jueves, 3 de septiembre de 2026

CPE: Candado Político del Estado


 


“Ha durado o existido o ha sobrevivido a gobiernos liberales y conservadores, a gobiernos de izquierda y de derecha, militares y civiles, neoliberales y populistas; esto abona, en alguna medida, en favor del texto constitucional actual”.

En estos términos, transcritos de la serie “Bolivia, siglo XX” (Capítulo “La Constitución”) de PAT, se refería el expresidente Luis Adolfo Siles Salinas a la Constitución Política del Estado que entró en vigencia en 1967. Recordemos que Siles Salinas asumió la presidencia luego de la muerte de René Barrientos; pero durante el proceso de elaboración de dicha CPE se desempeñó como presidente del Congreso Constituyente, en su condición de vicepresidente, y en tanto presidente nato del Congreso de entonces. Como dato colateral señalo que el Legislativo actuaba como Congreso Constituyente durante la mañana y lo hacía de manera ordinaria durante la tarde.

Se puede relativizar su afirmación mencionando, por ejemplo, que durante los regímenes militares la constitución fue puesta a un lado y se recurría a un dispositivo espurio llamado “decreto-ley” para ejercer el gobierno. Pero una abrogación propiamente dicha no hubo.

En el marco democrático, siguiendo sus propios pasos para tal efecto, se le introdujeron reformas en 1994 (mayoría de edad -voto- a los 18, creación del Tribunal Constitucional, del Defensor del Pueblo, del Consejo de la Judicatura, reconocimiento del carácter pluricultural y multilingüe de Bolivia, etc.) y en 2004 (Institución del referéndum, de la iniciativa legislativa ciudadana, etc.).

También podemos, de manera colateral, mencionar que la reforma de 1961 constitucionalizó las medidas que el régimen de la Revolución Nacional había implementado mediante decretos; vale decir que tales medidas, el voto universal, por ejemplo, fueron adoptadas de manera extraconstitucional, previamente y, años después, incorporadas a la CPE.

Otro tanto podría decirse del DS 21060, que recientemente cumplió 40 años que, si bien no fue incorporado ni como ley y menos como artículo de la Constitución, se “saltó” el procedimiento. En su favor podría argumentarse que la situación era tan álgida, que casi nadie cuestionó su vigencia.

Comoquiera que fuese, dichas “excepciones” no aguantarían un control de constitucionalidad en nuestros días; menos aún con la CPE vigente. Si la del 67 era rígida, la de 2009 es “ultra rígida” -para empezar, una reforma total requiere Asamblea Constituyente y referéndum constitucional; una parcial, mayoría calificada y referéndum”.

Vale decir que las reformas parciales -necesarias y urgentes a la vez- requieren de no menos de seis meses para su puesta en marcha -en el caso de que sean aprobadas por el soberano en un referéndum-.

Tan rígida es la ya anciana constitución de 2009 -envejeció abruptamente hace 10 años- que ni su propio promotor pudo cambiarla para adecuarla a sus intereses. Intentó otras vías (incluido el fraude) y así le fue.

Ahora bien, además del candado descrito, el Gobierno se enfrenta a un dilema en su propósito de avanzar en las reformas que ya tendrían que estar en la consideración congresal: el estado de excepción. Según misma CPE, un proceso de reforma no corre en tal situación y si se decide ampliar la excepcionalidad también se alarga el tiempo de iniciación del proceso.

¿Qué decisión tomará el régimen? Por lo pronto, las principales fuerzas con representación parlamentaria han manifestado su predisposición a un entendimiento dada la urgencia de las reformas.

Conciliar la necesidad con las prescripciones constitucionales vigentes es el gran reto para destrabar el candado es el gran desafío para Bolivia.

jueves, 20 de agosto de 2026

No cuadra, Presidente

 


Tenía pensado el contenido de esta columna con anterioridad al escándalo “Beller-Cerimedo” suscitado recientemente. Si independientemente de éste ya tenía motivos para referirme al curso que ha tomado el devenir gubernamental, con su irrupción en escena, es imposible soslayarlo, máxime si se suma a otros hechos observables en las proximidades de cumplirse un año de la gestión del presidente Rodrigo Paz Pereira.

Comenzaré, incidentalmente, refiriéndome al hecho que, en mi criterio, derivó de un asunto de faldas a una mezcla de intento de crimen pasional con interés político.

Es un secreto a voces que día a día numerosos triángulos amorosos estén lidiando sus entuertos entre bambalinas, aunque algunos sujetos cercanos a alguno de los involucrados conozcan detalles escabrosos de tales relaciones. Mientras no pasen a mayores -amenazas, violencia explícita o, como en el caso en cuestión, hechos de sangre- estos sucesos permanecen en la esfera de lo privado, no pasan del entorno más próximo a sus protagonistas.

Mientras mantuvieron en relativa reserva su relación -en el sentido de que no la exponían públicamente- no fue un tema de atención mediática. Al ser sus actores parte de la farándula política -la única farándula real en Bolivia- ciertos detalles de sus cuitas amorosas hubiesen trascendido antes de que ocurriese la acometida penal que nos ocupa. Porque ambos sujetos de este intríngulis son, evidentemente, figuras al menos “controversiales” de la política en general y de la local, más la dama que el caballero, en particular.

Mi punto es que, más allá de las dudas razonables que rondan la escena del “tiroteo”, si la víctima conocía, sin ser partícipe, los hechos que originan las graves acusaciones que ha vertido señalando a varios jerarcas, incluyendo sus parentelas, ¿por qué no los reveló en su momento? Al hacerlo como consecuencia de su actual situación se autoincrimina como encubridora. Y si fue partícipe, como cómplice. Para exponerse de esta manera podría considerarse que mucho de lo que asevera tiene base real. Pero también hay elementos que no cuadran en sus actos.

Y lo suyo, señor Presidente, no cuadra -este debería haber sido el comienzo de la columna de no haber sucedido el “Bellergate”, una raya más al tigre, se diría-

Es cierto que acontecimientos extrínsecos no tendrían porqué ser cargados a la responsabilidad de un mandatario: a pocos días de la asunción del flamante presidente de Colombia, sobrevino un terremoto de colosales dimensiones. Solo a una mente enfermiza podría ocurrírsele que tal fenómeno sísmico fuera causado por una decisión del Ejecutivo. Pero lo que sigue a la desgracia natural es la gestión de la reconstrucción y si esta no tiene efectividad o, peor aún, es aprovechada para, por ejemplo, desviar recursos destinados a paliar el siniestro, el Gobierno será, indefectiblemente, señalado como responsable del terremoto, en sentido ampliado. Eso ha sucedido con casos como el de la gasolina desestabilizada, el del desabastecimiento de carburantes, el de las maletas, el del oro con destino a Dubai que casi burla los controles, o inclusive el del avión siniestrado y los billetes serie “B” etc. Probablemente no hayan sido cometidos por personal gubernamental, pero las erráticas cuanto contradictorias “explicaciones” sobre los mismos generan la sensación de, al menos, nexos con sus autores conocidos, la mayor parte en libertad o tramitándola (acá entra el tema de la justicia que da para otra columna más, aparte de las que yo mismo he escrito y las cientas que otros colegas han publicado).

Pero también están los acontecimientos intrínsecos: hechos de corrupción originados dentro de la administración estatal, incluidas las empresas públicas, las designaciones cuestionables, el inexistente cuerpo diplomático, el ninguneo a los partidos -que genera susceptibilidad por lo que podría entenderse como transfugios-, las inconsistencias en el discurso (caso comandante de la Policía y ministro de Gobierno sobre la (no)aprehensión de Morales Ayma), las muestras de autocomplacencia, cuando no llunkerío puro (“Condor de las Andes”, declaratorias de linajes). No cuadra, Presidente.

Los mantras (frases repetidas ad infinitum), “Bolivia, Bolivia, Bolivia”, “Bolivia al mundo; el mundo a Bolivia”, “Estado tranca”, etc. funcionan en tiempos electorales. En el ejercicio de la gestión lo que cuenta son los actos. Y lo que se ve, se anota.

sábado, 8 de agosto de 2026

Bolivia, en mi corazón

 



Por designio del destino, la publicación de estas líneas coincide con los fastos por el aniversario de la creación de nuestra república.

El bicentenario se celebró con austeridad, debido a las paupérrimas condiciones económicas en que quedó el país luego de dos décadas de gobiernos del MAS, además de que nos encontrábamos sumidos en las campañas electorales que, lejos de unificar, invitan a tomar partido por una u otra opción; y, por si fuera poco, el solapamiento del “Estado plurinacional” sobre la forma republicana, que es, al fin y al cabo, la que se conmemora, atentaron contra una gran oportunidad para, al menos por unos días, Bolivia se convirtiese en el centro de las miradas del orbe.

En términos de simbolismo, no es lo mismo cumplir 200 que 201 como, en términos personales, no es lo mismo cumplir 50 que 53. El primer año post-bicentenario es el inicio del camino hacia los 250 -hace un mes los estaba festejando Estado Unidos-.

Si algo hay que agradecerle al bicentenario es que marcó la proscripción, por decisión popular, del MAS en todas sus expresiones, abriendo las puertas hacia un renovado sentimiento de esperanza.

Sin embargo, la nefasta herencia que dejó en el Estado el masismo, sumada a los desaciertos cometidos por el nuevo régimen en estos meses, configuran lo que sostuve hace un tiempo: que lo viejo no termina de irse y lo nuevo no acaba de instalarse. Lo delicado de esto es que con el tirano Morales Ayma moviéndose a sus anchas en su reducto chapareño -desafiando, inclusive, a que el Presidente, “si es machito”, se dé una vuelta por sus dominios cocaleros- cada tropiezo del gobierno abona al discurso regresivo de los restos del antiguo régimen que, eventualmente, podrían converger para reponer, por la vía que fuera, el narcoestado. Está claro que, durante los años del MAS, los cárteles -que el evismo llamaba “emisarios”- actuaban con total libertad. Tras la detención y posterior extradición de Marset, quien, a mi juicio, actuaba como el “garante” de la pax entre las bandas criminales, éstas se han desbocado y su guerra por el control territorial está causando una seguidilla de asesinatos cometidos por sicarios de uno y otro bando.

Esa “gran nación” de la que nos habla la cueca, ese “amor desenfrenado de libertad” que proclamaba Bolívar, siguen portando, en su sencilla definición, un profundo arraigo ciudadano. Pero el lirismo sin un correlato que dé certidumbre sobre el porvenir, queda solo en eso.

Es posible que, al tiempo que usted esté leyendo este texto, el Presidente ya hubiese concluido la lectura de su discurso que si bien, no es de gestión como lo era antes hasta que se alteró la secuencia electoral -elecciones en el primer domingo de julio y posesión el 6 de agosto- será valorado, en el sentido que se quiera, por sus contenidos más que por las formas. El análisis se encargará de validarlo o de observarlo.

En lo que a nosotros toca, seguiremos contribuyendo, desde el llano, a proyectar a Bolivia, en diversos ámbitos, a la construcción de su anhelado bienestar democrático y económico, a la promoción de su diversidad cultural y a su sostenibilidad.

Por mejores días… ¡Felicidades, Bolivia!

jueves, 23 de julio de 2026

Tocando madera

 


Si encontrar mercados para artículos exportables implica un colosal esfuerzo, conservarlos es doblemente exigente, al tiempo que meritorio dados los compromisos contractuales, la logística, el control de calidad y, dependiendo del tipo de mercadería, especificidades propias de cada ítem.

En mis días de secundaria, mi profesor de historia, Mario Salinas -lo nombro porque, pese a que busqué con denuedo información que lo corroborase, no la encontré- contaba que en un relativamente lejano pasado, Bolivia exportaba guayabas a Inglaterra. Pero sucede que, al llegar a puerto, la fruta era echada al océano, mientras que las cajas que la contenían eran llevadas a centros de venta donde se las comercializaba. Ya habrá deducido usted lo que pasaba: el material de tales contenedores era alguna especie de las muchas de maderas preciosas que se dan en nuestro país. La “demanda de guayabas” concluyó cuando los exportadores bolivianos cambiaron el material de empaque. Cierto o no, el caso ilustra la generosidad forestal de nuestro suelo. También sirve para remarcar que las regulaciones en el sector maderero le han dado a éste la carta de sostenibilidad.

En tiempos de añorado ATPDEA, junto a los rubros de la joyería, artículos de cuero y textiles, incluidas las confecciones, el de la madera trabajada (muebles y, curiosamente, puertas) se abrió un “huequito” en el mercado estadounidense. Si bien en términos monetarios no fue un ingreso significativo, de haberse mantenido el mecanismo de preferencias arancelarias, hoy estaríamos hablando de montos importantes por tal concepto. Como se sabe, por las rencillas personales de Morales Ayma con la embajada de EEUU, este país decidió cancelar el beneficio.

Pero hasta estos días, la madera de procedencia boliviana no había sido objeto de una acusación tan ligera como la que hizo el fiscal chileno que la relacionó con el tráfico de drogas.

Hasta ahora, me abstuve de emitir juicio alguno al respecto. Esperé a tener mayores elementos para hacerlo y éstos llegaron cuando, desde Bolivia, se desmintió la versión del vecino. Pero, en el camino, no sin intencionalidad política, hubo quienes lo adelantaron causando un daño gravísimo al sector maderero boliviano que, repito, no había sido estigmatizado tan duramente en toda su existencia.

El caso “narcomaderas”, como lamentablemente va a pasar a la posteridad, entremezcla todas las formas posibles de manipulación de la información. Llegué a escuchar la patraña de “1 800 toneladas de droga”, cuando en realidad se trata de 1 080 toneladas de tablones retenidos en la aduana de Arica por la supuesta impregnación de cocaína en los mismos -supuestamente 100 toneladas-. Si bien el narcotráfico ha ideado las formas más “creativas” de burlar los controles aduaneros, el sentido común parece decir que tal truculencia es, al menos, improbable. Ahí entran los análisis periciales que demuestran la inexistencia de la sustancia en la carga de referencia.

Pero ya no es solo el fiscal quien sostiene la acusación; en una suerte de reacción corporativa se ha pronunciado también el delegado presidencial para la región quien asegura que las “investigaciones” siguen en curso y emite una serie de alusiones a los “narcotraficantes”.

Entretanto, cuando el país requiere con urgencia divisas provenientes de las exportaciones, las de madera han decrecido en 60% a causa del malintencionado proceder de autoridades chilenas.

Más allá de las obvias implicaciones económicas del caso, sus alcances ya alcanzan los terrenos diplomático, jurídico y político, además de afectar la honra de empresarios, hoy al borde de la quiebra.

Queda tocar madera para que la verdad salga a flote y se reparen los daños y perjuicios causados no solo a personas sino a nuestro propio país.

miércoles, 8 de julio de 2026

Rolling Stones: marca indeleble

 

“Ahora en 1994, mitad leyenda, mitad realidad concreta, los Rolling Stones continúan cautivando auditorios y vendiendo discos. La gira actual es una mezcla de alta técnica, viejas y modernas canciones y tiene una parafernalia logística de última tecnología que ocupa más de doscientas personas”.

En tales términos, el diplomático, ya fallecido, Agustín Saavedra Weise, se refería al grupo más longevo en actividad entonces (1994). Haciendo una excepción a las temáticas que abordaba en su columna, el embajador destinaba su espacio periodístico a ensalzar a una banda de rock, algo que a muchos podría parecerle un desperdicio, una ligereza impropia de un intelectual.

Más de veinte años después, Saavedra podría publicar el mismo contenido y nadie pondría en duda su actualidad. El hecho es que mañana, 10 de julio de 2026, los Rolling Stones publicarán su nuevo álbum, adelantando una probable gira; el 12, celebran su sexagésimo cuarto aniversario -tomando como punto partida su primera actuación documentada con ese nombre, aunque ya llevaban como dos años tocando y probando otros nombres-, y, por si fuera poco, el 26, Mick Jagger cumplirá 83 años, en gran estado físico y en pleno uso de sus facultades mentales y artísticas. Considerando la volatilidad del negocio musical y el estilo de vida que se les atribuye a algunos de sus exponentes, estos guarismos son, en sí mismos, récords absolutos.

Ya en 1994 podía considerarse como una anomalía que “esos viejos” se atrevieran a emprender giras tan desgastantes -que ya no necesitaban hacerlas por necesidad económica-. La que refiere Saavedra es la que siguió a la publicación del álbum “Voodoo Lounge”, de la que yo mismo fui parte del público asistente en su tramo sudamericano -Santiago de Chile, 1995-.

El álbum que verá la luz mañana se llama “Foreign Tongues” y sucede a “Hackney Diamonds”, editado hace tres años y ganador de varios reconocimientos, entre ellos un “Grammy”.

Ocurre que, desde hace unas cuatro décadas, la entidad llamada Rolling Stones ha trascendido de ser solo una “band” a convertirse en “brand”; es decir que conserva su carácter de banda mientras se gestiona como marca.

La marca abarca una serie de negocios conexos que convergen en la música y la larga historia del grupo. Nada queda al azar -lo hemos visto durante la campaña promocional del álbum en cuestión-.

Una historia que atraviesa siete décadas en las que el mundo ha soportado guerras, desastres naturales, cambios tecnológicos, cambios políticos: Vietnam, Guerra del Golfo, el conflicto permanente en medio oriente, más recientemente la Guerra de Rusia contra Ucrania; las transmisiones vía satélite, la llegada a la luna, el internet y las redes sociales, los discos compactos, los dvd, Spotify, la inteligencia artificial; la caída del muro de Berlín, diecisiete mundiales de fútbol, incluido el actual…

Y acá están estos veteranos dando batalla. La huella que dejan en la cultura, más allá de la marca comercial, es indeleble.

Bienvenido, “Foreign Tongues”.

miércoles, 24 de junio de 2026

Del estado de excepción al estado de gracia

 


Estuve meditando acerca del “timing”, término anglo que no tiene una traducción en una sola palabra en castellano, por eso decimos “taiming” y suponemos que hablamos de lo mismo: control y administración del tiempo. Pero la idea, pienso, va más allá de solo eso. Creo que implica la noción misma de tiempo, a su percepción, a su relatividad.

Durante la crisis de los 50 -me refiero a días, no a años, aunque quienes estuvieron en medio del conflicto lo hayan sentido como tales- se entrecruzaron tres timings: el de los golpistas, un variopinto conglomerado de pintorescos personajes al servicio de Evo Morales; el del Gobierno, apegado a su legitimidad electoral; y el de la ciudadanía, maniatada por ambos flancos.

Para los primeros, la peregrina idea de exigir la renuncia del Presidente tuvo 48 horas tan elásticas que se estiraron -y éstos no tenían problema, mientras fluyeran recursos, en alargarlas hasta que florezca el chuño-.

Para los gobernantes, un juego de nervios y de cálculo para ir desgastando la intentona de asonada sin causar bajas en las filas subversivas que, como se sabe, es el expediente al que recurren los “movimientos sociales” para victimizarse y justificar sus propios delitos, atentados y bloqueos criminales. El “ritual de sangre”, del que hablaba Quintana. El Gobierno apostó a que los golpistas cayeran en sus propias contradicciones, ante la impaciencia de la población que le pedía acciones directas. Cuando el golpe implosionó apretó el botón del estado de excepción, ratificado por el Legislativo por amplia mayoría -dato no menor-. En el camino, se dieron injustos fallecimientos producto de la falta de humanidad de los delincuentes que tomaron las vías y el Ejecutivo tuvo una crisis de gabinete. El reemplazo en el ministerio de Defensa fue determinante para encaminar la salida, incruenta, hacia la liberación del país.

En cuanto a la ciudadanía -trabajadores con conciencia, gremialistas, transportistas, empresarios, estudiantes…- cada día de asedio equivalió a una semana en términos de su trabajo, de su bienestar emocional y de su economía en general. De hecho, a muchas empresas y emprendimientos individuales, debido al daño causado durante los 50 días les tomará no menos de un año recuperarse y retomar la senda del crecimiento. Otros no tendrán esa “suerte”, puesto que la mafia inmisericorde acabó con sueños y vidas promisorias.

Una de las mejores caracterizaciones del timing que he escuchado no proviene de un filósofo, en lo conceptual, ni de un administrador, en lo operativo, sino de un tiktoker (un tic tacker, diría). “Una gran virtud es esperar; esperar el momento adecuado. Una vez que tienes todo estructurado en tu cabeza, saber perfectamente cómo lo vas a ejecutar; pero esperar al momento adecuado es difícil. Solo se aprende con los años. La diferencia entre el éxito y el fracaso muchas veces depende exclusivamente del timing”.

Por delante, queda la reconstrucción sobre los escombros dejados por el narcoterrorismo. Pero que nadie se confunda, la estoica resistencia de los bolivianos no debe ser interpretada como un respaldo explícito al Presidente y a sus colaboradores; es una pulsión democrática a toda prueba. El Gobierno debe sopesar lo actuado y activar el cumplimiento de la ley.

Se avecina el momento de la aprobación de diez leyes que configurarán el nuevo ciclo de administración estatal. No se puede permitir que los restos que quedaron del grupículo insurrecto se rearticulen para torpedearlas.

Ahora debemos ingresar en estado de gracia (periodo excepcional de inspiración, paz, creatividad o fluidez donde todo parece salir bien y sin aparente esfuerzo). Nos lo merecemos.

jueves, 11 de junio de 2026

Habemus Mundial

 


La publicación de esta columna coincide con la apertura del torneo ecuménico del fútbol. Buen pretexto para distenderse y “mirar a otro lado”, al menos por unos días.

No digo el año, pero me tocó nacer a poco de la conclusión del Mundial de Chile, aquel en el que Brasil obtuvo su segundo título. Del primero que tengo conciencia es de aquel que se realizó en México, en el que, precisamente el mismo Brasil de Pelé obtuvo el “tri”. 

Del anterior, Inglaterra, en el que el título se quedó en casa de los inventores del fútbol moderno, el football, no tengo un recuerdo vívido. Lo curioso es que éste fue el único, hasta la fecha, que ornamentó su vitrina durante cuatro años.

Brasil se quedó a perpetuidad con la Copa “Jules Rimet” y desde el Mundial de Alemania 74 se disputa la Copa “FIFA”. En 1983, la primera sufrió su segundo robo que, a diferencia del previo, sin mayores consecuencias, acabó fundida y convertida en lingote. De ella solo se conserva la base de lapislázuli. 

Bien entrada la década de los 90, algunos medios, creo que tengo un recorte en mi archivo, siguieron llamando “Jules Rimet” al trofeo–la fuerza de la costumbre, se diría–.

A mi juicio, y no soy el único que piensa así, en los mundiales de Alemania 74 y Argentina 78, la selección más perfecta fue la de Holanda (Países Bajos), conocida como “La naranja mecánica” por la precisión de su juego de conjunto, con el liderazgo de Johan Cruyff.

Pero ahí estuvieron Breitner y Müller, amén de Beckenbauer, el Kaiser, para reescribir el destino, en el primer caso, y Kempes y Bertoni, en el segundo. 

La leyenda negra reza que el régimen militar argentino se las arregló para que, a lo largo del torneo, el arbitraje y algún “acuerdo” (con el seleccionado del Perú) posibilitaran el pase de los locales hasta la final, pero en ella, Argentina se hizo grande sin tacha alguna.

A propósito del Mundial del 74 y de Argentina, en las eliminatorias de la región, disputadas in 1973, el seleccionado albiceleste formó un combinado alterno al titular, que se había entrenado en La Quiaca y que derrotó a nuestra selección, en La Paz, por la cuenta de 0-1, con gol de Fornari.Hago, porque esto se volvería las mil y una noches de lo contrario, un largo salto de tiempo hasta 1993-1994. Por razones obvias.

Bolivia acudió a tres citas mundiales, las dos primeras como invitada, siendo eliminada a las primeras de cambio, en algún caso con marcador abultado, y la tercera por derecho y méritos propios. En el medio, nuestra selección estuvo más de una vez a un “casi” de lograr un lugar en el gran evento –la más reciente, justamente este año–. 

De hecho, para las eliminatorias de entonces, Azkargorta recibió buena parte de la base que había dejado Habegger, un gran técnico. Eso, sumado a las pautas motivacionales del vasco, a una huelga futbolera que le dio tiempo de preparación al conjunto y una generación con los astros alineados, consiguieron el sueño de la clasificación.

En esta versión, ese “casi” nos vuelve a dejar en calidad de mirones sin camiseta propia. En mi caso, de manera literal: en materia de clubes, me pongo, eventualmente, la de los equipos de mi predilección en algunas ligas, mientras no se enfrenten a mi club local. En cuestión de selecciones, la única con la que me luzco es la de mi Bolivia. Lo que no quiere decir que, por defecto, pueda apoyar a alguna otra que está en competencia.

Y bueno. Que se abra el telón y que las emociones nos ayuden a atravesar el duro trance que estamos soportando por el afán subversivo de unos delincuentes sin piedad.