho que, en mi criterio, derivó de un asunto de faldas a una mezcla de intento de crimen pasional con interés político.

Es un secreto a voces que día a día numerosos triángulos amorosos estén lidiando sus entuertos entre bambalinas, aunque algunos sujetos cercanos a alguno de los involucrados conozcan detalles escabrosos de tales relaciones. Mientras no pasen a mayores -amenazas, violencia explícita o, como en el caso en cuestión, hechos de sangre- estos sucesos permanecen en la esfera de lo privado, no pasan del entorno más próximo a sus protagonistas.

Mientras mantuvieron en relativa reserva su relación -en el sentido de que no la exponían públicamente- no fue un tema de atención mediática. Al ser sus actores parte de la farándula política -la única farándula real en Bolivia- ciertos detalles de sus cuitas amorosas hubiesen trascendido antes de que ocurriese la acometida penal que nos ocupa. Porque ambos sujetos de este intríngulis son, evidentemente, figuras al menos “controversiales” de la política en general y de la local, más la dama que el caballero, en particular.

Mi punto es que, más allá de las dudas razonables que rondan la escena del “tiroteo”, si la víctima conocía, sin ser partícipe, los hechos que originan las graves acusaciones que ha vertido señalando a varios jerarcas, incluyendo sus parentelas, ¿por qué no los reveló en su momento? Al hacerlo como consecuencia de su actual situación se autoincrimina como encubridora. Y si fue partícipe, como cómplice. Para exponerse de esta manera podría considerarse que mucho de lo que asevera tiene base real. Pero también hay elementos que no cuadran en sus actos.

Y lo suyo, señor Presidente, no cuadra -este debería haber sido el comienzo de la columna de no haber sucedido el “Bellergate”, una raya más al tigre, se diría-

Es cierto que acontecimientos extrínsecos no tendrían porqué ser cargados a la responsabilidad de un mandatario: a pocos días de la asunción del flamante presidente de Colombia, sobrevino un terremoto de colosales dimensiones. Solo a una mente enfermiza podría ocurrírsele que tal fenómeno sísmico fuera causado por una decisión del Ejecutivo. Pero lo que sigue a la desgracia natural es la gestión de la reconstrucción y si esta no tiene efectividad o, peor aún, es aprovechada para, por ejemplo, desviar recursos destinados a paliar el siniestro, el Gobierno será, indefectiblemente, señalado como responsable del terremoto, en sentido ampliado. Eso ha sucedido con casos como el de la gasolina desestabilizada, el del desabastecimiento de carburantes, el de las maletas, el del oro con destino a Dubai que casi burla los controles, o inclusive el del avión siniestrado y los billetes serie “B” etc. Probablemente no hayan sido cometidos por personal gubernamental, pero las erráticas cuanto contradictorias “explicaciones” sobre los mismos generan la sensación de, al menos, nexos con sus autores conocidos, la mayor parte en libertad o tramitándola (acá entra el tema de la justicia que da para otra columna más, aparte de las que yo mismo he escrito y las cientas que otros colegas han publicado).

Pero también están los acontecimientos intrínsecos: hechos de corrupción originados dentro de la administración estatal, incluidas las empresas públicas, las designaciones cuestionables, el inexistente cuerpo diplomático, el ninguneo a los partidos -que genera susceptibilidad por lo que podría entenderse como transfugios-, las inconsistencias en el discurso (caso comandante de la Policía y ministro de Gobierno sobre la (no)aprehensión de Morales Ayma), las muestras de autocomplacencia, cuando no llunkerío puro (“Condor de las Andes”, declaratorias de linajes). No cuadra, Presidente.

Los mantras (frases repetidas ad infinitum), “Bolivia, Bolivia, Bolivia”, “Bolivia al mundo; el mundo a Bolivia”, “Estado tranca”, etc. funcionan en tiempos electorales. En el ejercicio de la gestión lo que cuenta son los actos. Y lo que se ve, se anota.

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