Estuve meditando acerca
del “timing”, término anglo que no tiene una traducción en una sola palabra en
castellano, por eso decimos “taiming” y suponemos que hablamos de lo mismo:
control y administración del tiempo. Pero la idea, pienso, va más allá de solo
eso. Creo que implica la noción misma de tiempo, a su percepción, a su
relatividad.
Durante la crisis de los
50 -me refiero a días, no a años, aunque quienes estuvieron en medio del conflicto
lo hayan sentido como tales- se entrecruzaron tres timings: el de los
golpistas, un variopinto conglomerado de pintorescos personajes al servicio de
Evo Morales; el del Gobierno, apegado a su legitimidad electoral; y el de la
ciudadanía, maniatada por ambos flancos.
Para los primeros, la
peregrina idea de exigir la renuncia del Presidente tuvo 48 horas tan elásticas
que se estiraron -y éstos no tenían problema, mientras fluyeran recursos, en
alargarlas hasta que florezca el chuño-.
Para los gobernantes, un
juego de nervios y de cálculo para ir desgastando la intentona de asonada sin
causar bajas en las filas subversivas que, como se sabe, es el expediente al
que recurren los “movimientos sociales” para victimizarse y justificar sus
propios delitos, atentados y bloqueos criminales. El “ritual de sangre”, del
que hablaba Quintana. El Gobierno apostó a que los golpistas cayeran en sus
propias contradicciones, ante la impaciencia de la población que le pedía
acciones directas. Cuando el golpe implosionó apretó el botón del estado de
excepción, ratificado por el Legislativo por amplia mayoría -dato no menor-. En
el camino, se dieron injustos fallecimientos producto de la falta de humanidad
de los delincuentes que tomaron las vías y el Ejecutivo tuvo una crisis de
gabinete. El reemplazo en el ministerio de Defensa fue determinante para
encaminar la salida, incruenta, hacia la liberación del país.
En cuanto a la ciudadanía
-trabajadores con conciencia, gremialistas, transportistas, empresarios, estudiantes…-
cada día de asedio equivalió a una semana en términos de su trabajo, de su
bienestar emocional y de su economía en general. De hecho, a muchas empresas y
emprendimientos individuales, debido al daño causado durante los 50 días les
tomará no menos de un año recuperarse y retomar la senda del crecimiento. Otros
no tendrán esa “suerte”, puesto que la mafia inmisericorde acabó con sueños y
vidas promisorias.
Una de las mejores
caracterizaciones del timing que he escuchado no proviene de un
filósofo, en lo conceptual, ni de un administrador, en lo operativo, sino de un
tiktoker (un tic tacker, diría). “Una gran virtud es esperar; esperar el
momento adecuado. Una vez que tienes todo estructurado en tu cabeza, saber
perfectamente cómo lo vas a ejecutar; pero esperar al momento adecuado es
difícil. Solo se aprende con los años. La diferencia entre el éxito y el
fracaso muchas veces depende exclusivamente del timing”.
Por delante, queda la
reconstrucción sobre los escombros dejados por el narcoterrorismo. Pero que nadie
se confunda, la estoica resistencia de los bolivianos no debe ser interpretada
como un respaldo explícito al Presidente y a sus colaboradores; es una pulsión
democrática a toda prueba. El Gobierno debe sopesar lo actuado y activar el
cumplimiento de la ley.
Se avecina el momento de
la aprobación de diez leyes que configurarán el nuevo ciclo de administración
estatal. No se puede permitir que los restos que quedaron del grupículo
insurrecto se rearticulen para torpedearlas.
Ahora
debemos ingresar en estado de gracia (periodo
excepcional de inspiración, paz, creatividad o fluidez donde todo parece salir
bien y sin aparente esfuerzo). Nos lo merecemos.




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