miércoles, 10 de mayo de 2017

10 familias



Palabras claves: corrupción, nepotismo, patrimonialismo, oligarquía.

Al observar la desfachatez con la que el régimen asume sus fechorías, no puedo menos que preguntarme si su podredumbre la llevaba ya en el origen de su ser político -antes aún de acceder al Gobierno- o es el resultado de su prolongado ejercicio del poder –pérdida progresiva de la vergüenza y de las formas-.

Estoy comenzando a inclinarme por la primera opción, en el entendido de que si no lo llevas en los genes políticos, difícilmente has de caer en tanta abyección. Buen esfuerzo ha debido significar para el régimen aguantarse un tiempo de simulación de ciertas formas para, al cabo de unos años, mostrarse tal como son: una pandilla        de aventureros que, en nombre de los postergados, se sostiene sobre la base de una generosa repartija de canonjías, a modo de prebendas.

Aunque, de forma genérica, la mayoría de los vicios desarrollados en el ejercicio del poder tienen relación con la corrupción, cada una de sus manifestaciones tiene particularidades “operativas” que las diferencian de otras.

Weber introdujo el concepto de “patrimonialismo” para referirse al hecho de disponer de los bienes públicos –por parte de quienes ejercer el poder- cual si se tratase de su propiedad privada; entre otras cosas, la discrecionalidad en la otorgación de puestos burocráticos a sus allegados –no necesariamente familiares- para la captura, con carácter de beneficio privado, de espacios públicos. La “nomenclatura” gobernante se apropia, discrecionalmente, de aquello –erario público incluido- que, en derecho, es de administración transitoria mientras dure el mandato que la sociedad le confiara. Tiempos demasiado prolongados en el usufructo del poder estimulan la inclinación hacia en patrimonialismo al extremo de que quienes lo practican comienzan a actuar como dueños del Estado. Por ello, uno de los  principios esenciales de la democracia es la alternancia.

Paralelamente al patrimonialismo, la oligarquización, tendente a una extendida permanencia –atornillarse- en la “poderósfera”, consistente en el establecimiento de un puñado de grupos –corporativos, familiares, económicos- con el fin, precisamente, de reproducir el poder. Los intereses de dicho(s) grupo(s) pasan a sobreponerse al interés colectivo.

El nepotismo, apenas una manera –no las más perniciosa- de generar patrimonialismo y oligarquización (mediante redes familiares) es, sin embargo, la más evidente, dada la recurrencia de ciertos patronímicos en la administración pública. Que, técnicamente, se trate de la coincidencia de miembros de la misma familia en una institución, no tiene mayor significación cuando, por admisión o por denuncia, el aparato estatal está capturado por un puñado de familias.

La información al uso nos da cuenta de diez familias –yo creo que no están todas las que son, ni son todas las que están-. Malpensando, advierto la omisión de las dos “familias reales”, potenciales dinastías –está por verse- que asumen el Estado para sí mismas.

El sólo hecho de que se detecten clanes operando al interior del régimen da cuenta de su carácter arbitrario, ocupado, antes que del interés colectivo, del particular (extensible al de corporaciones y ciertos agentes económicos afines al régimen) y determinado a conservar sus privilegios “colocando”, de manera estratégica, a sus consanguíneos en espacios de influencia distribuidos en los poderes del Estado.


El proyecto de poder encarnado por el régimen no es otro que el del poder en sí mismo, para su propio beneficio y para condenar  a quienes no comulgan con él. A los hechos me remito.

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