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jueves, 2 de octubre de 2025

¡Suéltame, pasado!




 Cada vez que nos internamos en las redes –en internet, en general– dejamos un rastro denominado “huella digital”. Solo por observar (acceso pasivo) ya podemos ser “rastreados” y tales visitas pueden ser expresadas en “metadatos”: día, hora, tiempo de permanencia, sitios frecuentados, código del equipo utilizado, etcétera.

Si tal cosa ocurre en tal modo de uso, es obvio que al participar activamente –reacciones, comentarios, respuestas, compartidos, adjuntos, “estados”, actividades varias, etcétera– esa huella se hace más clara y quien se lo proponga puede, con relativa facilidad, elaborar un registro diacrónico de nuestros pasos, los malos, inclusive, por el ciberespacio.

Si nuestras intervenciones fueron borradas, si las páginas desaparecieron, si sufrieron censura, la búsqueda se complejiza, pero quien maneje herramientas para hacer de detective digital conseguirá llegar, si se lo propusiera, hasta el punto de origen de nuestras publicaciones.

En realidad, nunca desaparecen. Por ello, es buena idea que, antes de dejar esa huella imborrable estemos completamente seguros de que no nos iremos a arrepentir de haberlo hecho. ¡Claro!, es difícil pensar que dentro de 15 o 20 años tales huellas nos vayas a jugar en contra.

Todo esto viene a cuento –usted ya lo habrá inferido– por el caso que ha puesto en aprietos a la candidatura de Jorge Quiroga Ramírez: el hallazgo de mensajes de carácter racista con consignas explícitas respecto a lo que tendría que hacerse, de acuerdo a quien las puso, con personas naturales de una región del país.

Ciertamente, quien lo reveló tuvo toda la intención –intencionalidad– de encontrar el pelo en la sopa del acompañante de Quiroga. ¡Y lo encontró! Es obvio que se tomó el tiempo y los recursos necesarios para llegar a su objetivo: desportillar la imagen de la dupla; lo que no impide sorprenderse, como lo han hecho muchos, ante el contenido del par de frases vertidas desde la cuenta de “X” por el titular de la misma, cuando esta red se llamaba “Twitter”, hace unos 10 años.

Por aquella época, el señor –el joven– Juan Pablo Velasco ni en sus sueños más húmedos se habría imaginado que llegaría a ser candidato a la Vicepresidencia. Y, como se sabe, en tal instancia, la vida –tanto pública como privada– es sometida a escrutinio.

Las dos verificadoras que se ocupan de detectar la veracidad, la falsedad e incluso la “engañidad” de la información que circula sobre todo en las redes han emitido, independientemente, el criterio de autenticidad del caso. Que la cuenta registrada, además, ante el TSE, haya sido borrada no hace más que reforzar la idea de que ciertamente su titular fue puesto en evidencia.

Créame que para escribir esta columna he esperado hasta el límite en que puedo remitirla al medio que la acoge un pronunciamiento oficial, un documento membretado, una conferencia de prensa expresamente convocada para este asunto. Nada de ello, hasta el momento –y ya ha pasado una semana– ha ocurrido.

Lo que sí ha sucedido han sido declaraciones aisladas que solo pretenden zafar del tema y una fuerte campaña de desprestigio a las verificadoras y de explicaciones de un procedimiento que, así lo aseguran, echa por tierra lo que se conoce formalmente. Si así fuera, ¿por qué la Alianza Libre no emite, al menos, un comunicado oficial?

Por lo pronto, tengo la impresión de que el aludido está, como lo dirían Les Luthiers, en modo “¡Suéltame, pasado!”.

miércoles, 20 de agosto de 2025

Del "cambio" al recambio

 


Como boliviano y demócrata me congratulo y congratulo a la ciudadanía y a parte de las autoridades electorales por el hito alcanzando el domingo 17. La luz venció a las sombras, tanto en la propia realización del hecho electoral como, en conjunto, por los resultados que emergieron de las urnas.

Justamente por ello, me encuentro en el dilema de escoger uno de dos grandes temas que me llaman para convertirlos en columna. Lo que he decidido es abordar el inmediato (el que se revela a partir de los resultados) y posponer el mediato (algunas observaciones a ciertos procedimientos y actitudes que se dieron durante el proceso).

Como tocada por el Hado propicio, Bolivia recupera la senda democrática que había sido prácticamente borrada por el régimen que, aupado, paradójicamente, gracias a la generosidad de la propia democracia, hace 20 años, se ocupó de socavarla sin miramientos. Ya no cabe -lo hemos venido haciendo sostenidamente- abundar en detalles sobre dicho atentado perpetrado bajo el alar del “cambio”, muletilla de la que sus ideólogos se colgaron.

Solo a efectos de contraponer lo que viene de lo que fue, podríamos decir que se aproxima el recambio -o, mejor, el re-cambio- y esta sola enunciación me (nos) ilusiona.

La conformación del nuevo Poder Legislativo ya prefigura un relativamente sólido muro de contención a cualquier intento de retorno del “ancien régime” (¡Qué ganas de decir esto que tenía!). Esto no quiere decir, en modo alguno, que se diluyan las diferencias político-programáticas de las expresiones partidarias que lo compondrán. No obstante, en decisiones de gran importancia para la el país deberán llagar a consensos, pactos, que las viabilicen.

Hay medidas, acuerdos, que no deberían generar mayor discrepancia al interior de Parlamento (me gusta llamarlo así); algunos en el cortísimo plazo, otros, en el mediano. Esta agenda de crisis debería considerar compromisos como los siguientes:

Carreteras expeditas 365 día al año. Está comprobado que no hay mayor daño autoinfligido al movimiento económico interno que el causan los bloqueos a nuestras carreteras -además de ser uno de los factores que ha determinado la cuasi exclusión de Bolivia del corredor bioceánico-. El Parlamento debería emitir una ley-express al respecto facultando al Ejecutivo la prevención y, en su caso, la intervención pronta ante cualquier apresto de bloqueo carretero.

Aunque corresponde al titular del Ejecutivo, gane quien gane, éste deberá manifestar, en lo posible de manera notariada, su voluntad de no postular a la reelección. De esa manera, las acciones o proyectos de ley que la Presidencia remita al Congreso no generarán resistencia ante sospechas de “medidas reeleccionistas”. Por su parte, para ratificar dicha voluntad, deberá comenzar el trabajo para la convocatoria a Constituyente con ese y otros importantes motivos. Mi pregunta-provocación es ¿Puede la Constituyente, a tiempo de cumplir su misión, proponer su propia disolución para que, a futuro, las reformas constitucionales, sobre todo la reforma total, sean menos pesadas?

De inmediato, iniciar acciones para la elección de los nuevos miembros del Tribunal Electoral, de tal manera que vuelva a ser la referencia de confianza y transparencia que alguna vez tuvo la Corte Nacional Electoral. Esto es, que esté conformado, en su totalidad, por ciudadanos probos, evitando, por ejemplo, las “tahuichis”.

En la misma dirección institucionalizadora, debería, a la brevedad posible, encarar el proceso de elección-selección-designación congresal de las máximas autoridades en instituciones y empresas públicas -prácticamente, estos 20 años han sido interinas y políticamente nombradas-: Contraloría, YPFB, INE, ASFI…

Bienvenidos de nuevo, República, Democracia y Estado de Derecho.

jueves, 24 de julio de 2025

Disponibilidad social, la llave para la transformación

 





A veces, la historia avanza no porque haya grandes consensos, sino porque se agota la paciencia. Y Bolivia, tras casi dos décadas de hegemonía azul, parece haber llegado a ese punto. No estamos ante un simple proceso electoral, sino ante el probable desenlace de un largo ciclo de poder que —como todo ciclo prolongado— termina más por desgaste que por mérito ajeno. El MAS, en todas sus versiones, ha entrado en la zona crepuscular. Y el país, lejos de temer el cambio, parece desearlo con una intensidad contenida.

Curiosamente, este contexto abre una ventana inesperada. Hay momentos en que reformas estructurales —largamente postergadas, difíciles de explicar o de digerir— encuentran un terreno más fértil no porque la gente las entienda mejor, sino porque las quiere más. Y las quiere porque, simplemente, ya no soporta más de lo mismo.

En otras palabras: se abre una rara oportunidad. Lo que hace diez años habría provocado bloqueos, paros y violencia explícita, hoy podría contar con una inusual disponibilidad social. No es una cuestión de convencimiento técnico, sino de hartazgo político.

¿Privatizar empresas deficitarias? ¿Reestructurar el aparato estatal? ¿Revisar la Ley de Pensiones? ¿Despolitizar la justicia? Todas esas propuestas, impensables bajo un gobierno masista —más por dogma que por análisis— podrían hoy encontrar eco incluso entre sectores populares. Porque cuando el péndulo político finalmente se detiene, el país no solo gira de color: también cambia de humor.

Pero cuidado: esta apertura no será indefinida. Es un instante fugaz, un parpadeo de la historia. Si el próximo gobierno —posiblemente salido de la actual oposición— no actúa con inteligencia y rapidez, ese capital simbólico se diluirá como tantas veces ha pasado. No basta con que el MAS se vaya; hace falta que el nuevo proyecto convenza y enamore. Y que lo haga no con retórica grandilocuente, sino con reformas concretas, visibles y sostenibles.

Es cierto: no hay mandato más difícil que gobernar después de un ciclo largo de abuso del poder en todo sentido. La esperanza es tan grande como la desconfianza. Pero también es cierto que pocas veces hay tanto espa




cio para mover las placas tectónicas del país sin provocar terremotos sociales -roguemos porque sea así-. Bolivia no está simplemente en puertas de una elección. Está en una etapa de “reseteo” emocional. Y eso —si se lo entiende bien— puede ser la llave para transformar, no solo administrar.

No se trata de venganza ni de revancha. Se trata de reconstrucción. Y para eso, la nueva dirigencia necesitará algo más que programas: necesitará coraje, imaginación y una lectura aguda del momento. Porque la ciudadanía, cuando se cansa de unos, también otorga a otros licencias breves, intensas e irrepetibles para cambiar las cosas en serio.

Así estamos. Al borde de una transición que, si se la asume con claridad, puede ser más que un cambio de nombres. Puede ser —por fin— el comienzo de un país distinto. Uno donde los grandes cambios ya no dependan del aplauso callejero, sino de la convicción colectiva de que seguir igual es lo único inaceptable.

jueves, 12 de junio de 2025

Figuras sin definir (signos)

 




A diferencia de las elecciones post-2005 caracterizadas por una cerrada manipulación de los órganos del estado en favor del MAS, que permitieron que el señor Morales violara la Constitución a su gusto -ya en 2013, el TCP borró del mapa una gestión del susodicho para habilitarse a un nuevo mandato, y luego, el mismo ente, desconociendo el referéndum del 21 de febrero de 2016, volvió a habilitarlo, arguyendo un inventado derecho humano a la reelección indefinida-, las corrientes se presentan un poco más abiertas, gracias, en buena parte, a la fragmentación del propio MAS.

Si bien la figura de Morales Ayma se resiste, criminalmente inclusive, a cumplir los recurrentes, a escala nacional e internacional, fallos que dejan claramente establecida su inhabilitación, no es la que domina el escenario, salvo por el uso que hace de minorías eficaces para convulsionar al país.

También ocurrió que consecutivamente hubo un candidato de la oposición que impidió, al dispersar el voto, que otro mejor perfilado, llegara al menos a la segunda vuelta. Con esa lección, en 2019, el electorado concentró su voto en Mesa, pero el fraude montado por el régimen se interpuso en un probable triunfo de éste si se avanzaba al “balotage”. Luego, producto del desencanto con el gobierno de transición, la ciudadanía le regaló al MAS el actual periodo. Muy tarde para arrepentimientos.

Estamos, una vez más ante la posibilidad de que Bolivia se desembarace del régimen masista. He ahí la gran responsabilidad que la sociedad tiene en sus manos.

Entretanto, permítanme abordar un asunto marginal que va a pasar a formar parte de las agrias anécdotas de este proceso electoral, asunto que, en lo particular, o no lo había notado, o no lo hubo antes: el surgimiento de sujetos, por así decirlo, “pintorescos” que le han dado un toque bizarro al momento electoral que vivimos.

A la primera figura sin definir, como dice la canción de Soda Stereo, la podríamos caracterizar en la de la persona que le calienta el asiento – la cama, alternativamente- para para que ésta la ocupe una vez resueltas las trabas que le impiden hacerlo, digamos la certificación de solvencia. También podríamos llamarla “El candidato fantasma”, lo que le da un aura de misterio. Nunca hizo una aparición pública, pero, a objeto de registrarse como candidato a la Presidencia, cumplió con todos los requisitos para ello. Me pregunto qué siente este buen hombre al jugar tan curioso papel.

La segunda figura es la del personaje que, hecho un mar de lágrimas, comenzó a vociferar y a actuar contra gil y mil. Este individuo se convirtió en el terror de las siglas, amenazando a casi todas con borrarlas del espectro político. Protagonismo enfermizo o desubicación descomunal, el caso es que al exponerse tan ampliamente, salieron a la luz detalles curiosos de su personalidad -líos de faldas y una larga estadía estudiantil en la UAGRM-, lo que parece haber morigerado su comportamiento.

De yapa, tenemos a la dama que, como dueña de una sigla, se dio a la tarea de ofrecerla a cuanto paisano con ganas de candidatear se le asomara. ¡Hasta que, aparentemente, se sacó la lotería!

Ante la carencia de opciones, la sigla “casó” con el cocalero a quien años atrás había tildado de “asesino” y pasó de ello a defenderlo con uñas y, sobre todo, dientes, profiriendo amenazas de gran calibre haciéndole coro a su nuevo jefazo.

El podio del absurdo está ocupado por los tres. Signos.

miércoles, 14 de mayo de 2025

Estragos ocasionados por el "fuego amigo"

 




Auspiciosas. Así se veían las perspectivas para este año, cuando, a finales del pasado, se anunciaba la construcción de un bloque de unidad a partir de un acuerdo entre líderes que habían manifestado su intención de terciar individualmente en las elecciones generales a celebrarse el 17 de agosto. No solo eso: invitaban también a otros a sumarse al esfuerzo de unidad.

Demasiado bueno para ser cierto, y aunque hubo gestos de auténtico compromiso con el bien mayor -renuncias que parecían potenciar el proyecto- el ambiente interno comenzó a enrarecerse.

La forma de zanjar la elección del “número uno”, aunque poco ortodoxa, al gozar del consentimiento general lucía como un recurso idóneo: tres encuestas reservadas, bajo el compromiso de no difusión de las mismas y una vez conocidos los resultados, la designación de candidato de unidad, decisión que a esas alturas se había reducido a dos participantes, quienes ya habían comenzado lanzarse dardos públicamente.

En la antesala de darse a conocer el nombre del favorecido -aunque persisten dudas de si realmente hubo encuesta, dado el secretismo del proceso, cosa que al momento carece de importancia por lo que ocurrió ese instante- sucedieron dos hechos: Una encuesta pública -la de red Uno- mostraba a Doria Medina ligeramente por encima de Quiroga, lo que puso nerviosos a los asesores de éste y, casi simultáneamente, el TSE emitía la normativa para la realización y difusión de encuestas.

Convenientemente, Quiroga anunció su alejamiento del bloque de unidad alegando que ya no era tiempo de encuestas, como si la encuesta del esquema unitario fuera a hacerse pública y, por supuesto, lo hizo disparando munición de alto calibre contra el contrincante.

Hasta la fecha, contrariamente a los “temores” de Quiroga y compañía, no se conoce, repito, tal encuesta. Además, habiendo permanecido en el bloque uno solo de dos posibles nominados, resultaba hasta innecesaria la realización de aquella. Por defecto, Doria Medina se hacía de la candidatura.

A partir de entonces, no cesaron las mutuas recriminaciones entre ambos. Lo curioso es que, en determinado momento, desde el campamento del expresidente, ya en calidad de candidato, se le pedía al candidato por el bloque de unidad que mostrara la encuesta, cuando fue justamente la susceptibilidad de que se filtrara, incurriendo en la ilegalidad y posterior inhabilitación, el argumento que Quiroga utilizó para zafar de la unidad.

El más reciente episodio de hostilidad al interior del bloque fue la difusión de la infame “lista negra” que Luis Fernando Camacho, pieza fundamental del esquema unitario, colocó, cual bomba de tiempo, en el cuartel del equipo. El “fuego amigo” volvió a estremecer los cimientos de lo que quedaba del edificio.

Vamos a convenir en que, sobre todo por la posición sensata de Vicente Cuéllar, la construcción ha resistido, aunque ha sufrido graves fisuras que con seguridad repercutieron en la intención de voto, aunque podría esperarse que las aguas se calmen dentro del, sin duda, único esfuerzo serio de unidad de parte del campo democrático. Buena parte de lo que se podría ocurrir para remontar el mal momento, descansa en una adecuada elección de los acompañantes. Si dicha (s)elección refleja un auténtico cuadro de unidad, podría revertirlo.

Por otra parte, ya se avizora una estrategia del régimen para, a pesar de sus resquemores internos, no soltar el poder. Es tiempo de detener el “fuego amigo” y apuntar a donde corresponde.

miércoles, 30 de abril de 2025

Duplicados y gemelos

 


Cada elección trae consigo una serie de hechos que la van marcando, aunque, al final, lo que cuenta es el resultado y pocos recuerdan lo que sucedió en el camino. ¿Qué nos depararán las elecciones generales de agosto? Más allá del “wishful thinking” (“ganará tal”, “ganará cual”, de acuerdo al deseo de cada quien), el signo predominante es el de la incertidumbre puesto que, lejos de clarificarse, el panorama es disperso y confuso. Hubo otras en las que, más o menos a estas alturas, era relativamente sencillo predecir quién las ganaría -aunque, como recordaremos, podía no llegar a ocupar el trono presidencial-. Antes de que entrara en ejercicio la segunda vuelta -hablo del periodo democrático contemporáneo- el cargo presidencial podía recaer en cualquiera de los tres “finalistas”. En tal caso podía hablarse, con toda propiedad, de un “resultado final”, una suerte de elección en segunda instancia, la parlamentaria, que definía, vía pacto, la composición del nuevo Gobierno.

Con seguridad, más de la mitad de los votantes actuales aún no habían nacido cuando ello sucedía. Hay que aclararles que no había, en absoluto, ilegalidad alguna en tal procedimiento; se lo hacía siguiendo estrictamente lo estipulado en el artículo 90 de la CPE vigente entonces (la que había sido elaborada en 1967).

Aplicando tal mecanismo, por ejemplo, Jaime Paz Zamora (MIR) accedió a la Primera Magistratura en acuerdo con Hugo Banzer Suárez (ADN), relegando a Gonzalo Sánchez de Lozada (MNR). Acompañó a Paz Zamora, en el cargo de vicepresidente, Luis Ossio Sanjinés (PDC), que formaba parte de la fórmula de Banzer. Contra todo pronóstico -las críticas fueron inmisericordes al comienzo- hubo gobernabilidad, crecimiento y gestión. Lo reconocen incluso quienes, en su momento, manifestaron su desaprobación. Casos de corrupción muy sonados por entonces ensombrecieron en parte el buen gobierno que fue aquel. No se trata de hacer “corrupción comparada”, pero en relación a la que se dio en tiempos de Morales Ayma, aquella parece simple “avivada”.

Volviendo a lo nuestro, un caso curioso se dio, allá por comienzos de siglo, cuando más de un ciudadano -uno de ellos, emblemático futbolista- apareció inscrito oficialmente en las “planchas” de dos partidos políticos -en “franja de seguridad” para mayor detalle-. Obviamente se produjo una ola de críticas tanto a los partidos como a las personas, quienes no tuvieron otra opción que retirar sus nombres de ambas listas.

Una figura parecida, aunque a la inversa, se ha dado en el presente tiempo previo a las elecciones de agosto: Una sigla ha presentado “oficialmente” a dos personas como candidatos a la Presidencia. Si bien es normal que los partidos barajen varios nombres como potenciales “presidenciables”, otra cosa es hacerlo oficialmente.

El hecho no pasaría de la anécdota si no ocultase algo más profundo: el extremo deterioro de una parte del sistema de partidos, reducida a un vil mercado de siglas que, a falta de representantes propios, se ofrecen al mejor postor (en términos de negociación de “espacios”) sin el más mínimo rubor. La contraparte, es decir las personas-candidatos, no se libra de complicidad en la depauperación de la actividad política. Ciertamente a la hora del registro ante el Tribunal Supremo Electoral, solo uno de los “gemelos” será reconocido… aunque tal vez, a la manera de aquellos candidatos “duplicados”, ni uno ni otro, de pura vergüenza, hagan mutis por el foro.


miércoles, 2 de abril de 2025

Cruzando el desierto, sprint final

 

Me suena como un deja vu, como un “esta peli ya la vi”. Es que, efectivamente, ya pasamos por algo parecido a esto. Fue en 2019, en el tiempo previo a la elección de aquel año, cuyo antecedente fue la forma abominable en la que el régimen forzó la habilitación del candidato que ya había violado la Constitución para optar a un tercer periodo. No conforme con ello, en su afán de perpetuarse, apenas lo consiguió, comenzó a lucubrar su reelección indefinida para lo cual, con un Tribunal Electoral a su servicio, convocó a un referéndum para reformar el artículo que ponía límite a tal cosa -aunque ya lo había violado, insisto-.

Pues aún así, la ciudadanía le dijo NO. Y comenzó el plan de burlarse de la voluntad popular, haciendo que el Tribunal Constitucional, también alineado al régimen, resolviera que la reelección es un “derecho humano” y, por tanto, no había mecanismo que la impidiese–“Haga lo que haga la oposición”, Morales dixit-. Ya en octubre de 2019, comenzó a gestarse el operativo del fraude.

Las propias encuestas del régimen indicaban que no habría ganador en primera vuelta y que en la segunda ganaría Carlos Mesa, el mejor ubicado de la oposición -acá se suelen incluir los reproches al ahora preso político, Luis Fernando Camacho, por haber impedido una victoria opositora al mantener su candidatura hasta el final- le ganaría al violador (de la Constitución).

Cuando la tendencia en la transmisión rápida de resultados conducía inevitablemente al escenario de la segunda vuelta, “misteriosamente” el sistema colapsó y cuando se lo repuso, ¡zas!, el cocalero ya se estaba declarando ganador en primera vuelta.

Tan grosero fue el fraude que, sumado al desconocimiento del 21-F, desencadenó la repulsa ciudadana que precipitó la dejación del cargo del tirano.

Esa epifanía ciudadana se vislumbró como un oasis luego de haber cruzado el desierto tras casi quince años de oscurantismo masista. Como dije anteriormente, resultó un espejismo.

A la fecha, en mi criterio, me aventuro a pergeñar que el Carlos Mesa de esta elección será quien emerja como opción del bloque de unidad, vale decir Jorge Quiroga Ramírez o Samuel Doria Medina.

Nuevamente vislumbramos, como ciudadanía democrática, el final del camino desértico y el inicio de la nueva era democrática que, sin embargo, comenzará con pesado lastre que dejan casi veinte años de barbarie política y despropósito económico. Dicho sin anestesia, el resurgimiento costará algo (o mucho) sacrificio, para bien en el mediano plazo. Debemos estar conscientes de ello.

Pero, una vez más, como si no se hubiera aprendido la lección, la dispersión, a pesar de que, a diferencia de 2019, la situación para la oposición unitaria es inmejorable, el fantasma de la dispersión vuelve a poner piedras en el camino, en forma de candidatos funcionales, unos conscientemente, y otros, en el papel de tontos útiles, para solaz de los restos del régimen saliente. Pareciera que por salir un puñado de veces en los medios algunos ya se sintieran “presidenciables”.

Hago voto por que la razón se imponga y no se repita el escenario catastrófico de elecciones anteriores (incluyo la de 2020). Que si bien, como en el relato bíblico, haya doce tribus, haya un solo Moisés que las guíe a través del desierto para dejar atrás veinte años de ignominia.


miércoles, 19 de marzo de 2025

Menos bulto, más claridad

 


Quiero dejar establecido que no solo aprecio la democracia multipartidaria, sino que la he promovido a lo largo de mi vida.

Los primeros años, luego de la conquista de la democracia en Bolivia, las denominaciones partidarias que, junto con sus candidatos, poblaban el sistema electoral, rondaban la media centena. Era comprensible. Luego de años -que parecían siglos- de gobiernos de facto -proscripción de algunos partidos, incluida- había ansias estar en la palestra pública. Sin embargo, como se supondrá, el voto se concentraba -o se dividía, según cómo se quiera entender- en seis u ocho. Por lo demás, nadie se hacía mucho problema, dado que, en la instancia congresal, vía pacto, emergía, de entre los tres más votados, el nombre del próximo mandatario. A la sazón, no se había “inventado” aún la papeleta multicolor y multisigno (multifoto, también) que caracteriza nuestras elecciones modernas.

Otro motivo para tal profusión de partidos, aunque, en este caso, sería mejor hablar de profusión de candidatos, era que la ley electoral permitía a algunos, beneficiarse con lo que se llamaba el “voto residual” y, si bien no llegaban al cargo mayor, sí podía resultar “elegidos” como diputados. Es decir que el candidato a Presidente era también candidato a primer diputado. Hay casos muy emblemáticos de políticos que llegaron al parlamento de esa manera y continuaron en la actividad durante años. Por cierto, no había uninominalidad; todos los candidatos a diputado iban “colgados” del candidato a Presidente, quien, reitero, era el primero de lista. Algo así también se estilaba en las elecciones municipales; el candidato a Alcalde, era, a la vez, candidato a Primer concejal y, por el mismo mecanismo, podía acceder al Legislativo edil.

No era mi intención abordar estos detalles, pero viene bien como antecedente para afirmar que ya no es así y, por tanto, ya no es, desde ese punto, tan atractivo candidatear para la Primera Magistratura. Otro de los motivos para la multiplicación de postulaciones era, ya lo insinué más arriba, que la Constitución posibilitaba que, si ninguno alcanzaba el 51% más uno de los votos, los tres primeros se clasificaban para la instancia parlamentaria y, como sucedió, en 1989, el tercero (o, el segundo) podía emerger como Presidente de la República. Modificaciones posteriores a estas reglas desincentivaron a muchos a formar partidos y a postularse como candidatos.

Voy a preferir siempre una cantidad razonable de partidos en carrera electoral que un “partido único”, oxímoron político, puesto que la propia denominación “partido” indica “porción”, “pedazo”…

Otra razón del “encogimiento” del sistema de partidos fue la mayoría en primera instancia que obtuvo el MAS en 2005, pero, sobre todo, el ejercicio de poder que practicó, y que desestructuró el sistema político.

Con toda la estima que siento por el multipartidismo, debo reconocer que, dadas las experiencias recientes, si se quiere aplastar al régimen y darle al país un gobierno de mejor calidad, no es tiempo de abrir el abanico. En tal sentido lo que la oposición ha ideado para nominar a su candidato me parece un extraordinario mecanismo; y la competencia, inédita, además, para alcanzar la titularidad, apasionante. Prácticamente podemos afirmar que, luego de la declinación -loable, sin duda- de varios postulantes, la lucha, que está ingresando en la recta final, se reduce a Doria Medina y Quiroga Ramírez. Uno de ellos -se supone que con el apoyo del otro, no solo personal sino de todo su esquema- será la carta opositora en la papeleta de agosto.

Menos bulto, más claridad.


miércoles, 13 de noviembre de 2024

"No les des ideas"

 


Posiblemente, la frase entrecomillada que da título a esta columna, sea la que más escuché estos días, cada vez que lo que diré a continuación se lo mencionaba a quien quisiera escucharme.

Mi reacción también fue repetitiva. “No hay tal”, les respondí, dado que, con toda seguridad, los planteamientos que comentaremos ya se les pasaron por la cabeza a los involucrados, sólo que no los hicieron público. Se dice que una buena estrategia debe considerar aquello que el oponente pudiera estar pensando (y. potencialmente, actuando). En una partida de ajedrez, esto es más que evidente.

La cuestión surge a raíz de la ratificación, por parte del TCP, de la inhabilitación de Evo Morales -y de otros, por extensión- como candidato a la reelección, ya sea de manera continua o discontinua, al cargo en el que ya fue reelegido -para el caso del “Jefazo”, al de Presidente-.

Antes de continuar, permítaseme poner en cuestión la pertinencia de tal ratificación. ¿Era necesario que los autoprorrogados la hicieran? ¿Acaso no quedó claro el veto en una anterior disposición del Tribunal cuando sus miembros estaban ejerciendo sus funciones dentro del periodo que legalmente les correspondía? Y no sólo eso. La prohibición de postular a la reelección cuando ya se ejerció dos mandatos en el cargo, venía precedida de la decisión soberana de la ciudadanía expresada en el referéndum del 21 de febrero de 2016 y en la opinión consultiva -con fuerza vinculante- de la Corte IDH. La innecesaria “ratificación” ha dado pie a que el principal afectado les recuerde a los autoprorrogados la ilegitimidad en la que incurren. Pero la interpretación del artículo correspondiente de la CPE con relación a la habilitación o no ya era un tema zanjado. Así lo entendió el Órgano Electoral, que acatará la disposición.

Ahora bien. Acá viene la complicación. El Auto Constitucional indica, sin especificar nombres, que aquellas autoridades que ejercieron, reelección mediante, dos periodos en el cargo, ya no podrán volver a postularse. Es evidente, sin embargo, que pueden candidatear para otros cargos. Uno de los afectados, Juan del Granado, no puede volver a postularse para alcalde de La Paz, pero podría hacerlo para Presidente, para Vicepresidente, para Gobernador o, probablemente esté pensando en ello, para Senador; caso similar al de Jhonny Fernández. Respecto a Morales Ayma -aunque de boca para afuera insista en hacerlo para Presidente, pues bien sabe que ya no puede- podría candidatear para alcalde de Villa Tunari, para Vicepresidente, para Gobernador de Cochabamba, o para Senador.

De hecho, en la elección anterior intentó postularse para Senador, pero fue inhabitado por otra causa. La idea original era que, una vez instalado en el Senado, lograr la presidencia del mismo y forzar las renuncias de las primeras autoridades del Ejecutivo, y volver a su ansiado cargo. Para ello, excluyó a Andrónico (parecería que anda en ello nuevamente) y colocó a Arce (supuestamente más dócil). Pero la inhabilitación frustró su plan.

Esa es, nuevamente, una de sus opciones. La otra es correr como candidato a Vicepresidente. En ambos casos tendría que poner a un pelele -digamos al Mapache- como candidato a Presidente.

El problema es que, me apoyo en encuestas, aún si fuera candidato a la Presidencia, Morales no ganaría en primera vuelta y, con seguridad, perdería en la segunda. Con un candidato títere ni siquiera está asegurado el pase a segunda vuelta.

Esos son algunos escenarios posibles en el tablero electoral. Y ya lo pensaron otros (pero se lo guardaron “tácticamente”). O sea que, estirando la figura, el Jefazo podría ser Presidente sin que, técnicamente, se trate de una reelección.


miércoles, 13 de diciembre de 2023

MASistrados de manual

 


Como era previsible, los MASistrados, por sí y ante sí, se prorrogaron en sus cargos hasta que sus reemplazantes, surgidos de elecciones, los ocupen. Como no hay visos de que eso pueda ocurrir próximamente, tal “tiempo extra” puede extenderse desde meses hasta años.

¿Tendría que sorprendernos? Hasta la pregunta es absurda. En las entrevistas a las autoridades judiciales en ejercicio, ninguna sentenció, como correspondía hacerlo, “nuestro mandato fenece el 31 de diciembre; luego de esa fecha dejamos de ejercer la magistratura”. Al contrario, de manera implícita, sobre todo el Presidente del Tribunal Supremo de Justicia, denotaban unas ganas locas de prorrogarse hasta las calendas griegas.

¿Es de entera responsabilidad suya este despropósito? De ninguna manera; el asunto es  consecuencia última de una serie de barbaridades cometidas a lo largo, no de recién, sino de lustros de manoseo judicial. Es el acabose de la justicia “estadoplurinacionalizada”.

Mandar en consulta al TCP la resolución del intríngulis del Órgano fue entregarle el regalo que éste acepto con deleite. Los tribunos optaron por la fórmula “ni para ti, ni para ti; para mí” pasándose por alto prescripciones constitucionales, éticas y de sentido común.

Lo curioso de todo ello es que tales “autoridades” son ilegítimas de origen, como lo fueron quienes les precedieron. Cabe recordar que, en los dos procesos electorales de carácter judicial, la suma de votos nulos y blancos superó ampliamente al de votos “válidos” que, repartidos entre los “seleccionados”, fueron inferiores, en algunos casos, al número de votos de una liga barrial de fútbol de salón.

La raíz del problema, como se puede colegir, es el propio sistema de acceso a la magistratura, o sea las dichosas elecciones judiciales que, mientras sigan consignadas en la Constitución no queda otra que realizarlas.

Hay ciertas instituciones, y el Órgano judicial es una de ellas, en las que las jerarquías se definen por meritocracia o por escalafón; son verticales por la naturaleza de sus funciones. Cuando se debatía la pertinencia de incluir la elección popular para los aspirantes a una dignidad en la magistratura, comenté, con sarcasmo, que era como convocar a elecciones para la comandancia en la FFAA: un suboficial podría conseguir gran apoyo “popular” y ser ungido como Comandante. Otro aspecto, que se supone que la elección quería evitar, pero acabó acentuándolo, es el del patrocinio partidario a ciertos postulantes.

El argumento que usó el régimen para introducir en la CPE tal elección fue el de “ampliar la participación” en la justicia. Ocurre que una vez “elegidos”, los MASistrados actuaron en función del régimen que los apadrinó y la “participación” concluyó cuando el ciudadano introdujo su voto (mayoritariamente nulo o blanco, repito).

La mejor experiencia de participación ciudadana en la administración de justicia fue la de los jueces ciudadanos –lo digo con convicción porque me tocó en suerte asumir la responsabilidad en una oportunidad- que el régimen masista borró de un plumazo, con un argumento pueril.

Lo gracioso es que quienes crearon al monstruo, hoy se rasgan las vestiduras ante la crisis judicial, tal como lo hacen con la crisis económica. ¡Fariseos!

El tiempo ha dado la razón a los “abogados independientes”: la salida a este entuerto era un referéndum para la reforma constitucional, que no caló en la ciudadanía, amén de la consigna oficialista de no apoyar “a la derecha”. No se consiguió el número suficiente de firmas y aquí estamos…


miércoles, 25 de enero de 2023

¿Mandó Arce a retiro a Morales?

 


Una duda, razonable dadas las circunstancias, que ronda por el ambiente es la de si la pugna de poder entre facciones del régimen -dos ya plenamente consolidadas: la “conservadora”, que responde al señor Morales Ayma, y la “renovadora”, que promueve la candidatura del Presidente- es auténtica o si se trata de una táctica distractiva que no afectaría a la unidad del “instrumento”, como le llaman sus muchachos.

Abona a la segunda hipótesis el hecho de que muchas organizaciones partidarias arreglaron sus diferencias por el “bien mayor” (el poder) y encontraron maneras de restañar heridas infligidas en las batallas libradas en el camino.

La primera, que es la que me tinka, y que, inevitablemente, derivará en ruptura, se apoya en que los bandos han llevado las cosas demasiado lejos en sus recíprocas acusaciones. Si bien es corriente -y hasta saludable- que entre partes (una pareja, digamos) surjan conflictos, cuando éstas empiezan a mentarse la madre ya estamos hablando de un camino sin retorno. Y lo menos que se han dicho entre masistas es “narcotraficante”. ¿Serán posible un arreglo luego de eso? (“lo dije en un momento de ofuscación”, “usted no es, en absoluto, narco; es un santo digno de reverencia”, “no me haga caso, se me ‘chispoteó’”).

Abona a esto también la “migración” de lealtades dentro del esquema gubernamental con la explícita negación del extodopoderoso –si te he visto, no me acuerdo-. Ya son varios los renegados que aúpan la figura del hermano Lucho, en detrimento de la del cocalero.

Sin despeinarse, Arce excluyó a su mentor político de los actos por el dichoso aniversario del Estado plurinacional, instituido por decreto. Para mayor humillación del “ex” le extendió una tardía invitación como si se tratase del último de la lista.

Y ni qué decir del discurso de don Tilín –que de tal no había tenido nada; es más bien un “matascallando”- en el que se atribuyó la titularidad del tal Estado –entrelíneas se emparentó con su tocayo, Luis XIV de Francia y sonó a “El Estado plurinacional soy yo”-. En su interesante cuanto omiso repaso histórico: Toro-Villarroel-Busch… y un largo salto hasta Quiroga Santa Cruz (el Gobierno era el del militar Ovando Candia) para rematar en Morales Ayma como “inspiradores/constructores” del EPB. Y ese es el lugar del jefazo: la historia, el pasado. Implícitamente, el hermano Lucho mandó a jubilación al hermano Emo.

Tal invitación al retiro –invitación más seria que la del festejo- parece coincidir con los aprestos electorales que el arcismo está actuando a través de sus operadores, moviendo los hilos de la justicia, ajustándolos o soltándolos según sea el caso.

En el círculo que encapsula a Arce está, por ejemplo, el Vocero, quien fuera hombre de confianza del alcalde de Cochabamba, Reyes Villa, autoridad “de oposición” que optó por desentenderse de la demanda ciudadana por democracia y justicia -Estado de derecho, en suma- y que tampoco había acompañado la lucha por un censo transparente y oportuno. ¿Recuerda usted que cuando aún no se había consolidado el resultado de las elecciones de 2002, creyendo que NFR las había ganado? ¿Fue el actual vocero quien llegó a La Paz y se puso a medir los ventanales del Palacio de Gobierno, para “encargar cortinas nuevas”? En todo caso, este buen señor se convirtió en especialista en cortinas, pero de humo. Milagrosamente, Reyes Villa dejó de importarle a la “justicia”. ¿Hay un acuerdo electoral en ciernes?

En síntesis, Arce, con proyecto político propio, nos recuerda a otro economista cuando dijo que ya no tenía las manos “atados” y obró en consecuencia.



miércoles, 10 de marzo de 2021

Se derrumba el relato del "golpe"

 

                                                             Foto: El Deber

Domingo, 7 de marzo, horas 21:30. El jefe de campaña del MAS se declara contento con los impresionantes resultados obtenidos por sus candidatos en grandes municipios y en la mayor parte de los departamentos. Su cara de entierro, sin embargo, no condice con sus palabras, luego desmentidas por las verificadoras de noticias y por el escrutinio oficial. Dicho esto, horas más tarde, cual es costumbre suya, huye a Argentina para presenciar un partido de fútbol, pese a su esmirriada economía, lindante con la miseria, según confesión propia. Morales Ayma, maña y lujuria hasta la sepultura.

La idea del oficialismo era la de sumar, a cualquier precio, el control de ciudades y departamentos al del Gobierno central y, con ello, ampliar el centralismo –coordinación, en sus términos- con la sumisión de los noveles subnacionales a las decisiones del Ejecutivo central –ese régimen tiene nombre y usted lo conoce- y, de paso, reafirmarse en la patraña del relato del “golpe” que intentó sostener estos meses. El involucramiento del Presidente en la campaña no hizo otra cosa que desportillar aún más su ya venida a menos imagen. Todos esos shows del gobernante y los candidatos azules en los centros de vacunación, tomándose fotos en dichos ambientes para exhibirlas como propaganda, desaparecieron al día siguiente de la elección. El chantaje tuvo dos efectos contrarios a los deseados por Arce y Morales Ayma: certificó que el triunfo del primero en la elección nacional no fue por mérito propio, sino consecuencia del voto-castigo a la gestión transitoria de Jeanine Áñez quien se extralimitó en sus atribuciones, dada la función precisamente transitoria de su gobierno (aunque, a la distancia, ciertas acciones de este periodo, sobre todo las relacionadas al manejo de la pandemia –manchadas por el caso “respiradores”- parecen brillar frente a las de “aguante” propuesto por Arce- y, segundo, sepultó la narrativa del “golpe”.

Salvo para la Gobernación de Cochabamba, para la que el oficialismo obtuvo una contundente victoria, merced a que allá se encuentra la zona del Chapare, último reducto del masismo, en el resto de departamentos, los resultados para el MAS van de discretos para abajo. Y si consideramos los ingentes recursos (económicos y políticos) desplegados para cooptar gobernaciones y alcaldías en juego, su derrota es humillante.

Haciendo de tripas corazón, el Gobierno central y, por supuesto, las autonomías gobernadas por la oposición, deberán coordinar como dispone la ley, máxime en un escenario tan adverso sobre todo en materia de economía, para beneficio de la población.

Arias, Camacho, Reyes Villa, Copa, Llaly… El voto obtenido por estos y otros actores directa o indirectamente ligados a lo que el oficialismo denomina “golpe” echa por tierra tan peregrina manipulación instrumentalizada desde los estrados judiciales sometidos al MAS. Una inmensa mayoría de ciudadanos de las urbes apoyando en las urnas a “golpistas” hace insostenible la patraña del poder político en ejercicio que, en lugar de gastar energía en persecución política debería concentrarse en resolver el problema mayor de este y los próximos años: la economía, que no puede ser considerada al margen de la salud.

Apunte final: las tan satanizadas encuestas mostraron esta vez mayor consistencia que en anteriores oportunidades; los apellidos mencionados en el párrafo precedente dan cuenta de ello. Así lo certifica la “verdadera encuesta”, la del domingo 7 de marzo. Tenemos por delante, a menos que se nos crucen referéndums o Asamblea Constituyente, cuatro y medio años sin elecciones. Aprovechemos este tiempo para construir institucionalidad desde las entidades autonómicas.

miércoles, 24 de febrero de 2021

En cuesta arriba

 






Como muchos otros, entre los que usted podría contarse, considero que una encuesta es un instrumento con ciertas características técnicas en su aplicación y científicas en su sistematización para tomar el pulso sobre diversas situaciones de interés público o sectorial.

El marketing recurre a las encuestas con una frecuencia de vértigo para la toma de decisiones de mercado. Ya no es extraño toparse con encuestadores que nos abordan para someternos a largos cuestionarios sobre refrigeradores o sobre artefactos digitales y desde que existe la posibilidad del hacerlas “en línea”, de tanto en tanto nos invitan para colaborar con nuestras valoraciones sobre los más diversos asuntos.

Salvo que seamos parte interesada en un determinado nicho de mercado, no llegamos a enterarnos de los resultados de las mismas porque éstos no suelen ser publicados. No recuerdo, por ejemplo, que alguna marca hubiese demandado a otra por sentirse apocada por otra que apareciese mejor valorada en una encuesta. Otra cosa muy distinta es la manipulación de datos de dudosa procedencia para ganar mercado. Ahí sí correspondería entablar acciones legales. Repito, en cuestiones de orden empresarial, ayudan a tomar decisiones y, generalmente, no se hacen públicas.

Pero cuando las encuestas abordan asuntos públicos, eleccionarios en particular, la figura se torna densa y desata una serie de pasiones. ¿Qué actores, dado que la divulgación de las mismas se ha convertido en un verdadero espectáculo, intervienen sobre este escenario? Pues, la empresa encuestadora, el medio de difusión, los analistas, los actores políticos involucrados y los propios espectadores.

Según se vean más o menos favorecidos, los actores políticos son los afectados. Aunque por reglamento los candidatos no pueden pronunciarse sobre los resultados, dejen deslizar indirectamente o la hacen por interpósita persona, clichés como “la verdadera encuesta está en las calles”, en referencia a la acogida aparentemente buena que tienen en sus recorridos –sin considerar que una misma persona saluda y hasta se toma fotos con varios candidatos- o “la verdadera encuesta es el domingo”, refiriéndose al día de la elección.

Respecto a los analistas –casualmente, mientras escribo estas líneas rechacé una invitación para comentar alguna encuesta por televisión indicándole a mi interlocutora que yo tengo una posición tomada y lo que haría sería “hinchar” por los candidatos de mi preferencia- en algunos casos son voceros cuya militancia, sobre todo en el oficialismo, fluye por sus venas.

Más arriba hablé de “situaciones”. Una situación es una momentánea en el tiempo. Si la campaña es la película, la encuesta es una captura de pantalla. Esta captura puede ser tan clara o tan borrosa de acuerdo a la resolución (metodología, tipo de preguntas, universo de la muestra, distribución geográfica, etc.) Si dos o más capturas se aproximan en sus resultados, se hablará de una tendencia consistente (mayor claridad). Si alguna se diferencia por mucho del resto podría tratarse de ruido –esto ocurrió con una que daba a Mesa como ganador en primera vuelta la pasada elección-.

Justamente por lo que está en juego –la definición del ejercicio del poder-, el acápite de los indecisos, así ocurrió hace poco, tiene una importancia vital: puede concentrarse en uno o distribuirse más o menos equitativamente entre dos o tres, y de la ciencia pasamos a la cosmobiología.

Por lo visto hasta ahora, por lo menos epidérmicamente, las tendencias para las venideras elecciones ya están instaladas, y al no ser muy favorables al MAS, Morales Ayma y su muchachada han decidido “investigar y sancionar a las encuestadoras”. ¿Cómo lo harán? En rigor, solo el Órgano Electoral podría hacerlo, y el mismo ha dado por autorizada la difusión de las encuestas.

Es que al MAS, el camino a la supervivencia política se le ha puesto (en)cuesta arriba.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Una nueva era

 




Cuando el TSE inhabilitó al señor Morales Ayma en su intento de postular a la primera senaturía por el departamento de Cochabamba –lo hizo “en paquete”, junto a otros casos análogos”- parecía haberse cerrado un capítulo ignominioso de la historia de Bolivia. Pero, mientras la ciudadanía celebraba el fallo, el personaje, seguro de contar con la lealtad de los jueces promovidos por él mismo durante su ingrata gestión, quiso forzar, ante instancias judiciales, una determinación que, negando la competencia del TSE para obrar en materia electoral, lo pusiera nuevamente en carrera.

¡Tremendo chasco se habrá llevado el sujeto cuando la sala constitucional de La Paz, ratificó su inhabilitación! Tuvo que intervenir un dirimidor para romper el empate que se había dado previamente cuando dos jueces emitieron criterios distintos sobre el caso.

Con el entusiasmo popular que surge en ocasiones como la mencionada, se escuchan frases altisonantes como “por fin la justicia está bien”. Hay que tener cuidado con tales efusiones; lo que ha sucedido es que la vergüenza llevó a dos de los jueces a desestimar el tan insostenible amparo. Por lo demás, la justicia impuesta por el régimen de Morales Ayma permanece intacta y seguirá actuando en otros casos, aunque el tratado en estas líneas haya sido el más sonado.

Tampoco me parecieron muy atinadas las palabras de la presidenta-candidata –“lo hemos hecho con la ley en la mano; sin violencia”-. Hasta ahí podría entenderse que, como sociedad, vamos por buen camino, el del estado de derecho; pero cuando agrega que “somos los únicos que podemos evitar que Evo Morales quede impune” se está extralimitando en dos sentidos: primero, estaría dando a entender que el Ejecutivo se entrometió, de alguna manera (malpensados, a su juego los llamaron), en un asunto de otro poder y, segundo, incurrió en descarado acto electoralista.

Yendo al fondo mismo del tema, ¿por qué sostengo que el país está en puertas del ingreso a una nueva era? En primer lugar, por el aspecto simbólico: luego de 23 años de estar en presente en la vida política activa, de los cuales 14 en la cima del poder omnímodo, el susodicho verá pasar, por lo menos los próximos 4, desde su refugio en tierras lejanas. Y si su situación se complica –están en curso varios procesos en su contra, siendo el caso “estupro” uno de los más delicados- y no regresa para residir en Bolivia dos años antes de la subsiguiente elección, prácticamente estaría poniendo fin a su carrera política y a su influencia personal.

En segundo lugar, el realmente significativo, está el hecho de que no ha surtido efecto la treta que venía junto a la (im)posible habilitación: como mi propia persona y varios otros ciudadanos lo habíamos hecho notar, el verdadero propósito del “evismo” era el de hacer al jefazo, una vez electo como senador, presidente de la Cámara y propiciar una sucesión constitucional que lo reponga como Presidente, sea quien fuere el elegido en las urnas, incluida la posibilidad de que fuera su delfín (¡de la que se libró Arce Catacora si acaso, cosa improbable en segunda vuelta, lo lograra!). Otra cosa no le interesaba. Podía, por ejemplo, haberse postulado a una diputación supranacional ¡pero eso no lo lleva la Presidencia!

Por las razones expuestas, Bolivia debe celebrar el haberse desembarazado del último dictador que, arropado por la democracia, osó querer reproducirse eternamente en el poder recurriendo a todo tipo de artimañas para conseguirlo… hasta que la ciudadanía no se lo permitió más y el hombre tomó las de Villadiego para intentar, desde allá, burlarse nuevamente de Bolivia. Fracasó estrepitosamente.

miércoles, 26 de agosto de 2020

Candadotes

 




Estimo que el campamento azul ya tiene claro que cada día que pasa, la posibilidad de volver al poder se le escapa sin remedio incluso en el largo plazo. La probabilidad de que no haya segunda vuelta ante una hipotética concentración mayoritaria del voto en una opción distinta a la del “peor es nada” de Morales Ayma no es descabellada dada la repulsa de las clases medias a las últimas acciones delictivas del MAS, aunque depende de la lucidez de los los votantes.

Así las cosas, lo que queda del movimiento del exdictador, atrincherado principalmente en el parlamento, donde conserva una mayoría que ya no tiene en la ciudadanía, ha comenzado a curarse en salud –suena irónico que haga algo “en salud”-.

Resulta hasta conmovedor cómo, de pronto, los asambleístas se pusieron a producir leyes por su propia cuenta (de buena fe, voy a suponer que es así). ¿Acaso no las produjeron durante catorce años de ejercicio del poder omnímodo? Bueno, salvo leyes del tipo “Declaratoria del chuflay como patrimonio espirituoso de Bolivia”, el resto de las leyes eran elaboradas en los gabinetes político/jurídicos del Ejecutivo. El Legislativo, con la holgada mayoría del partido del dictador fugado, hacía la pantomima de la formalidad sin mayor rubor. Se dice que la única ley que tuvo origen en el parlamento controlado por el régimen del terror fue la del Código de Procedimiento Penal, misma que fue abrogada, a poco de su promulgación, ante la negativa de los médicos a aceptarla.

¿Qué le queda, entonces, al “instrumento” ante el hundimiento de sus candidatos y de su propio buque insignia? Poner candadotes por doquier para inmovilizar al gobierno que salga de las urnas el 18 de octubre o, cuando mucho, en la segunda vuelta, y para blindarse ante cualquier proceso que se pueda instaurar contra sus jerarcas, por sus actos ilegales cometidos los 14 años, o contra las huestes que cometieron graves delitos en los paros digitados desde Buenos Aires.

La idea de atar de pies y manos a quienes resulten favorecidos con el voto ciudadano cuando asuman la administración del Estado, es otra muestra de que al señor Morales Ayma y compañía, poco le importan el país y menos aún la gente. Como lo estuvieron demostrando durante casi quince años, lo único que les interesa es su propio beneficio, así tengan que asaltar las arcas públicas para conseguirlo.

Entre los candadotes están las anunciadas normas para la protección a quienes cometieron fechorías, delitos, en realidad, durante los recientes bloqueos. ¿Podría darse que se les ocurra una ley para proteger al jefazo de los procesos, ya en curso, por sus “aficiones” non sanctas? No sería raro.

Ciertamente dichas normas no serán promulgadas por la presidente/candidata, pero ante tal situación el propio parlamento, haciendo uso de una potestad constitucional, podría hacerlo cuantas veces se le antoje, con lo que se constituiría en una especio de Ejecutivo paralelo.

¿Cómo se podría, a futuro, abrir esos candadotes? La llave, una vez más, está en manos de la ciudadanía a través del voto. Si se impide que, no obstante no acceder al Gobierno, el partido del exdictador consiga mayoría calificada en la asignación de escaños parlamentarios, el camino a la abrogación de esas normas espurias quedará allanado, incluso si ninguna fuerza alcanzara, por sí sola, una mayoría necesaria para ello, apelando a acuerdos con otras para tal propósito.

El periodo de transición está dejando a la ciudadanía un mal sabor de boca. Entre las primeras tareas del próximo gobierno estará la de destrabar lo que un grupo de vividores de la política le deja como presente griego.

miércoles, 29 de julio de 2020

Lo que el virus no se llevó

                                                   Foto: APG


“El Facebook parece una larga lista de obituarios”, me comenta mi esposa y no le falta razón. Esta red social, a diferencia de otras, se ha convertido en una suerte de muro de testimonios sobre la partida de los seres queridos de los usuarios y la de los héroes que estuvieron en la primera línea de acción en contra de la calamidad –así llamé al asunto en una columna de hace dos meses y ahora el gobierno lo oficializa decretando “estado de calamidad”-.

Si usted está leyendo estas líneas es porque según cada variante –haber padecido y superado tal situación, (aún) no haberla padecido, tenerla latente y no haberse enterado todavía- está en lo que Carpentier llamaría “el reino de este mundo”. Y puede considerarse afortunado(a). Eso sí, en los dos últimos casos, a seguir tomando recaudos porque nadie está a salvo del monstruo microscópico.

En mayor o menor grado, todos hemos perdido a una persona cercana. Se nos han ido papás, mamás, hermanos, hermanas, amigos y amigas. El virus también se ha llevado a gente valiosa por su espíritu de servicio al prójimo; impotencia e inermidad están en el ambiente.

Todo homenaje a ellos queda corto. Estamos en deuda con ellos. Inclusive, en su despedida, merecían mucho más. Página Siete tributó a las almas de estos servidores en una de sus ediciones, un honor póstumo cuya memoria ilumina el camino. La calamidad, en fin, se ha cargado la vida de parte de lo mejor de nuestra gente. Sus huellas, sin embargo, permanecerán indelebles y tendrán un sitial de privilegio cuando se escriba la historia de estos aciagos días. Sugiero a los ejecutivos de este medio considerar la posibilidad de editar un libro que los testimonie para que las próximas generaciones sepan del valor de sus antecesores.

Hasta aquí, aquello que el virus se llevó: vidas. No se llevó su ejemplo, por cierto. Pero, ¿qué de aquellas cosas que no lo hizo?

Con todo su dramatismo y la permanente conmoción que genera, la calamidad no ha conseguido llevarse ciertas actitudes que supondríamos, hasta por sentido común, desaparecerían o al menos entrarían en pausa.

Ocurre que por los intereses que están en juego en el ámbito político, fundamentalmente la realización de las próximas elecciones, aquellos señores que cometieron el fraude electoral más alevoso de la historia, se rasgan las vestiduras por el asunto de la fecha de aquellas.
Ciertamente, los comicios deben realizarse. Nadie en su sano juicio ha mencionado la suspensión de los mismos. Si la postergación de éstos “favorece” al gobierno prolongando su gestión –no le veo el encanto a “gozar” del poder en estas condiciones- es producto de las circunstancias.

Ahí está la mala leche del partido que sumió al país en la corrupción durante 14 años. Por recato, al menos, debería respetar las decisiones que adopta el Tribunal Supremo Electoral, como órgano de Poder autónomo y, por norma, el Legislativo sancionarlas sin mayor trámite. En tal sentido, la fecha, lo he dicho antes, no es lo más importante. La fecha, en todo caso, es una consecuencia del análisis de las condiciones sanitarias previstas y de los recursos necesarios para una elección atípica.

En tal sentido, están por demás las convocatorias a la convulsión y a incendiar el país. Si el titiritero de Buenos Aires cree que esto redituará en votos a su candidatura de pantalla, está absolutamente errado. Nosotros, encantados de que sea así, pero no con las acciones que el exdictador instruye.

Según se sabe, está relativamente cercano el día en que la vacuna contra la calamidad esté disponible; lamentablemente, no se avizora una contra la insensibilidad azul.

miércoles, 3 de junio de 2020

Verde (no) es mi color




Una cromática declaración le costó el cargo al exministro de Minería. Antes de que las aguas se enturbiasen más, la Presidenta decidió echarlo; una decisión, a mi juicio, apropiada. Vaya uno a saber, sin embargo, si lo hizo por convicción o lo hizo para no comprometer más su ya desgastada imagen. Es decir, si lo hizo como Presidenta (hipótesis 1) o como candidata (hipótesis 2). En cualquier caso, el asunto continúa dando tela para cortar. A propósito, mientras escribo estas líneas –miércoles 4, 22:26 hrs- el ministerio continúa en acefalía confirmando el rasgo presidencial de tomarse sin prisa estas minucias, dado que primero está la salud de los bolivianos.

En lo que a mi pluma respecta, ésta comenzó a trazar coloridas conexiones entre lo sucedido y otras historias teñidas de verde, de las cuales daré cuenta enseguida.
Lo primero que trazó fue la lejana rememoración de la línea de campaña del candidato Juan Pereda Asbún, delfín de Hugo Bánzer en las elecciones de 1978, primer intento fallido de retorno a la democracia luego de una seguidilla de golpes, con algún interregno constitucional en el camino. Estamos en los albores del proceso que finalmente, felizmente, nos llevó a salir de las dictaduras.

Más allá de lo abominable que fue aquella elección –anulada porque el escrutinio arrojaba más votos que votantes- en lo que podríamos denominar la prehistoria del marketing político en Bolivia, el eslogan del candidato de marras no tenía desperdicio: “Verde es mi color”. No sé a quién se le habrá ocurrido, pero, con un retraso de cuarenta y dos años, le reconozco cinco estrellas.

Ese mismo tiempo ha transcurrido para que otro verde aparezca con relativa fuerza en el ambiente político nacional, como una especie de “verde recargado” proveniente del verde regionalizado y desleído de Demócratas, cuya última incursión en el campo electoral casi lo deja al borde de perder la personería jurídica – de hecho, antes de adoptar en denominativo “Demócratas”, se hacían llamar “Verdes” o “los verdes” –luego hablaremos de otros “verdes”-. ¿Sabía usted que en la Edad Media al demonio se lo representaba de verde? Como suele decirse, “el diablo no sabe para quién trabaja”. Y, hete aquí, que ya con otro nombre, este color está en el Gobierno y anda en plena campaña para hacer de la Presidenta la próxima Presidenta.

No sé cómo la verá usted, pero yo la veo verde. Y no me refiero a las docenas de trajes de gama verdosa con la que se la suele ver. No conozco el tono de las telas con las que se arropaba antes de acceder -transitoriamente en principio y con todas las de la ley- a la presidencia, pero si su ropero comenzó a teñirse de lechuga desde que, rompiendo un pacto con la ciudadanía que ella misma rubricó verbalmente, se declaró candidata, el asunto ya tiene otras connotaciones. Aparecer con tales tonalidades en actos oficiales podría ser una forma sutil de campaña y eso contradice aquello de no mezclar un papel con otro. 

En términos reales, lo de separar gestión de propaganda electoral es, en nuestro medio, un artificio engañoso. De repente estoy hilando demasiado fino, pero who knows

La cuestión es que el verde, en términos políticos, es más propio de los partidos ambientalistas, cuyo referente más emblemático son (o fueron) “Die Grünen”, los alemanes que irradiaron al resto del planeta su ideario. Ya no pesan tanto, porque el tema ambiental ahora es parte de los programas de todos los partidos, incluidos los azules, los naranjas, los amarillos, los rojos, los arcoíris, los morados, e inclusive los “verdes”.

En todo caso, verde (no) es mi color.