miércoles, 4 de febrero de 2026

La tercera vuelta

 


Durante los años posteriores a la asunción al poder del MAS, las elecciones subnacionales se convirtieron en una especie de segunda vuelta cuyo objeto era evitar que el régimen central tomara el control absoluto de todos los niveles de dominio político. Las autonomías funcionaron como una especie de contrapeso al centralismo secante y dieron algo de respiro a la democracia. Mientras el MAS ganaba holgadamente en los comicios nacionales -con todo el órgano electoral a sus órdenes- fuera de occidente, a excepción del municipio de La Paz que se mantuvo “invicto”, solo podía repetir tales guarismos en áreas dispersas y ciudades intermedias -aunque, progresivamente, fue conquistando, no siempre de forma transparente, más alcaldías y gobernaciones-.

Buena parte del éxito de las regiones fue su oposición manifiesta al centralismo encarnado por el régimen. Tal discurso generó algo de equilibrio en la correlación de fuerzas, pero siempre bajo la advertencia de un trato desfavorable a quienes no se alineen al oficialismo. Con todo, esa resistencia local impidió un absolutismo mas pronunciado que el que se vivió hasta hace poco.

Al percatarse del su poco peso en ciertos puntos, el MAS optó por tres fórmulas para disminuir la sensación de derrota: la cooptación, el paralelismo y la neutralización. A manera de ejemplos, sobre la primera el caso de Gatty Ribeiro, elegido alcalde de Cobija en representación de una organización opositora, rápidamente fue cooptado por el MAS y actuó en nombre del oficialismo. Lo último que se supo de él es que había huido a Brasil a raíz de innumerables acusaciones de corrupción durante su gestión masista. Se recuerda, sobre la segunda, el caso de Helena Argirakis, quien como otros en otros lugares fue nombrada “delegada presidencial” en Santa Cruz, a manera de Gobernadora paralela. Y sobre, la tercera, menciono a René Joaquino, figura política local en ascenso, neutralizada por el MAS al acceder a una diputación por el partido de Gobierno.

Ahora el panorama es distinto. La tercera vuelta no tiene como ingrediente una resistencia al Gobierno. No se ha escuchado, hasta el momento -salvo de parte del señor Lara, quien promociona a algunos de sus seguidores- ataques directos al Presidente, ni muestras de una oposición orgánica en contra de su gobierno. No obstante la gran cantidad de siglas y candidatos, todo parece moverse en torno a lo estrictamente local y, los discursos radicales “anti” no son perceptibles. Parecería una aceptación tácita del nuevo orden nacional, tanto así que no hay una clara representación del oficialismo, como tampoco de las “oposiciones”; en cada municipio y en cada departamento hay acuerdos que no necesariamente se repican el los demás.

Ante la ausencia de partidos, en sentido estricto, las personas cubrirán el vacío. Pero, ojo, el antiguo régimen, que aún muestra reflejos, ahora opta por el “entrismo”, es decir por mimetizarse en otras expresiones, contrarias inclusive, para intentar reagruparse en el camino. Está en su derecho, digamos, pero mejor no aventurarse a apoyar a fórmulas en las que se detecte su presencia.

Finalmente está presente el fantasma de la dispersión que podría generar gobiernos locales débiles e incluso ingobernables. La pelota está en la cancha de los votantes, en cuyas manos está, una vez más, concentrar lo más posible su voto en las figuras más aptas para administrar los escasos recursos que les tocará manejar… mientras llega el 50/50.

La novelara

 


Se aproxima el emblemático hito de los 100 días, tiempo que generalmente se da el gobierno y se le da al gobierno para plantar los cimientos que deberán sostener el resto de su mandato.

Amén de unos cuantos sobresaltos -la pulseta con la COB, el contrabando de GLP y el aún vigente caso “maletas”, principalmente- la gestión ha puesto su sello y las señales -más que hechos concretos propiamente dichos- parecen deparar mejores días para Bolivia; reconozco, por supuesto, la acción “heroica” de haber quitado la subvención a los carburantes.

Es en la propia sociedad donde la sensación, con toda la carga de subjetividad que esto implica, de relativo optimismo se ha instalado fuertemente. Esto tiene su lado bueno en tanto construya confianza, que podría generar inversión y productividad impulsadas por el mercado, mientras el Estado implementa las condiciones (infraestructura, políticas educativas, leyes de incentivos, seguridad jurídica, etc.) para que ello suceda. Algunos indicadores han comenzado a mostrar que la tendencia negativa se está revirtiendo. Pero también, en la medida en que la gestión no consiga enrumbar dicho capital de credibilidad, las ahora en la sombra huestes retrógradas comenzarán a producir conflictos.

Me permito, ya ingresando al ”post 100”, sugerirle al Presidente que vaya dejando de lado las muletillas a las que nos tiene acostumbrados. Ya se entendió la idea y ya no suena bien machacar con esas frases.

Dicho en breve, el gobierno de Paz Pereira ha superado con relativa holgura la prueba. Esa siembra debe fructificar.

Hasta aquí, lo central, lo serio. Lo anecdótico, sin embargo, ha ocupado más espacio que el que merecería y así ha sucedido porque quien, haciendo de la autodegradación un deporte, se ha ocupado de ello es el propio vicepresidente, el inefable Edmand Lara.

Si bien su predicamento lamentoso y ridículo incorpora ruido al espacio público, no ha incidido mayormente en el curso de las acciones del Ejecutivo. Hacen bien el Presidente y sus colaboradores en ignorar las groseras provocaciones de dicho sujeto. Caer en el juego del “capitán” sería empeñar el Gobierno a sus delirios.

Como reza el título, lo suyo es una “novelara”, la suya en compañía de su pareja marital, muy defectuosa, a la que no le faltan elementos de melodrama -desmayos, llantos, infidelidades, rabietas, amenazas, arrepentimientos, delirios de persecución, disfraces de variados personajes, mal gusto, despistes, etc.- En algún sentido, el brulote es un éxito. El individuo baila en la boca de medio mundo; inclusive ha dado un giro “for export” para solaz de los televidentes peruanos.

Si la idea es que hablen de uno, así sea para que ser ridiculizado, Lara lo está haciendo de maravilla. Por lo demás, ya en términos de política, el berrinche le está causando el proceso más rápido de autodestrucción, hecho certificado por una encuesta que sitúa en un nivel ínfimo la aprobación ciudadana a su figura.

Así las cosas, reducidos a la anodinia, el individuo y su pareja seguirán en plan circense mientras en el plano de la gran política y de la economía, las decisiones que importan seguirán, esperamos, sosteniendo el vaso medio lleno.

miércoles, 7 de enero de 2026

A mi (nuestra) manera, o cuando enero se volvió octubre

 



Tengo por costumbre la de dedicarle mi primera entrega de cada año a mis propios asuntos. La razón, más o menos cierta, es que durante los primeros días de enero “no pasa nada” y, además, el supuesto de que nadie está para leer columnas tan temprano. Por tanto, escribir sobre uno mismo sirve para llenar el espacio y, de paso, hacer algo de catarsis. Al fin y al cabo, nadie se va a enterar.

De hecho, el título ya estaba decidido –“A mi manera”, como la canción popularizada por Sinatra (dejo en claro que no es suya)- y tenía pensado centrarme en mis ideas sobre la educación.

Pues eso queda para una próxima oportunidad porque los acontecimientos nos han desbordado. ¡Quién iba a pensar que tendríamos un comienzo tan “movido”!

Por estos lares, nos encontramos con que grupos afines al antiguo régimen se dieron a la tarea de importunar la vida de los ciudadanos, en su afán de desestabilizar al gobierno luego de la emisión del DS 5503 que ordena la economía boliviana, moribunda tras veinte años de administración masista.

A poco más de cuarenta días de ejercicio, el flamante Ejecutivo está siendo asediado desde el frente evista y sus huestes residuales mimetizadas en “sectores sociales” y, quién lo diría, desde el frente interno, con constantes arremetidas provenientes del sujeto que funge como vicepresidente.

Vale decir que este Gobierno no ha gozado de lo que en la etiqueta política se conoce como “los cien días”, o sea, el periodo de gracia, el beneficio de la duda, que se le debe conceder para tomar decisiones y trazar políticas -en este caso, para superar la crisis económica-, pasados los cuales la sociedad podría evaluarlas y, en su caso, cuestionarlas.

Lo llamativo es que, a horas de su emisión, el 5503 ya había resuelto dos de los más acuciantes problemas: la provisión de carburantes y la contención de la cotización del dólar en alrededor de 10 Bs. dando certidumbre a las operaciones económicas. ¿Pretenden, con sus demandas, los “movilizados” bloqueadores llevarnos de vuelta a las filas en los surtidores, al dólar por encima de los 20 Bs. y sin inversiones? ¿enero se volvió octubre?

Para rematar, el contexto externo nos ofrece una perla geopolítica: El señor Trump “liberando” al pueblo venezolano del tirano Maduro. Las connotaciones de la operación son, sin embargo, ambiguas, por decir lo menos. En la medida en que comienzan a hacerse más explícitas, el inicial entusiasmo de muchos podría trocarse en desazón.

Sin entrar en mayores consideraciones al respecto, retrotraigo la primera impresión que tuve tras conocer aquellos hechos: valorar que, en nuestro país, habíamos logrado superar, que no solucionar, nuestros problemas internamente, sin intervencionismo alguno y, es de esperar, que sigamos haciéndolo de esta manera, incluso los que afrontamos en este momento, mencionados anteriormente.

Ciertamente, a diferencia de Venezuela, donde la dictadura -que no ha sido desmontada- se asienta en las Fuerzas Armadas, en los grupos armados irregulares pero consentidos y promovidos por el propio régimen, en el control de la justicia y el órgano electoral, y en el narcotráfico -probablemente, lo único que ha sido “tocado”- en Bolivia no se llegó a tal extremo: “solo” sufrimos los embates de la justicia amañada, los fraudes electorales y la amenaza del narco chapareño. Hubo intentos de organizar grupos armados –“Estado Mayor del Pueblo” y otros- que no prosperaron. Ayudó, cómo no, la autofagia en la que se enfrascó el masismo.

Los bolivianos conseguimos, a nuestra manera, derrotar a la dictadura.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

2025: El año de la liberación

 


Vuelvo a cerrar la gestión de “Agua de Mote” de la manera en la que vengo haciéndolo desde hace quince años (2010): caracterizando, a mi modo de ver, el que concluye (2025). Finalmente parece, ojalá así sea, que el oprobioso régimen que llevó al desastre a Bolivia quedó definitivamente atrás. Veamos cómo llegamos a ello:

2010: “El año del rodillazo”. Aquel que propinó Evo Morales Ayma a un rival circunstancial en un partido amistoso. Abuso de poder, irrespeto a las normas.

2011: “El año del MASking”. En referencia a la cinta con la que las fuerzas al mando del señor Sacha Llorenti sellaron las bocas de los indígenas de tierras bajas en su marcha por el TIPNIS.

2012: “El año de la caca”. Tomado de una frase de Morales Ayma para graficar, según él, las relaciones del Estado boliviano con el de Estados Unidos.

2013: “El año de la extorsión”. Cuando una parte del personal de Gobierno estableció un consorcio de carácter extorsivo, ofreciendo intercesión judicial a los presos en general, no sólo a los políticos.

2014: “El año del Estado plurinominal”. Las ya ilegales elecciones de entonces, lo fueron más aún con la mala denominación impresa en la papeleta electoral. Sin embargo, como de costumbre, no pasó nada.

2015: “El año de Petardo”. La mascota adoptada por marchistas potosinos fue todo un símbolo de la democracia por entonces.

2016: “El año NO-Evo”. La ciudadanía se expresó mayoritariamente en contra de la reelección indefinida del tirano.

2017: “El año del Nulo”. Nueva, y contundente, derrota del régimen. Esta vez en las elecciones judiciales.

2018: “El año de la doble pérdida”. Bolivia perdió definitivamente el mar con el fallo de la Corte Internacional de Justicia y perdió la democracia con la sentencia del Tribunal Constitucional allanando la elección indefinida del tirano, a título de un supuesto “derecho humano” a la misma. El primer caso tuvo, este año, su correlato con el fallo contrario a Bolivia en el caso Silala.

2019: “El año de la gesta democrática de Bolivia”. La ciudadanía, que había soportado estoicamente años de arbitrariedades del autócrata ya no permaneció impávida ante el evidente fraude electoral y el tirano tuvo que tomar las de Villadiego. Lo que vino luego, como gestión de gobierno, es otra historia.

2020: “El año de la Calamidad”. Llegó la pandemia, con sus terribles consecuencias en términos de pérdidas de nuestros seres queridos.

2021: “El año del aguante”. Se pidió a la ciudadanía aguantar el embate de la pandemia mientras se gestionaban las vacunas.

2022: “El año de la emancipación de Arce”. Hasta abril del año pasado, el Presidente era una especie de Cámpora o Medvedev, es decir, un muñeco obediente a los designios del Jefazo, al extremo de ganarse el sobrenombre de “Tilín”. Pero la marioneta adquirió vida propia, de forma más parecida a la de Lenin Moreno, aunque éste lo hizo apenas fue posesionado, propiciando un juicio contra Rafael Correa que anuló toda posibilidad de éste a participar en las elecciones anteriores.

2023: “El año de la bifurcación”. “¿Hará algo similar con Morales Ayma?”, preguntaba al cierre de la caracterización previa. “Se veía venir”, podría apuntar un transeúnte cualquiera. Y aunque todavía hay quienes insisten en que se trata de una tramoya destinada a distraer a la opinión pública para, llegado el momento, simular el “sana-sana” y montarse en las elecciones a caballo ganador –si así fuese, la levaron demasiado lejos–, más bien parece que se trata de una ruptura en serio, “una bifurcación” como la llamaría el profeta Linera. Esto podría arrojar el aplastamiento total de una de las facciones o la anulación mutua de ambas, lo que abriría una ventana de oportunidad al crecimiento de una opción proveniente del campo democrático.

2024: “El año del agotamiento”. Coincidentemente con el agotamiento de las reservas -las de gas y las RIN- se agotó el modelo masista de gestión político-económica. Comenzó, en realidad, en 2016 y se fue agudizando hasta llegar a su estado actual. Podría decirse que sin gas que abone una chorrera de dólares al Estado no hay tal “modelo”: pero, para peor, los ingentes ingresos que ello supuso fueron dilapidados de la forma más ruin posible. Con prácticamente 20 años en el usufructo del poder, el régimen masista deja a Bolivia, en puertas de su bicentenario como república independiente, en una situación extremadamente delicada, pero, al mismo tiempo, ante la oportunidad de cambiar de rumbo y dejar atrás el ignominioso periodo masista.

2025: “El año de la liberación”. El antiguo régimen no solo fue derrotado, prácticamente fue borrado del mapa. Los tres primeros lugares resultantes de las elecciones generales fueron ocupados por expresiones políticas de oposición (hasta ese momento), dos de las cuales dirimieron el “el título” en segunda vuelta dándole la victoria a don Rodrigo Paz Pereira, quien, una vez en funciones, asistido por un equipo “top”, está reencaminado al país en materias económica y social. La democracia está de vuelta.

Cordiales abrazos.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Tiempos. responsabilidad, decisiones


 


Ha transcurrido un mes de la gestión gubernamental liderada por Rodrigo Paz Pereira. Le quedan dos, en términos convencionales de “beneficio de la duda” que se suelen considerar en estos trances.

Por tanto, precipitarse a reclamar por “incumplimientos” o, directamente, descalificar al nuevo gobierno, no es apropiado, por decir lo menos.

Pero un mes, en las circunstancias en las que el Presidente asumió el cargo -respaldado por un equipo competente- parece una eternidad. La relatividad es ley.

Hay tanto por recomponer y tan grande es el desastre, particularmente económico-financiero, que dejó el régimen masista que para hacerse cargo de tal situación hay que tener un sentido muy profundo de compromiso con el país. Se agradece y, en cierto sentido, resulta hasta desconcertante que haya gente dispuesta a cargar semejante fardo.

Al mismo tiempo, sin embargo, se abre una amplia ventana de oportunidades de la que, si las acciones gubernamentales logran reencaminar el rumbo del país, disfrutará la siguiente gestión y la población en general.

Esto no quiere decir, como algunos sostienen, que el actual sea un “gobierno de transición”, puesto que su misión trasciende el mero hecho de pasar la posta al próximo con una pista libre de piedras. No se puede realizar dicha proeza si no se logra cambiar profundamente la estructura institucional -corrupta, prebendalista, patrimonialista- que dejó el antiguo régimen, Y las primeras señales que dan Presidente y sus colaboradores van en esa dirección. Eso no es solo “transición”; es reforma -¿Calificaría usted como “gobierno de transición” al de Paz Estenssoro entre 1985 y 1989?-

Más allá de lo conceptual, es perceptible un nuevo aire en la sociedad: un optimismo moderado, consiente de las limitaciones que la realidad impone, se deja sentir en el ambiente.

Probablemente por ello, la reciente encuesta del Grupo Mori, difundida por Unitel, otorga a don Rodrigo Paz Pereira un altísimo grado de aprobación. El dato, por otro lado, implica una responsabilidad para no defraudar a la ciudadanía que le da este impresionante voto de confianza.

El tiempo comienza a hacer su trabajo y la impaciencia puede ser aprovechada por los retrógrados para calentar el caldo de cultivo de la violencia. La responsabilidad no siempre se adecúa a las urgencias y eso puede afectar a las decisiones (o a la administración de éstas).

En la planificación con enfoque hacia resultados de las empresas privadas se aplican instrumentos que evalúan el alcance de las acciones en relación al cumplimiento de las metas.

OKR (Objetivos y Resultados Clave) y KPI (Indicadores Clave de Desempeño) van señalando el camino de la consecución de logros y de los ajustes que, en su caso, se requiriesen.

Esto lo conocen, sin duda, quienes tienen en la actualidad (los que se fueron no tenían idea de nada, salvo de saquear al Estado) de conducir las diversas áreas del Gobierno, pero la administración de la cosa pública tiene ciertas distancias con la privada. No obstante, mientras más se acerque a ésta lo hará con mayor eficacia y eficiencia.

Lo lamentable es que, aparentemente, desde otra instancia del Estado, alentado por corrientes regresivas, inclusive con nombre y apellido de su operador, se está gestando un boicot para paralizar la gestión gubernamental.

Para superar esta contingencia quizás sea pertinente que se vaya pensando en acercamientos, sino alianzas, con elementos más afines que, superando algunos resentimientos, le den certidumbre a la población. Menudo desafío.

sábado, 29 de noviembre de 2025

El opasitor

 

Personaje de escasas luces intelectuales pero dotado de un extraordinario talento para la manipulación emocional, el señor Edmand Lara, a la sazón Vicepresidente de Bolivia, ha hecho de las suyas a menos de un mes de haber asumido el cargo. Ya lo vino haciendo durante la época electoral, con la diferencia de que ahora sus acciones “hacen estado”, es decir que tienen carácter de autoridad.

Lo hace munido del teléfono móvil, a través de la aplicación Tik Tok, desde la cual lanza diatribas, insensateces, chismes, confidencias personales, quejas, chantajes, y todo tipo de ridiculeces 24/7 en un ejercicio enfermizo por llamar la atención, victimizarse y autoelogiarse; cosa que sin el dichoso dispositivo no pasarían de ser cotilleos de lavandería. Ciertamente, un público carente de pensamiento crítico, incondicional del “influencer”, se encarga de expandir tales bellacadas y, al hacerse noticia, los medios las reproducen con algo de reserva profesional.

En tal sentido, el sujeto se parece a los adolescentes y jóvenes −en ellos es frecuente y hasta comprensible− que padecen de dependencia de las redes, particularmente de Tik Tok y son propensos a una especie de síndrome de abstinencia en caso de que se les privara durante diez minutos del aparato o que de pronto, se quedaran sin “megas”, pudiendo derivar, inclusive, en transtorno del sueño o enfermedades neurológicas más graves, debido a la compulsión por estar enganchados a la red.

El problema es que el individuo al que nos referimos no es adolescente ni joven, en el sentido biológico de la palabra −y desde hace tres semanas ejerce nada menos que el segundo cargo del Estado, primero en la línea de sucesión a la Presidencia−. Es que, sencillamente no califica, psicológica y mentalmente, para asumir tan delicados cargos y lastimosamente no hay en nuestra normativa constitucional un mecanismo “express” para destituirlo por incapacidad manifiesta para ostentarlos.

Desde el minuto uno de la posesión, el blanco elegido de sus dardos tiktoqueriles ha sido el Presidente, a quien lo tiene entre ceja y ceja −¿envidia, desesperación, “venganza”?−. Afortunadamente, dichas calenturas no han hecho más que afirmar la autoridad del Primer Mandatario. Es decir que la figura más reconocible de la oposición es el propio desertor del verde olivo.

También desde entonces, por la propia exposición (presencia) que incumbe al puesto, el susodicho combina lo virtual con la acción efectiva, aunque siempre mediada por la dichosa aplicación, para “performatizar” su proyección política, llena de caprichos como el de vestir el uniforme policial −manifiesto acto de corrupción por falsedad material e ideológica, además de traer a la memoria horrorosos recuerdos de tiempos de golpes y contragolpes; o, al menos, un acto de muy mal gusto−.

De ahí a la mentira más abyecta hubo poco trecho. Afirmar que el video que puso en su cuenta para contar su desdicha marital, cuernos de por medio, era producto de un “hackeo”, cuando todas las pericias coinciden en que el mismo era auténtico, es decir que fue el propio Vice quien lo produjo y publicó, lo pinta de cuerpo entero: estamos ante un chantajista, manipulador y mentiroso compulsivo que juega a ser la víctima en sus delirios tiktoqueros.

Y, para rematar (re−matar), convoca, entre líneas, a las FFAA a una aventura golpista. Si bien tiene su propia entidad, no tengo duda de que, por detrás, hay hilos que los mueven: basta con ver quiénes baten palmas a cada provocación suya. Y el opasitor no lo niega.

jueves, 13 de noviembre de 2025

Buenos auspicios


La primera jornada del mandato gubernamental de don Rodrigo Paz Pereira tuvo dos elementos externos que marcaron aquel día: la copiosa lluvia que enmarcó la posesión, durante la mañana, y el “saludo” luminoso con que el GAMLP honró al nuevo Presidente durante la noche.

Lejos de deslucir el evento, tal como el propio gobernante lo refirió en su discurso -no estaba previsto que lo hiciera horas antes, lo que dice bien de su capacidad de improvisación, en el buen sentido del término- la precipitación fue interpretada como una “limpia” del estropicio que dejó el antiguo régimen.

Quedó simpático el gesto edil de resaltar el apellido paterno de Primer Mandatario omitiendo el artículo del nombre de nuestra ciudad; duró unas horas y fue suficiente como anuncio de una nueva y promisoria era, pero, como creo que sucederá, no debe repetirse. La tentación del culto a la personalidad es una debilidad de ciertos líderes y, sobre todo, de las huestes que los aúpan. Entiendo que Paz Pereira no está en tal tesitura y eso es otra buena señal, además de marcar una enorme diferencia con un pedófilo que fue comparado con Dios por sus seguidores y que el susodicho asumió como cierto.

La concepción del imaginario de los auspicios procede de la antigua Roma. Se refería a la interpretación de signos “divinos”, principalmente el comportamiento de las aves, para la toma de decisiones importantes como ir a la guerra, convocar a asamblea o fundar ciudades.

Los augures eran los encargados de interpretar dichas señales. Para el caso, la ciudadanía actuó como tales.

Ahora bien, como se dijo que el comportamiento de las aves y los auspicios podían ser tanto buenos como malos. Para lo segundo, se hablaba de “aves de mal agüero”. Creo que también, sobre todo los días posteriores a la asunción del mando, están apareciendo y, curiosamente, no desde afuera. Pero no es este el momento de hablar de ello.

Los buenos, también se fueron sucediendo durante la etapa previa a la toma de posesión: una apertura “express” a los más importantes organismos institucionales, una tendencia a la baja de la cotización del dólar, una sensación de esperanza de mejores días, la reposición de símbolos patrios…

E, inmediatamente después, el arribo de cisternas para paliar el suministro de carburantes. Como si, por arte de magia, se hubieran acabado las marejadas (fenómeno marítimo al que muchas veces el antiguo régimen atribuyó a la escasez de carburantes). Y, horas más tarde, la posesión de un gabinete a la altura de las álgidas circunstancias. Un tsunami de aire fresco.

Como en cualquier otra situación, la gestión del flamante gobierno experimentará tropiezos (chamboneadas propias) y zancadillas (tanto internas como externas). En principio cuenta con una disponibilidad social favorable que va a “blindar” las amenazas que se le vayan presentando, pero si las acciones del Gobierno no se materializan en una mejora sostenible de las actuales condiciones, tal blindaje podría ir perdiendo espesor.

Hay motivo para el optimismo moderado; soplan bueno vientos. Refrendarlos es la delicada misión de Paz Pereira y su equipo gubernamental. Amén.