El Papa está caliente,
serenamente caliente, y con justa razón. Los dichos y acciones del señor Donald
Trump, presidente de Estados Unidos, han rebasado todo límite de la sensatez y,
me animo a agregar, del buen gusto -a decir verdad, el magnate en función
gubernamental es uno de los mayores exponentes del mal gusto).
Para quien juzga
dicotómicamente, al emitir una crítica dirigida a Trump, quien la manifiesta
es, mecánicamente, colocado como pro régimen iraní (o pro-Hamas, o pro-Maduro…)
y fin de la discusión… hasta el buen León queda como terrorista.
Rebasar todo límite, así
sea simbólicamente, pero demencialmente a la vez, es difundir por tu red
personal o institucional -que lo hagan tus fans, tus cortesanos o tus
marqueteros no es lo mismo- una postal en la que el del penacho rojizo
reemplaza al nazareno es, cuando menos, una vileza. ¿Les parecerá eso aceptable
a los grupos religiosos que ensalzan la figura humana del republicano? ¿No les
incomoda, al menos, su deificación (suplantación)? Tengo la impresión de que
muchos de ellos son corresponsables de tal impostura. La lucha contra una
teocracia (uno de los pretextos de la guerra, junto con la de evitar la
expansión nuclear iraní, aunque el verdadero móvil es el económico) no puede
ser resuelta con la instalación de otra, personificada por Donald.
Otra trasposición de
límites, más terrenal, fue la amenaza trumpista de hacer desaparecer toda la
civilización persa en cuestión de horas. Una disputa geopolítica, en la
actualidad, no debe incluir semejantes despropósito: hay una población civil,
que incluye aquella que, justamente, lucha contra la dictadura teocrática y se
supone que algo de afinidad tiene con occidente que, de cumplirse los
improperios trumpistas, desaparecería junto al resto de los habitantes de la
región; pero al mismo tiempo desnuda el verdadero interés del orate
estadounidense: le importa un bledo el asunto político interno de Irán, lo de
la proliferación nuclear es un buen pretexto, pero el botín es otro. Pregunto.
¿Eso me coloca del lado de “los malos”? En absoluto. Me (nos) coloca del lado
de la conciencia y de la paz.
El Papa ha reaccionado en
tal sentido -no soy, en modo alguno, más papista que el Papa- poniendo los
puntos sobre las íes. Y no es para menos: la locura desatada por el Presidente
de Estados Unidos que, al igual que el de Rusia con respecto a Ucrania,
prometía liquidar la guerra en 48 horas, debe tener un contrapeso de sensatez.
Trump se ha encontrado con la horma de su zapato, y esto le va a pasar factura
-tanto interna como externa-. El Jefe de Gobierno del Reino de España -otro no
sospechoso de papista- ya ponderó la actitud papal y anunció la más cordial
bienvenida cuando próximamente León visite los alrededores de Castilla y León.
Por lo pronto, el del tupé
ha retirado la grosera imagen, con un argumento pueril, pero ya cometió
blasfemia.
Tengo la impresión de que
las admoniciones del pontífice tendrán un efecto importante en el decurso de
los conflictos promovidos por Trump; no por voluntad de éste, sino por la
adhesión mayoritaria de la comunidad global al llamado pacifista del Vaticano.
Hay un Papa caliente.




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