Si encontrar mercados para
artículos exportables implica un colosal esfuerzo, conservarlos es doblemente exigente,
al tiempo que meritorio dados los compromisos contractuales, la logística, el
control de calidad y, dependiendo del tipo de mercadería, especificidades
propias de cada ítem.
En mis días de secundaria,
mi profesor de historia, Mario Salinas -lo nombro porque, pese a que busqué con
denuedo información que lo corroborase, no la encontré- contaba que en un
relativamente lejano pasado, Bolivia exportaba guayabas a Inglaterra. Pero
sucede que, al llegar a puerto, la fruta era echada al océano, mientras que las
cajas que la contenían eran llevadas a centros de venta donde se las
comercializaba. Ya habrá deducido usted lo que pasaba: el material de tales
contenedores era alguna especie de las muchas de maderas preciosas que se dan
en nuestro país. La “demanda de guayabas” concluyó cuando los exportadores
bolivianos cambiaron el material de empaque. Cierto o no, el caso ilustra la
generosidad forestal de nuestro suelo. También sirve para remarcar que las
regulaciones en el sector maderero le han dado a éste la carta de
sostenibilidad.
En tiempos de añorado
ATPDEA, junto a los rubros de la joyería, artículos de cuero y textiles,
incluidas las confecciones, el de la madera trabajada (muebles y, curiosamente,
puertas) se abrió un “huequito” en el mercado estadounidense. Si bien en
términos monetarios no fue un ingreso significativo, de haberse mantenido el
mecanismo de preferencias arancelarias, hoy estaríamos hablando de montos
importantes por tal concepto. Como se sabe, por las rencillas personales de
Morales Ayma con la embajada de EEUU, este país decidió cancelar el beneficio.
Pero hasta estos días, la
madera de procedencia boliviana no había sido objeto de una acusación tan
ligera como la que hizo el fiscal chileno que la relacionó con el tráfico de
drogas.
Hasta ahora, me abstuve de
emitir juicio alguno al respecto. Esperé a tener mayores elementos para hacerlo
y éstos llegaron cuando, desde Bolivia, se desmintió la versión del vecino.
Pero, en el camino, no sin intencionalidad política, hubo quienes lo
adelantaron causando un daño gravísimo al sector maderero boliviano que,
repito, no había sido estigmatizado tan duramente en toda su existencia.
El caso “narcomaderas”,
como lamentablemente va a pasar a la posteridad, entremezcla todas las formas
posibles de manipulación de la información. Llegué a escuchar la patraña de “1
800 toneladas de droga”, cuando en realidad se trata de 1 080 toneladas de
tablones retenidos en la aduana de Arica por la supuesta impregnación de
cocaína en los mismos -supuestamente 100 toneladas-. Si bien el narcotráfico ha
ideado las formas más “creativas” de burlar los controles aduaneros, el sentido
común parece decir que tal truculencia es, al menos, improbable. Ahí entran los
análisis periciales que demuestran la inexistencia de la sustancia en la carga
de referencia.
Pero ya no es solo el
fiscal quien sostiene la acusación; en una suerte de reacción corporativa se ha
pronunciado también el delegado presidencial para la región quien asegura que
las “investigaciones” siguen en curso y emite una serie de alusiones a los
“narcotraficantes”.
Entretanto, cuando el país
requiere con urgencia divisas provenientes de las exportaciones, las de madera
han decrecido en 60% a causa del malintencionado proceder de autoridades
chilenas.
Más allá de las obvias
implicaciones económicas del caso, sus alcances ya alcanzan los terrenos
diplomático, jurídico y político, además de afectar la honra de empresarios,
hoy al borde de la quiebra.
Queda tocar madera para
que la verdad salga a flote y se reparen los daños y perjuicios causados no
solo a personas sino a nuestro propio país.







