Se aproxima el emblemático
hito de los 100 días, tiempo que generalmente se da el gobierno y se le da al
gobierno para plantar los cimientos que deberán sostener el resto de su
mandato.
Amén de unos cuantos
sobresaltos -la pulseta con la COB, el contrabando de GLP y el aún vigente caso
“maletas”, principalmente- la gestión ha puesto su sello y las señales -más que
hechos concretos propiamente dichos- parecen deparar mejores días para Bolivia;
reconozco, por supuesto, la acción “heroica” de haber quitado la subvención a
los carburantes.
Es en la propia sociedad
donde la sensación, con toda la carga de subjetividad que esto implica, de
relativo optimismo se ha instalado fuertemente. Esto tiene su lado bueno en
tanto construya confianza, que podría generar inversión y productividad
impulsadas por el mercado, mientras el Estado implementa las condiciones
(infraestructura, políticas educativas, leyes de incentivos, seguridad
jurídica, etc.) para que ello suceda. Algunos indicadores han comenzado a
mostrar que la tendencia negativa se está revirtiendo. Pero también, en la
medida en que la gestión no consiga enrumbar dicho capital de credibilidad, las
ahora en la sombra huestes retrógradas comenzarán a producir conflictos.
Me permito, ya ingresando
al ”post 100”, sugerirle al Presidente que vaya dejando de lado las muletillas
a las que nos tiene acostumbrados. Ya se entendió la idea y ya no suena bien
machacar con esas frases.
Dicho en breve, el
gobierno de Paz Pereira ha superado con relativa holgura la prueba. Esa siembra
debe fructificar.
Hasta aquí, lo central, lo
serio. Lo anecdótico, sin embargo, ha ocupado más espacio que el que merecería
y así ha sucedido porque quien, haciendo de la autodegradación un deporte, se
ha ocupado de ello es el propio vicepresidente, el inefable Edmand Lara.
Si bien su predicamento
lamentoso y ridículo incorpora ruido al espacio público, no ha incidido
mayormente en el curso de las acciones del Ejecutivo. Hacen bien el Presidente
y sus colaboradores en ignorar las groseras provocaciones de dicho sujeto. Caer
en el juego del “capitán” sería empeñar el Gobierno a sus delirios.
Como reza el título, lo
suyo es una “novelara”, la suya en compañía de su pareja marital, muy
defectuosa, a la que no le faltan elementos de melodrama -desmayos, llantos,
infidelidades, rabietas, amenazas, arrepentimientos, delirios de persecución, disfraces
de variados personajes, mal gusto, despistes, etc.- En algún sentido, el
brulote es un éxito. El individuo baila en la boca de medio mundo; inclusive ha
dado un giro “for export” para solaz de los televidentes peruanos.
Si la idea es que hablen
de uno, así sea para que ser ridiculizado, Lara lo está haciendo de maravilla. Por
lo demás, ya en términos de política, el berrinche le está causando el proceso
más rápido de autodestrucción, hecho certificado por una encuesta que sitúa en
un nivel ínfimo la aprobación ciudadana a su figura.
Así las cosas, reducidos a
la anodinia, el individuo y su pareja seguirán en plan circense mientras en el
plano de la gran política y de la economía, las decisiones que importan
seguirán, esperamos, sosteniendo el vaso medio lleno.




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