Pese al consenso en sentido de que las recientes elecciones generales se desarrollaron de manera transparente y ordenada -en buena medida por el liderazgo del Dr. Hassenteufel- no faltaron episodios deshonrosos que no llegaron a afectar el proceso, pero que dejaron mal sabor de boca en su momento: Cada aparición mediática del exvocal Tahuichi -increíblemente hoy de candidato a alcalde de El Alto- por ejemplo, ponía en vilo la estabilidad de los comicios.
El caso más ingrato fue el de la sanción a varios medios por lo que el ente
rector consideraba como publicaciones propagandísticas fuera del plazo legal.
En tal categoría incluyó a algunas columnas, entrevistas y otros contenidos
estrictamente periodísticos. Curiosamente, fue el entonces vocal, hoy
presidente del TSE, Gustavo Ávila, quien comunicó este atropello; un exceso,
cuando menos.
Lo menciono porque nos encontramos en medio del silencio electoral y queda
el mal recuerdo de aquel exabrupto. En puertas de las elecciones autonómicas
(prefiero este denominativo al de “subnacionales”) lo previsible sería abordar
el tema; versar, por ejemplo, sobre los debates que, más allá de que es
imposible entrar en profundidades programáticas dada la cantidad de candidatos,
que me recuerdan a las elecciones de COTEL de antaño, son un indicador de la salud de la democracia.
Por ello las ausencias de Reyes Villa (candidato a alcalde de Cochabamba) y de
Revilla (candidato a gobernador de La Paz) son un gesto de desprecio a ésta:
justamente aquello que criticábamos duramente al antidemocrático Morales Ayma.
Puede ocurrir que tal desplante no haga mella en sus números, pero el ejercicio
democrático tiene rituales que se deben respetar.
Me acojo, entonces, al silencio electoral esperando que sea lo
suficientemente atronador para que no se repitan situaciones como las
mencionadas.
Esto me da la oportunidad para referirme a algo más amable: luego de un
largo tiempo de escasa actividad, nuevamente la escena musical recibió, y lo
seguirá haciendo, una oferta nutrida y variada en materia de géneros y trayectorias.
Y, lo más destacable, un público que asiste masivamente a los conciertos, lo que
da una señal de confianza y estabilidad más allá del espectáculo.
Se pensará que pasada aquella crisis y ante la bonanza proveniente del gas
se reactivó el negocio. Lo hizo, de algún modo, pero también fue el tiempo en
el que se multiplicaron los fraudes, como en las elecciones, y la desconfianza
del público creció debido a las suspensiones -no todas atribuibles a los
organizadores- lo que supuso otro obstáculo para quienes, de buena fe, se
arriesgan a producir esta clase de eventos. Más tarde, llegó la pandemia, lo
que afectó a todas las actividades económicas. De la casi desaparición, primero
tímidamente y ahora abundantemente, la producción de conciertos volvió
recargada.
Tal fenómeno me trajo a la memoria el comentario que me hizo Mauro Bertero,
en junio de 1989, finales del gobierno de Paz Estenssoro y en puertas del de
Paz Zamora, previo al primer concierto de Air Supply en La Paz (luego non
visitaron dos veces más). Bertero, bien acomodado en la primera fila de una
platea habilitada para el efecto en la curva sur del estadio “Siles” repleta de
asistentes: “Esta es una muestra de confianza en la economía del país”.
Yo le llamaría “El sonido de la confianza”.





