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jueves, 20 de agosto de 2026

No cuadra, Presidente

 


Tenía pensado el contenido de esta columna con anterioridad al escándalo “Beller-Cerimedo” suscitado recientemente. Si independientemente de éste ya tenía motivos para referirme al curso que ha tomado el devenir gubernamental, con su irrupción en escena, es imposible soslayarlo, máxime si se suma a otros hechos observables en las proximidades de cumplirse un año de la gestión del presidente Rodrigo Paz Pereira.

Comenzaré, incidentalmente, refiriéndome al hecho que, en mi criterio, derivó de un asunto de faldas a una mezcla de intento de crimen pasional con interés político.

Es un secreto a voces que día a día numerosos triángulos amorosos estén lidiando sus entuertos entre bambalinas, aunque algunos sujetos cercanos a alguno de los involucrados conozcan detalles escabrosos de tales relaciones. Mientras no pasen a mayores -amenazas, violencia explícita o, como en el caso en cuestión, hechos de sangre- estos sucesos permanecen en la esfera de lo privado, no pasan del entorno más próximo a sus protagonistas.

Mientras mantuvieron en relativa reserva su relación -en el sentido de que no la exponían públicamente- no fue un tema de atención mediática. Al ser sus actores parte de la farándula política -la única farándula real en Bolivia- ciertos detalles de sus cuitas amorosas hubiesen trascendido antes de que ocurriese la acometida penal que nos ocupa. Porque ambos sujetos de este intríngulis son, evidentemente, figuras al menos “controversiales” de la política en general y de la local, más la dama que el caballero, en particular.

Mi punto es que, más allá de las dudas razonables que rondan la escena del “tiroteo”, si la víctima conocía, sin ser partícipe, los hechos que originan las graves acusaciones que ha vertido señalando a varios jerarcas, incluyendo sus parentelas, ¿por qué no los reveló en su momento? Al hacerlo como consecuencia de su actual situación se autoincrimina como encubridora. Y si fue partícipe, como cómplice. Para exponerse de esta manera podría considerarse que mucho de lo que asevera tiene base real. Pero también hay elementos que no cuadran en sus actos.

Y lo suyo, señor Presidente, no cuadra -este debería haber sido el comienzo de la columna de no haber sucedido el “Bellergate”, una raya más al tigre, se diría-

Es cierto que acontecimientos extrínsecos no tendrían porqué ser cargados a la responsabilidad de un mandatario: a pocos días de la asunción del flamante presidente de Colombia, sobrevino un terremoto de colosales dimensiones. Solo a una mente enfermiza podría ocurrírsele que tal fenómeno sísmico fuera causado por una decisión del Ejecutivo. Pero lo que sigue a la desgracia natural es la gestión de la reconstrucción y si esta no tiene efectividad o, peor aún, es aprovechada para, por ejemplo, desviar recursos destinados a paliar el siniestro, el Gobierno será, indefectiblemente, señalado como responsable del terremoto, en sentido ampliado. Eso ha sucedido con casos como el de la gasolina desestabilizada, el del desabastecimiento de carburantes, el de las maletas, el del oro con destino a Dubai que casi burla los controles, o inclusive el del avión siniestrado y los billetes serie “B” etc. Probablemente no hayan sido cometidos por personal gubernamental, pero las erráticas cuanto contradictorias “explicaciones” sobre los mismos generan la sensación de, al menos, nexos con sus autores conocidos, la mayor parte en libertad o tramitándola (acá entra el tema de la justicia que da para otra columna más, aparte de las que yo mismo he escrito y las cientas que otros colegas han publicado).

Pero también están los acontecimientos intrínsecos: hechos de corrupción originados dentro de la administración estatal, incluidas las empresas públicas, las designaciones cuestionables, el inexistente cuerpo diplomático, el ninguneo a los partidos -que genera susceptibilidad por lo que podría entenderse como transfugios-, las inconsistencias en el discurso (caso comandante de la Policía y ministro de Gobierno sobre la (no)aprehensión de Morales Ayma), las muestras de autocomplacencia, cuando no llunkerío puro (“Condor de las Andes”, declaratorias de linajes). No cuadra, Presidente.

Los mantras (frases repetidas ad infinitum), “Bolivia, Bolivia, Bolivia”, “Bolivia al mundo; el mundo a Bolivia”, “Estado tranca”, etc. funcionan en tiempos electorales. En el ejercicio de la gestión lo que cuenta son los actos. Y lo que se ve, se anota.

jueves, 5 de marzo de 2026

Los infames

 



No, no voy a versar sobre la novela histórica que Verónica Ormachea publicó hace aproximadamente diez años; el título que elegí para esta ocasión es más bien una premeditada llamada de atención sobre el comportamiento de ciertos sujetos en circunstancias delicadas del acontecer social local.

Pero, ya que lo mencioné, aprovecho para recomendar la lectura de “Los infames” y “Escape a los Andes”, de Raúl Peñaranda y Robert Brockmann, obras que dialogan a propósito de un tema apasionante de nuestra historia. Hágalo sin que los actos del régimen israelita en relación a Palestina o, incluso, Irán, condiciones su apreciación literaria.

Algo más. Casualmente, me encuentro leyendo las últimas páginas de la más reciente bio-novela de Ormachea, “Neruda en su laberinto pasional”, que estuvo en mi lista de espera durante largo tiempo, y realmente la considero digna de ser llevada al cine, como también lo sería una versión mezclada de los libros sobre Mauricio Hochschild; una suerte de “La lista de Hochschild”.

Ya en lo que nos trae a la realidad, estos días me invadieron ingratas imágenes y palabras provenientes de la llamada “Guerra del gas” (2003), que fuera la culminación de una serie de acciones destinadas a desgastar el segundo gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada que, evidentemente, había perdido casi todo sostén popular. Puede haber sido que, en principio, la reacción social encontrara algún asidero para justificarse -la intención de exportar gas natural vía Chile con muy poco margen de utilidad para el Estado, sumada a demandas de tipo político que ya venían acumulándose-. Sin embargo, la violencia promovida por el lumpen se masificó y encontró una respuesta mucho más dura de parte de las fuerzas represivas que buscaban retomar el control de caminos e instalaciones y rescatar a ciudadanos retenidos en lugares como Sorata, si mal no recuerdo-. El caso es que el detonante para semejante estado de anomia fue un rumor que se expandió a la velocidad de la luz: corrió la voz de que “los chilenos” estaban en nuestro territorio, en El Alto concretamente, y habían venido a “llevarse nuestro gas”. Monumental dislate que, en las condiciones ya descritas, prendió rápidamente en la cabeza de una cantidad importante de habitantes de aquella ciudad.

Quien mejor supo capitalizar estos “movimientos” fue uno de sus instigadores, el señor Morales Ayma -el otro era el señor Quispe Huanca, finalmente desplazado por aquel- quien, dos años más tarde se hizo, por la vía electoral, Presidente de Bolivia, exprimiendo prácticamente hasta secarla la Ley de Hidrocarburos promulgada por Hormando Vaca Díez, ante la negativa de Carlos Mesa a hacerlo.

Sin llegar a tales extremos, a partir de la crisis de seguridad resultante del accidente de una aeronave que transportaba papel moneda, se volvieron a escuchar, de boca de los infames, una sarta de disparates, absurdos, inconsistencias y no pocas consignas políticas de mala leche que en otro contexto serían risibles, pero que en medio de la tragedia sonaban deplorables.

Solo a manera de referencia menciono algunos:

“La plata (que transportaba la aeronave) era un envío de Rodrigo Paz a Trump para que atrape a Evo Morales”

“Esa plata es lo que Rodrigo Paz nos roba a los bolivianos”

“Es producto del narcotráfico”

“Es dinero ilegal”

De poco sirvieron las explicaciones racionales, aunque algo contradictorias, de las autoridades. Lo que está claro es que estas operaciones se realizan de tanto en tanto y con la discreción que, justamente por seguridad, corresponde -ya me imagino un comunicado del BCB dando detalles públicos de cantidades, número de vuelo, horarios, etc.-

Aunque no las justifican, las patrañas proferidas podrían atribuirse a ignorancia, desconocimiento o inclusive a consignas políticas, dichas por personas particulares, aunque amplificadas mediante redes y medios interesados en socavar la credibilidad del gobierno, no tienen mayor alcance -la ciudadanía ha aprendido, en alguna medida, a no tragarse todo lo que se difunde por las redes o por otros medios-.

Lo que es inadmisible es que una autoridad, para el caso el inefable Edman Lara, no solo se hagan eco de la infamia, sino que hagan uso conscientemente de imágenes manipuladas para sembrar sospechas sobre la procedencia de los billetes que viajaban en el Hércules. El sujeto en cuestión actuó como un instigador más de los hechos delincuenciales registrados en inmediaciones del siniestro y merece nuestra más enérgica condena.

miércoles, 4 de febrero de 2026

La novelara

 


Se aproxima el emblemático hito de los 100 días, tiempo que generalmente se da el gobierno y se le da al gobierno para plantar los cimientos que deberán sostener el resto de su mandato.

Amén de unos cuantos sobresaltos -la pulseta con la COB, el contrabando de GLP y el aún vigente caso “maletas”, principalmente- la gestión ha puesto su sello y las señales -más que hechos concretos propiamente dichos- parecen deparar mejores días para Bolivia; reconozco, por supuesto, la acción “heroica” de haber quitado la subvención a los carburantes.

Es en la propia sociedad donde la sensación, con toda la carga de subjetividad que esto implica, de relativo optimismo se ha instalado fuertemente. Esto tiene su lado bueno en tanto construya confianza, que podría generar inversión y productividad impulsadas por el mercado, mientras el Estado implementa las condiciones (infraestructura, políticas educativas, leyes de incentivos, seguridad jurídica, etc.) para que ello suceda. Algunos indicadores han comenzado a mostrar que la tendencia negativa se está revirtiendo. Pero también, en la medida en que la gestión no consiga enrumbar dicho capital de credibilidad, las ahora en la sombra huestes retrógradas comenzarán a producir conflictos.

Me permito, ya ingresando al ”post 100”, sugerirle al Presidente que vaya dejando de lado las muletillas a las que nos tiene acostumbrados. Ya se entendió la idea y ya no suena bien machacar con esas frases.

Dicho en breve, el gobierno de Paz Pereira ha superado con relativa holgura la prueba. Esa siembra debe fructificar.

Hasta aquí, lo central, lo serio. Lo anecdótico, sin embargo, ha ocupado más espacio que el que merecería y así ha sucedido porque quien, haciendo de la autodegradación un deporte, se ha ocupado de ello es el propio vicepresidente, el inefable Edmand Lara.

Si bien su predicamento lamentoso y ridículo incorpora ruido al espacio público, no ha incidido mayormente en el curso de las acciones del Ejecutivo. Hacen bien el Presidente y sus colaboradores en ignorar las groseras provocaciones de dicho sujeto. Caer en el juego del “capitán” sería empeñar el Gobierno a sus delirios.

Como reza el título, lo suyo es una “novelara”, la suya en compañía de su pareja marital, muy defectuosa, a la que no le faltan elementos de melodrama -desmayos, llantos, infidelidades, rabietas, amenazas, arrepentimientos, delirios de persecución, disfraces de variados personajes, mal gusto, despistes, etc.- En algún sentido, el brulote es un éxito. El individuo baila en la boca de medio mundo; inclusive ha dado un giro “for export” para solaz de los televidentes peruanos.

Si la idea es que hablen de uno, así sea para que ser ridiculizado, Lara lo está haciendo de maravilla. Por lo demás, ya en términos de política, el berrinche le está causando el proceso más rápido de autodestrucción, hecho certificado por una encuesta que sitúa en un nivel ínfimo la aprobación ciudadana a su figura.

Así las cosas, reducidos a la anodinia, el individuo y su pareja seguirán en plan circense mientras en el plano de la gran política y de la economía, las decisiones que importan seguirán, esperamos, sosteniendo el vaso medio lleno.

sábado, 29 de noviembre de 2025

El opasitor

 

Personaje de escasas luces intelectuales pero dotado de un extraordinario talento para la manipulación emocional, el señor Edmand Lara, a la sazón Vicepresidente de Bolivia, ha hecho de las suyas a menos de un mes de haber asumido el cargo. Ya lo vino haciendo durante la época electoral, con la diferencia de que ahora sus acciones “hacen estado”, es decir que tienen carácter de autoridad.

Lo hace munido del teléfono móvil, a través de la aplicación Tik Tok, desde la cual lanza diatribas, insensateces, chismes, confidencias personales, quejas, chantajes, y todo tipo de ridiculeces 24/7 en un ejercicio enfermizo por llamar la atención, victimizarse y autoelogiarse; cosa que sin el dichoso dispositivo no pasarían de ser cotilleos de lavandería. Ciertamente, un público carente de pensamiento crítico, incondicional del “influencer”, se encarga de expandir tales bellacadas y, al hacerse noticia, los medios las reproducen con algo de reserva profesional.

En tal sentido, el sujeto se parece a los adolescentes y jóvenes −en ellos es frecuente y hasta comprensible− que padecen de dependencia de las redes, particularmente de Tik Tok y son propensos a una especie de síndrome de abstinencia en caso de que se les privara durante diez minutos del aparato o que de pronto, se quedaran sin “megas”, pudiendo derivar, inclusive, en transtorno del sueño o enfermedades neurológicas más graves, debido a la compulsión por estar enganchados a la red.

El problema es que el individuo al que nos referimos no es adolescente ni joven, en el sentido biológico de la palabra −y desde hace tres semanas ejerce nada menos que el segundo cargo del Estado, primero en la línea de sucesión a la Presidencia−. Es que, sencillamente no califica, psicológica y mentalmente, para asumir tan delicados cargos y lastimosamente no hay en nuestra normativa constitucional un mecanismo “express” para destituirlo por incapacidad manifiesta para ostentarlos.

Desde el minuto uno de la posesión, el blanco elegido de sus dardos tiktoqueriles ha sido el Presidente, a quien lo tiene entre ceja y ceja −¿envidia, desesperación, “venganza”?−. Afortunadamente, dichas calenturas no han hecho más que afirmar la autoridad del Primer Mandatario. Es decir que la figura más reconocible de la oposición es el propio desertor del verde olivo.

También desde entonces, por la propia exposición (presencia) que incumbe al puesto, el susodicho combina lo virtual con la acción efectiva, aunque siempre mediada por la dichosa aplicación, para “performatizar” su proyección política, llena de caprichos como el de vestir el uniforme policial −manifiesto acto de corrupción por falsedad material e ideológica, además de traer a la memoria horrorosos recuerdos de tiempos de golpes y contragolpes; o, al menos, un acto de muy mal gusto−.

De ahí a la mentira más abyecta hubo poco trecho. Afirmar que el video que puso en su cuenta para contar su desdicha marital, cuernos de por medio, era producto de un “hackeo”, cuando todas las pericias coinciden en que el mismo era auténtico, es decir que fue el propio Vice quien lo produjo y publicó, lo pinta de cuerpo entero: estamos ante un chantajista, manipulador y mentiroso compulsivo que juega a ser la víctima en sus delirios tiktoqueros.

Y, para rematar (re−matar), convoca, entre líneas, a las FFAA a una aventura golpista. Si bien tiene su propia entidad, no tengo duda de que, por detrás, hay hilos que los mueven: basta con ver quiénes baten palmas a cada provocación suya. Y el opasitor no lo niega.

jueves, 2 de octubre de 2025

¡Suéltame, pasado!




 Cada vez que nos internamos en las redes –en internet, en general– dejamos un rastro denominado “huella digital”. Solo por observar (acceso pasivo) ya podemos ser “rastreados” y tales visitas pueden ser expresadas en “metadatos”: día, hora, tiempo de permanencia, sitios frecuentados, código del equipo utilizado, etcétera.

Si tal cosa ocurre en tal modo de uso, es obvio que al participar activamente –reacciones, comentarios, respuestas, compartidos, adjuntos, “estados”, actividades varias, etcétera– esa huella se hace más clara y quien se lo proponga puede, con relativa facilidad, elaborar un registro diacrónico de nuestros pasos, los malos, inclusive, por el ciberespacio.

Si nuestras intervenciones fueron borradas, si las páginas desaparecieron, si sufrieron censura, la búsqueda se complejiza, pero quien maneje herramientas para hacer de detective digital conseguirá llegar, si se lo propusiera, hasta el punto de origen de nuestras publicaciones.

En realidad, nunca desaparecen. Por ello, es buena idea que, antes de dejar esa huella imborrable estemos completamente seguros de que no nos iremos a arrepentir de haberlo hecho. ¡Claro!, es difícil pensar que dentro de 15 o 20 años tales huellas nos vayas a jugar en contra.

Todo esto viene a cuento –usted ya lo habrá inferido– por el caso que ha puesto en aprietos a la candidatura de Jorge Quiroga Ramírez: el hallazgo de mensajes de carácter racista con consignas explícitas respecto a lo que tendría que hacerse, de acuerdo a quien las puso, con personas naturales de una región del país.

Ciertamente, quien lo reveló tuvo toda la intención –intencionalidad– de encontrar el pelo en la sopa del acompañante de Quiroga. ¡Y lo encontró! Es obvio que se tomó el tiempo y los recursos necesarios para llegar a su objetivo: desportillar la imagen de la dupla; lo que no impide sorprenderse, como lo han hecho muchos, ante el contenido del par de frases vertidas desde la cuenta de “X” por el titular de la misma, cuando esta red se llamaba “Twitter”, hace unos 10 años.

Por aquella época, el señor –el joven– Juan Pablo Velasco ni en sus sueños más húmedos se habría imaginado que llegaría a ser candidato a la Vicepresidencia. Y, como se sabe, en tal instancia, la vida –tanto pública como privada– es sometida a escrutinio.

Las dos verificadoras que se ocupan de detectar la veracidad, la falsedad e incluso la “engañidad” de la información que circula sobre todo en las redes han emitido, independientemente, el criterio de autenticidad del caso. Que la cuenta registrada, además, ante el TSE, haya sido borrada no hace más que reforzar la idea de que ciertamente su titular fue puesto en evidencia.

Créame que para escribir esta columna he esperado hasta el límite en que puedo remitirla al medio que la acoge un pronunciamiento oficial, un documento membretado, una conferencia de prensa expresamente convocada para este asunto. Nada de ello, hasta el momento –y ya ha pasado una semana– ha ocurrido.

Lo que sí ha sucedido han sido declaraciones aisladas que solo pretenden zafar del tema y una fuerte campaña de desprestigio a las verificadoras y de explicaciones de un procedimiento que, así lo aseguran, echa por tierra lo que se conoce formalmente. Si así fuera, ¿por qué la Alianza Libre no emite, al menos, un comunicado oficial?

Por lo pronto, tengo la impresión de que el aludido está, como lo dirían Les Luthiers, en modo “¡Suéltame, pasado!”.

miércoles, 20 de agosto de 2025

Del "cambio" al recambio

 


Como boliviano y demócrata me congratulo y congratulo a la ciudadanía y a parte de las autoridades electorales por el hito alcanzando el domingo 17. La luz venció a las sombras, tanto en la propia realización del hecho electoral como, en conjunto, por los resultados que emergieron de las urnas.

Justamente por ello, me encuentro en el dilema de escoger uno de dos grandes temas que me llaman para convertirlos en columna. Lo que he decidido es abordar el inmediato (el que se revela a partir de los resultados) y posponer el mediato (algunas observaciones a ciertos procedimientos y actitudes que se dieron durante el proceso).

Como tocada por el Hado propicio, Bolivia recupera la senda democrática que había sido prácticamente borrada por el régimen que, aupado, paradójicamente, gracias a la generosidad de la propia democracia, hace 20 años, se ocupó de socavarla sin miramientos. Ya no cabe -lo hemos venido haciendo sostenidamente- abundar en detalles sobre dicho atentado perpetrado bajo el alar del “cambio”, muletilla de la que sus ideólogos se colgaron.

Solo a efectos de contraponer lo que viene de lo que fue, podríamos decir que se aproxima el recambio -o, mejor, el re-cambio- y esta sola enunciación me (nos) ilusiona.

La conformación del nuevo Poder Legislativo ya prefigura un relativamente sólido muro de contención a cualquier intento de retorno del “ancien régime” (¡Qué ganas de decir esto que tenía!). Esto no quiere decir, en modo alguno, que se diluyan las diferencias político-programáticas de las expresiones partidarias que lo compondrán. No obstante, en decisiones de gran importancia para la el país deberán llagar a consensos, pactos, que las viabilicen.

Hay medidas, acuerdos, que no deberían generar mayor discrepancia al interior de Parlamento (me gusta llamarlo así); algunos en el cortísimo plazo, otros, en el mediano. Esta agenda de crisis debería considerar compromisos como los siguientes:

Carreteras expeditas 365 día al año. Está comprobado que no hay mayor daño autoinfligido al movimiento económico interno que el causan los bloqueos a nuestras carreteras -además de ser uno de los factores que ha determinado la cuasi exclusión de Bolivia del corredor bioceánico-. El Parlamento debería emitir una ley-express al respecto facultando al Ejecutivo la prevención y, en su caso, la intervención pronta ante cualquier apresto de bloqueo carretero.

Aunque corresponde al titular del Ejecutivo, gane quien gane, éste deberá manifestar, en lo posible de manera notariada, su voluntad de no postular a la reelección. De esa manera, las acciones o proyectos de ley que la Presidencia remita al Congreso no generarán resistencia ante sospechas de “medidas reeleccionistas”. Por su parte, para ratificar dicha voluntad, deberá comenzar el trabajo para la convocatoria a Constituyente con ese y otros importantes motivos. Mi pregunta-provocación es ¿Puede la Constituyente, a tiempo de cumplir su misión, proponer su propia disolución para que, a futuro, las reformas constitucionales, sobre todo la reforma total, sean menos pesadas?

De inmediato, iniciar acciones para la elección de los nuevos miembros del Tribunal Electoral, de tal manera que vuelva a ser la referencia de confianza y transparencia que alguna vez tuvo la Corte Nacional Electoral. Esto es, que esté conformado, en su totalidad, por ciudadanos probos, evitando, por ejemplo, las “tahuichis”.

En la misma dirección institucionalizadora, debería, a la brevedad posible, encarar el proceso de elección-selección-designación congresal de las máximas autoridades en instituciones y empresas públicas -prácticamente, estos 20 años han sido interinas y políticamente nombradas-: Contraloría, YPFB, INE, ASFI…

Bienvenidos de nuevo, República, Democracia y Estado de Derecho.

jueves, 24 de julio de 2025

Disponibilidad social, la llave para la transformación

 





A veces, la historia avanza no porque haya grandes consensos, sino porque se agota la paciencia. Y Bolivia, tras casi dos décadas de hegemonía azul, parece haber llegado a ese punto. No estamos ante un simple proceso electoral, sino ante el probable desenlace de un largo ciclo de poder que —como todo ciclo prolongado— termina más por desgaste que por mérito ajeno. El MAS, en todas sus versiones, ha entrado en la zona crepuscular. Y el país, lejos de temer el cambio, parece desearlo con una intensidad contenida.

Curiosamente, este contexto abre una ventana inesperada. Hay momentos en que reformas estructurales —largamente postergadas, difíciles de explicar o de digerir— encuentran un terreno más fértil no porque la gente las entienda mejor, sino porque las quiere más. Y las quiere porque, simplemente, ya no soporta más de lo mismo.

En otras palabras: se abre una rara oportunidad. Lo que hace diez años habría provocado bloqueos, paros y violencia explícita, hoy podría contar con una inusual disponibilidad social. No es una cuestión de convencimiento técnico, sino de hartazgo político.

¿Privatizar empresas deficitarias? ¿Reestructurar el aparato estatal? ¿Revisar la Ley de Pensiones? ¿Despolitizar la justicia? Todas esas propuestas, impensables bajo un gobierno masista —más por dogma que por análisis— podrían hoy encontrar eco incluso entre sectores populares. Porque cuando el péndulo político finalmente se detiene, el país no solo gira de color: también cambia de humor.

Pero cuidado: esta apertura no será indefinida. Es un instante fugaz, un parpadeo de la historia. Si el próximo gobierno —posiblemente salido de la actual oposición— no actúa con inteligencia y rapidez, ese capital simbólico se diluirá como tantas veces ha pasado. No basta con que el MAS se vaya; hace falta que el nuevo proyecto convenza y enamore. Y que lo haga no con retórica grandilocuente, sino con reformas concretas, visibles y sostenibles.

Es cierto: no hay mandato más difícil que gobernar después de un ciclo largo de abuso del poder en todo sentido. La esperanza es tan grande como la desconfianza. Pero también es cierto que pocas veces hay tanto espa




cio para mover las placas tectónicas del país sin provocar terremotos sociales -roguemos porque sea así-. Bolivia no está simplemente en puertas de una elección. Está en una etapa de “reseteo” emocional. Y eso —si se lo entiende bien— puede ser la llave para transformar, no solo administrar.

No se trata de venganza ni de revancha. Se trata de reconstrucción. Y para eso, la nueva dirigencia necesitará algo más que programas: necesitará coraje, imaginación y una lectura aguda del momento. Porque la ciudadanía, cuando se cansa de unos, también otorga a otros licencias breves, intensas e irrepetibles para cambiar las cosas en serio.

Así estamos. Al borde de una transición que, si se la asume con claridad, puede ser más que un cambio de nombres. Puede ser —por fin— el comienzo de un país distinto. Uno donde los grandes cambios ya no dependan del aplauso callejero, sino de la convicción colectiva de que seguir igual es lo único inaceptable.

lunes, 7 de julio de 2025

De vigas y pajas

 



Décadas atrás, cuando trabajaba en la campaña de un candidato a la Presidencia, recibí una llamada por teléfono fijo. La persona, a quien había conocido en otro contexto, me solicitaba una reunión reservada, casi secreta. Acordamos día y hora y, puntualmente, se apareció en la oficina. Tomando todos los recaudos que me había solicitado, empezó su alocución.

Me ofrecía “abundante documentación” sobre varias irregularidades que habría cometido el padre de uno de los candidatos oponentes, en función pública, insinuando que, con tales “pruebas”, se podía afectar la candidatura del hijo.

Por supuesto que no me mostró algo de aquello. Lo que quería era venderme información y seguramente esperaba, ansioso, que le preguntara sobre el precio de tan “generoso” hallazgo. Lejos de hacerlo, le pedí que se retirara, no sin antes recordarle que el candidato era el hijo, no el padre.

Supongo que el oficioso traficante anduvo con el mismo cuento por otras campañas, pero como nunca vi publicaciones al respecto, imagino que recibió una respuesta similar a la mía, lo que habla bien de un sistema de partidos que conocía límites a la hora de atacar a los rivales.

La pasada semana saltó a la luz la renuncia de una candidata a senadora a raíz de una “denuncia” vinculada a actividades ilegales de su padre, quien se encontraría cumpliendo pena de prisión en otro país.

Podría decirse que, por tratarse de un punto de eventual vulnerabilidad dadas las formas poco honorables del juego político en la actualidad, hubiese sido mejor no arriesgase a la postulación, aunque la renuncia, de algún modo, evita el objetivo real del avezado vocero -luego desautorizado por su jefe de campaña- cual era afectar al candidato a Presidente.

¿Merecía tal despropósito una respuesta/contrataque de parte de la campaña aludida? El propio candidato se encargó de restarle importancia, pero no faltó el torpe que devolvió gentilezas aludiendo al padre del vicepresidenciable contrario, cosa que ya se conocía y no había pasado a mayores, insinuando que la condición de éste era la fuente de financiamiento de la campaña de enfrente.

En buena hora, ambos personajes fueron criticados, aunque lo ejemplarizador hubiese sido apartarlos de sus respectivas alianzas. Algo es algo, sin embargo.

Esto también nos previene de que un hecho ampliamente conocido como es la participación del padre de un tercero en disputa en los hechos que culminaron en el asesinato de los esposos Andrade, en el Chapare. El hijo, seguramente, se encontraba cursando la secundaria; por tanto, no debería mezclarse en la pugna. ¡Hay tantas otras cuestiones personales que sí deben ser dichas!

Menos álgida, pero más extendida, es la tendencia a ver la paja en ojo ajeno que la viga en el propio, en el fragor de la batalla electoral.

Por tanto, ingresando a la etapa más dura, en términos de la definición electoral, habrá que calcular con precisión el calibre de los dardos a lanzarse unos a otros -si bien lo racional es que la discusión gire en torno a planes, programas y proyectos (tarea de los candidatos), la campaña es una breve toma de posiciones del contrario mediante diversas tácticas entre las que se cuentan las “bajas” por información sensible sobre los ocasionales rivales-, dado que, eventualmente, de darse una segunda vuelta -lo más probable es sea así- habrá que pactar, puesto que no se puede gobernar con “pajas”.

jueves, 12 de junio de 2025

Figuras sin definir (signos)

 




A diferencia de las elecciones post-2005 caracterizadas por una cerrada manipulación de los órganos del estado en favor del MAS, que permitieron que el señor Morales violara la Constitución a su gusto -ya en 2013, el TCP borró del mapa una gestión del susodicho para habilitarse a un nuevo mandato, y luego, el mismo ente, desconociendo el referéndum del 21 de febrero de 2016, volvió a habilitarlo, arguyendo un inventado derecho humano a la reelección indefinida-, las corrientes se presentan un poco más abiertas, gracias, en buena parte, a la fragmentación del propio MAS.

Si bien la figura de Morales Ayma se resiste, criminalmente inclusive, a cumplir los recurrentes, a escala nacional e internacional, fallos que dejan claramente establecida su inhabilitación, no es la que domina el escenario, salvo por el uso que hace de minorías eficaces para convulsionar al país.

También ocurrió que consecutivamente hubo un candidato de la oposición que impidió, al dispersar el voto, que otro mejor perfilado, llegara al menos a la segunda vuelta. Con esa lección, en 2019, el electorado concentró su voto en Mesa, pero el fraude montado por el régimen se interpuso en un probable triunfo de éste si se avanzaba al “balotage”. Luego, producto del desencanto con el gobierno de transición, la ciudadanía le regaló al MAS el actual periodo. Muy tarde para arrepentimientos.

Estamos, una vez más ante la posibilidad de que Bolivia se desembarace del régimen masista. He ahí la gran responsabilidad que la sociedad tiene en sus manos.

Entretanto, permítanme abordar un asunto marginal que va a pasar a formar parte de las agrias anécdotas de este proceso electoral, asunto que, en lo particular, o no lo había notado, o no lo hubo antes: el surgimiento de sujetos, por así decirlo, “pintorescos” que le han dado un toque bizarro al momento electoral que vivimos.

A la primera figura sin definir, como dice la canción de Soda Stereo, la podríamos caracterizar en la de la persona que le calienta el asiento – la cama, alternativamente- para para que ésta la ocupe una vez resueltas las trabas que le impiden hacerlo, digamos la certificación de solvencia. También podríamos llamarla “El candidato fantasma”, lo que le da un aura de misterio. Nunca hizo una aparición pública, pero, a objeto de registrarse como candidato a la Presidencia, cumplió con todos los requisitos para ello. Me pregunto qué siente este buen hombre al jugar tan curioso papel.

La segunda figura es la del personaje que, hecho un mar de lágrimas, comenzó a vociferar y a actuar contra gil y mil. Este individuo se convirtió en el terror de las siglas, amenazando a casi todas con borrarlas del espectro político. Protagonismo enfermizo o desubicación descomunal, el caso es que al exponerse tan ampliamente, salieron a la luz detalles curiosos de su personalidad -líos de faldas y una larga estadía estudiantil en la UAGRM-, lo que parece haber morigerado su comportamiento.

De yapa, tenemos a la dama que, como dueña de una sigla, se dio a la tarea de ofrecerla a cuanto paisano con ganas de candidatear se le asomara. ¡Hasta que, aparentemente, se sacó la lotería!

Ante la carencia de opciones, la sigla “casó” con el cocalero a quien años atrás había tildado de “asesino” y pasó de ello a defenderlo con uñas y, sobre todo, dientes, profiriendo amenazas de gran calibre haciéndole coro a su nuevo jefazo.

El podio del absurdo está ocupado por los tres. Signos.

miércoles, 16 de abril de 2025

De tunas, canes y persecuciones

 


No se trata de mezclar forzadamente temas de distinta naturaleza. Sí se trata de un asunto de proporciones, aunque admito que puede tratarse de un signo de estos tiempos.

Es que, a juzgar por las reacciones en las redes -y, en menor grado, en los medios tradicionales- ante tres hechos, todos ellos reprochables debo decir, no termina de sorprenderme la desproporción de dos de ellas con respecto a la tercera, en orden cronológico.

Reitero: No son los hechos propiamente dichos los que motivan esta columna, aunque es inevitable hacer referencia a los mismos, sino la cantidad y tono de publicaciones que se hicieron eco de aquellos. No tengo una estadística objetiva sobre esta cuestión, pero sí la percepción y el suficiente sentido común como para notar una inmensa diferencia entre uno y otros.

Estos sucesos son popularmente conocidos como: “Discriminación de un adulto mayor a una mujer que recolectaba tunas en un área pública”, “Agresión a un perro de parte de su dueño” y “Persecución y aprehensión de ciudadanos a raíz de un video elaborado en el Ministerio de Gobierno en el cual éstos aparecen en una lista de supuestos miembros del gabinete que acompañaría a Zúñiga en su Gobierno, luego del ‘golpe’ que éste protagonizó”.

Los dos primeros se conocieron por filmaciones de terceras personas, puestas en redes. El tercero, por el mencionado “documental”, presentado en el propio Gobierno, con la presencia del propio Presidente, en el auditorio del Banco Central de Bolivia (BCB) -¿por qué usar el auditorio de la entidad emisora para un acto eminentemente político y de mala leche?-

Sucede que en cuanto a diseminación por la red (viralización) los videos “privados” y los comentarios al respecto tuvieron una magnitud abismalmente mayor que la de la patraña montada por el régimen.

El punto es que ni las tunas, ni el can, ni el dizque golpe son el centro de sus respectivos acontecimientos; son las acciones humanas y las circunstanciales víctimas. La diferencia es que en los primeros no hay una planificación previa con el fin de dañar a animales o personas. En cambio, en la acción del régimen hay una producción cuidadosamente elaborada con el fin de dañar la honra de personalidades notables y perseguirlas políticamente. Ni la narrativa del “golpe”, ni el relato del supuesto “gabinete” aguantan un análisis medianamente riguroso.

Por eso me llama la atención que los feisbukers, equistores, tiktokers y demás criaturas de las redes no se hubieran indignado como lo hicieron con los otros acontecimientos. ¿Miedo?, ¿indiferencia?, ¿enajenación?, ¿desprecio?...

Mientras que en unos casos, las redes parecían haberse convertido en la Inquisición -contra las personas agresoras- en el otro, pese a su calidad de asunto público, es decir que afecta a la ciudadanía en conjunto, percibí una especie de prudente silencio. Fuimos pocos los que nos manifestamos contra semejante atropello a los derechos humanos y al honor de conciudadanos como nosotros. Lo peor es que el régimen continúa empeñándose en lastimar a la democracia y a quienes no se alinean con el mismo y las reacciones parecen darse de forma inversamente proporcional a la que desencadenan acontecimientos circunstanciales -no planificados, repito-.

Yendo más allá de a quienes se involucra en el grosero documental, como si se les hubiera escapado del guion, el régimen ha convocado a Édgar Villegas, el profesional que detectó el fraude de 2019, en calidad de testigo del supuesto golpe… y ni así hubo gran conmoción en las redes. Algo no encaja.


miércoles, 2 de abril de 2025

Cruzando el desierto, sprint final

 

Me suena como un deja vu, como un “esta peli ya la vi”. Es que, efectivamente, ya pasamos por algo parecido a esto. Fue en 2019, en el tiempo previo a la elección de aquel año, cuyo antecedente fue la forma abominable en la que el régimen forzó la habilitación del candidato que ya había violado la Constitución para optar a un tercer periodo. No conforme con ello, en su afán de perpetuarse, apenas lo consiguió, comenzó a lucubrar su reelección indefinida para lo cual, con un Tribunal Electoral a su servicio, convocó a un referéndum para reformar el artículo que ponía límite a tal cosa -aunque ya lo había violado, insisto-.

Pues aún así, la ciudadanía le dijo NO. Y comenzó el plan de burlarse de la voluntad popular, haciendo que el Tribunal Constitucional, también alineado al régimen, resolviera que la reelección es un “derecho humano” y, por tanto, no había mecanismo que la impidiese–“Haga lo que haga la oposición”, Morales dixit-. Ya en octubre de 2019, comenzó a gestarse el operativo del fraude.

Las propias encuestas del régimen indicaban que no habría ganador en primera vuelta y que en la segunda ganaría Carlos Mesa, el mejor ubicado de la oposición -acá se suelen incluir los reproches al ahora preso político, Luis Fernando Camacho, por haber impedido una victoria opositora al mantener su candidatura hasta el final- le ganaría al violador (de la Constitución).

Cuando la tendencia en la transmisión rápida de resultados conducía inevitablemente al escenario de la segunda vuelta, “misteriosamente” el sistema colapsó y cuando se lo repuso, ¡zas!, el cocalero ya se estaba declarando ganador en primera vuelta.

Tan grosero fue el fraude que, sumado al desconocimiento del 21-F, desencadenó la repulsa ciudadana que precipitó la dejación del cargo del tirano.

Esa epifanía ciudadana se vislumbró como un oasis luego de haber cruzado el desierto tras casi quince años de oscurantismo masista. Como dije anteriormente, resultó un espejismo.

A la fecha, en mi criterio, me aventuro a pergeñar que el Carlos Mesa de esta elección será quien emerja como opción del bloque de unidad, vale decir Jorge Quiroga Ramírez o Samuel Doria Medina.

Nuevamente vislumbramos, como ciudadanía democrática, el final del camino desértico y el inicio de la nueva era democrática que, sin embargo, comenzará con pesado lastre que dejan casi veinte años de barbarie política y despropósito económico. Dicho sin anestesia, el resurgimiento costará algo (o mucho) sacrificio, para bien en el mediano plazo. Debemos estar conscientes de ello.

Pero, una vez más, como si no se hubiera aprendido la lección, la dispersión, a pesar de que, a diferencia de 2019, la situación para la oposición unitaria es inmejorable, el fantasma de la dispersión vuelve a poner piedras en el camino, en forma de candidatos funcionales, unos conscientemente, y otros, en el papel de tontos útiles, para solaz de los restos del régimen saliente. Pareciera que por salir un puñado de veces en los medios algunos ya se sintieran “presidenciables”.

Hago voto por que la razón se imponga y no se repita el escenario catastrófico de elecciones anteriores (incluyo la de 2020). Que si bien, como en el relato bíblico, haya doce tribus, haya un solo Moisés que las guíe a través del desierto para dejar atrás veinte años de ignominia.


miércoles, 19 de marzo de 2025

Menos bulto, más claridad

 


Quiero dejar establecido que no solo aprecio la democracia multipartidaria, sino que la he promovido a lo largo de mi vida.

Los primeros años, luego de la conquista de la democracia en Bolivia, las denominaciones partidarias que, junto con sus candidatos, poblaban el sistema electoral, rondaban la media centena. Era comprensible. Luego de años -que parecían siglos- de gobiernos de facto -proscripción de algunos partidos, incluida- había ansias estar en la palestra pública. Sin embargo, como se supondrá, el voto se concentraba -o se dividía, según cómo se quiera entender- en seis u ocho. Por lo demás, nadie se hacía mucho problema, dado que, en la instancia congresal, vía pacto, emergía, de entre los tres más votados, el nombre del próximo mandatario. A la sazón, no se había “inventado” aún la papeleta multicolor y multisigno (multifoto, también) que caracteriza nuestras elecciones modernas.

Otro motivo para tal profusión de partidos, aunque, en este caso, sería mejor hablar de profusión de candidatos, era que la ley electoral permitía a algunos, beneficiarse con lo que se llamaba el “voto residual” y, si bien no llegaban al cargo mayor, sí podía resultar “elegidos” como diputados. Es decir que el candidato a Presidente era también candidato a primer diputado. Hay casos muy emblemáticos de políticos que llegaron al parlamento de esa manera y continuaron en la actividad durante años. Por cierto, no había uninominalidad; todos los candidatos a diputado iban “colgados” del candidato a Presidente, quien, reitero, era el primero de lista. Algo así también se estilaba en las elecciones municipales; el candidato a Alcalde, era, a la vez, candidato a Primer concejal y, por el mismo mecanismo, podía acceder al Legislativo edil.

No era mi intención abordar estos detalles, pero viene bien como antecedente para afirmar que ya no es así y, por tanto, ya no es, desde ese punto, tan atractivo candidatear para la Primera Magistratura. Otro de los motivos para la multiplicación de postulaciones era, ya lo insinué más arriba, que la Constitución posibilitaba que, si ninguno alcanzaba el 51% más uno de los votos, los tres primeros se clasificaban para la instancia parlamentaria y, como sucedió, en 1989, el tercero (o, el segundo) podía emerger como Presidente de la República. Modificaciones posteriores a estas reglas desincentivaron a muchos a formar partidos y a postularse como candidatos.

Voy a preferir siempre una cantidad razonable de partidos en carrera electoral que un “partido único”, oxímoron político, puesto que la propia denominación “partido” indica “porción”, “pedazo”…

Otra razón del “encogimiento” del sistema de partidos fue la mayoría en primera instancia que obtuvo el MAS en 2005, pero, sobre todo, el ejercicio de poder que practicó, y que desestructuró el sistema político.

Con toda la estima que siento por el multipartidismo, debo reconocer que, dadas las experiencias recientes, si se quiere aplastar al régimen y darle al país un gobierno de mejor calidad, no es tiempo de abrir el abanico. En tal sentido lo que la oposición ha ideado para nominar a su candidato me parece un extraordinario mecanismo; y la competencia, inédita, además, para alcanzar la titularidad, apasionante. Prácticamente podemos afirmar que, luego de la declinación -loable, sin duda- de varios postulantes, la lucha, que está ingresando en la recta final, se reduce a Doria Medina y Quiroga Ramírez. Uno de ellos -se supone que con el apoyo del otro, no solo personal sino de todo su esquema- será la carta opositora en la papeleta de agosto.

Menos bulto, más claridad.


lunes, 10 de febrero de 2025

La estupidez, con chuis

 




Si bien antes de aceptar la responsabilidad de disponer de un espacio para manifestar mi opinión con frecuencia periódica (esa se la debo a Robert Brockmann) ya tenía un extenso historial de escritos publicados, el hecho de hacerlo en las páginas de opinión del cuerpo principal -para diferenciarlo de los suplementos en los que colaboraba- le daba un giro importante a tal labor. Cuando inicié la columna, tenía ideas para dos o tres artículos y, como lo señalé a principios de año, corre el año 27 desde entonces.

Mis primeras publicaciones estaban plagadas de citas y menciones a otros autores, para validar mis criterios, pero, principalmente, por una suerte de inseguridad -aún no había desarrollado “voz propia”-. Eso no duró mucho y recurrir a esos “apoyos” se volvió una excepción.

Hago este preámbulo porque, después de mucho tiempo, reproduciré una parte de un texto de opinión al que accedí por recomendación de mi contertulio Rodolfo Eróstegui (si usted desea leer el artículo completo remítase al enlace https://www.nytimes.com/es/2025/01/31/espanol/opinion/trump-ordenes-ejecutivas.html?smid=url-share). La columna en cuestión se llama “¿Qué es lo que define el inicio del gobierno de Trump? La estupidez”; la firma David Brooks. Sin dejar de interesarme la descripción de las primeras medidas de la administración trumpista -me hizo recuerdo al “le meto nomás y que después los abogados lo arreglen”- me atrapó el listado de seis principios fundamentales que caracterizan a la estupidez, en particular el sexto, que es el que paso a transcribir:

Principio 6: lo contrario de la estupidez no es la inteligencia, es la racionalidad. El psicólogo Keith Stanovich define la racionalidad como la capacidad de tomar decisiones que ayudan a las personas a alcanzar sus objetivos. Las personas presas de la mentalidad populista tienden a despreciar la experiencia, la prudencia y la pericia, componentes útiles de la racionalidad. Resulta que esto puede hacer que algunos populistas estén dispuestos a creer cualquier cosa: teorías conspirativas, cuentos populares, leyendas de internet y, por ejemplo, que las vacunas son perjudiciales para los niños. No viven dentro de un cuerpo de pensamiento estructurado, sino dentro de una fiesta delirante y caótica de prejuicios”.

Extrapolando a nuestro contexto, la tozudez puede ser considerada como un signo de estupidez. Pienso en la devaluación del dólar, misma que, pese a que el propio sentido común la recomienda (¡ni qué decir los organismos económicos locales y globales!) el régimen masista se resiste a aplicarla. En la balanza de la pertinencia, habrá que considerar que ya hay una disponibilidad social respecto a que es mejor un sinceramiento que seguir inmersos en una burbuja que cuando reviente nos termine de hundir.

En realidad, ni siquiera tiene que devaluar; suficiente con oficializar la realidad que el mercado ha marcado respecto a la brecha cambiaria -devaluación de facto-. Pero no lo hace porque eso invalidaría el “modelo social ynoséquécuentosmás” que defiende, no obstante su agotamiento.

Aunque no lo he escuchado de parte de algún precandidato -implícitamente, de repente- ya es tiempo de proponer la reposición del “bolsín” o de un mecanismo similar para la relación entre moneda local y divisa.

Otro tanto se debe hacer respecto al desdichado sistema de justicia, otra de las “genialidades” del modelo: restablecer un mecanismo meritocrático con garantías de transparencia y la auténtica participación popular en su administración, los jurados ciudadanos.

Queda claro que los remedios resultaron peores que las enfermedades.

miércoles, 25 de diciembre de 2024

2024: El año del agotamiento

 




Una vez más, como vengo haciéndolo desde 2010, procederé a caracterizar, a criterio personal que, sin embargo, podría coincidir con el suyo, estimado(a) lector(a). Para llegar a ello, como también suelo presentar la última columna de cada gestión desde 2011, copiaré el recorrido que nos trajo hasta aquí. Vamos, pues, a ello…

2010: “El año del rodillazo”. Aquel que propinó Evo Morales Ayma a un rival circunstancial en un partido amistoso. Abuso de poder, irrespeto a las normas.

2011: “El año del MASking”. En referencia a la cinta con la que las fuerzas al mando del señor Sacha Llorenti sellaron las bocas de los indígenas de tierras bajas en su marcha por el TIPNIS.

2012: “El año de la caca”. Tomado de una frase de Morales Ayma para graficar, según él, las relaciones del Estado boliviano con el de Estados Unidos.

2013: “El año de la extorsión”. Cuando una parte del personal de Gobierno estableció un consorcio de carácter extorsivo, ofreciendo intercesión judicial a los presos en general, no sólo a los políticos.

2014: “El año del Estado plurinominal”. Las ya ilegales elecciones de entonces, lo fueron más aún con la mala denominación impresa en la papeleta electoral. Sin embargo, como de costumbre, no pasó nada.

2015: “El año de Petardo”. La mascota adoptada por marchistas potosinos fue todo un símbolo de la democracia por entonces.

2016: “El año NO-Evo”. La ciudadanía se expresó mayoritariamente en contra de la reelección indefinida del tirano.

2017: “El año del Nulo”. Nueva, y contundente, derrota del régimen. Esta vez en las elecciones judiciales.

2018: “El año de la doble pérdida”. Bolivia perdió definitivamente el mar con el fallo de la Corte Internacional de Justicia y perdió la democracia con la sentencia del Tribunal Constitucional allanando la elección indefinida del tirano, a título de un supuesto “derecho humano” a la misma. El primer caso tuvo, este año, su correlato con el fallo contrario a Bolivia en el caso Silala.

2019: “El año de la gesta democrática de Bolivia”. La ciudadanía, que había soportado estoicamente años de arbitrariedades del autócrata ya no permaneció impávida ante el evidente fraude electoral y el tirano tuvo que tomar las de Villadiego. Lo que vino luego, como gestión de gobierno, es otra historia.

2020: “El año de la Calamidad”. Llegó la pandemia, con sus terribles consecuencias en términos de pérdidas de nuestros seres queridos.

2021: “El año del aguante”. Se pidió a la ciudadanía aguantar el embate de la pandemia mientras se gestionaban las vacunas.

2022: “El año de la emancipación de Arce”. Hasta abril del año pasado, el Presidente era una especie de Cámpora o Medvedev, es decir, un muñeco obediente a los designios del Jefazo, al extremo de ganarse el sobrenombre de “Tilín”. Pero la marioneta adquirió vida propia, de forma más parecida a la de Lenin Moreno, aunque éste lo hizo apenas fue posesionado, propiciando un juicio contra Rafael Correa que anuló toda posibilidad de éste a participar en las elecciones anteriores.

2023: “El año de la bifurcación”. “¿Hará algo similar con Morales Ayma?”, preguntaba al cierre de la caracterización previa. “Se veía venir”, podría apuntar un transeúnte cualquiera. Y aunque todavía hay quienes insisten en que se trata de una tramoya destinada a distraer a la opinión pública para, llegado el momento, simular el “sana-sana” y montarse en las elecciones a caballo ganador –si así fuese, la levaron demasiado lejos–, más bien parece que se trata de una ruptura en serio, “una bifurcación” como la llamaría el profeta Linera. Esto podría arrojar el aplastamiento total de una de las facciones o la anulación mutua de ambas, lo que abriría una ventana de oportunidad al crecimiento de una opción proveniente del campo democrático.

2024: “El año del agotamiento”. Coincidentemente con el agotamiento de las reservas -las de gas y las RIN- se agotó el modelo masista de gestión político-económica. Comenzó, en realidad, en 2016 y se fue agudizando hasta llegar a su estado actual. Podría decirse que sin gas que abone una chorrera de dólares al Estado no hay tal “modelo”: pero, para peor, los ingentes ingresos que ello supuso fueron dilapidados de la forma más ruin posible. Con prácticamente 20 años en el usufructo del poder, el régimen masista deja a Bolivia, en puertas de su bicentenario como república independiente, en una situación extremadamente delicada, pero, al mismo tiempo, ante la oportunidad de cambiar de rumbo y dejar atrás el ignominioso periodo masista.

Que sepamos aprovecharla o no, depende de cada uno. Cordiales abrazos.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

"No les des ideas"

 


Posiblemente, la frase entrecomillada que da título a esta columna, sea la que más escuché estos días, cada vez que lo que diré a continuación se lo mencionaba a quien quisiera escucharme.

Mi reacción también fue repetitiva. “No hay tal”, les respondí, dado que, con toda seguridad, los planteamientos que comentaremos ya se les pasaron por la cabeza a los involucrados, sólo que no los hicieron público. Se dice que una buena estrategia debe considerar aquello que el oponente pudiera estar pensando (y. potencialmente, actuando). En una partida de ajedrez, esto es más que evidente.

La cuestión surge a raíz de la ratificación, por parte del TCP, de la inhabilitación de Evo Morales -y de otros, por extensión- como candidato a la reelección, ya sea de manera continua o discontinua, al cargo en el que ya fue reelegido -para el caso del “Jefazo”, al de Presidente-.

Antes de continuar, permítaseme poner en cuestión la pertinencia de tal ratificación. ¿Era necesario que los autoprorrogados la hicieran? ¿Acaso no quedó claro el veto en una anterior disposición del Tribunal cuando sus miembros estaban ejerciendo sus funciones dentro del periodo que legalmente les correspondía? Y no sólo eso. La prohibición de postular a la reelección cuando ya se ejerció dos mandatos en el cargo, venía precedida de la decisión soberana de la ciudadanía expresada en el referéndum del 21 de febrero de 2016 y en la opinión consultiva -con fuerza vinculante- de la Corte IDH. La innecesaria “ratificación” ha dado pie a que el principal afectado les recuerde a los autoprorrogados la ilegitimidad en la que incurren. Pero la interpretación del artículo correspondiente de la CPE con relación a la habilitación o no ya era un tema zanjado. Así lo entendió el Órgano Electoral, que acatará la disposición.

Ahora bien. Acá viene la complicación. El Auto Constitucional indica, sin especificar nombres, que aquellas autoridades que ejercieron, reelección mediante, dos periodos en el cargo, ya no podrán volver a postularse. Es evidente, sin embargo, que pueden candidatear para otros cargos. Uno de los afectados, Juan del Granado, no puede volver a postularse para alcalde de La Paz, pero podría hacerlo para Presidente, para Vicepresidente, para Gobernador o, probablemente esté pensando en ello, para Senador; caso similar al de Jhonny Fernández. Respecto a Morales Ayma -aunque de boca para afuera insista en hacerlo para Presidente, pues bien sabe que ya no puede- podría candidatear para alcalde de Villa Tunari, para Vicepresidente, para Gobernador de Cochabamba, o para Senador.

De hecho, en la elección anterior intentó postularse para Senador, pero fue inhabitado por otra causa. La idea original era que, una vez instalado en el Senado, lograr la presidencia del mismo y forzar las renuncias de las primeras autoridades del Ejecutivo, y volver a su ansiado cargo. Para ello, excluyó a Andrónico (parecería que anda en ello nuevamente) y colocó a Arce (supuestamente más dócil). Pero la inhabilitación frustró su plan.

Esa es, nuevamente, una de sus opciones. La otra es correr como candidato a Vicepresidente. En ambos casos tendría que poner a un pelele -digamos al Mapache- como candidato a Presidente.

El problema es que, me apoyo en encuestas, aún si fuera candidato a la Presidencia, Morales no ganaría en primera vuelta y, con seguridad, perdería en la segunda. Con un candidato títere ni siquiera está asegurado el pase a segunda vuelta.

Esos son algunos escenarios posibles en el tablero electoral. Y ya lo pensaron otros (pero se lo guardaron “tácticamente”). O sea que, estirando la figura, el Jefazo podría ser Presidente sin que, técnicamente, se trate de una reelección.


jueves, 5 de septiembre de 2024

Síndrome postcensal

 


Sin ser estadístico o demógrafo, desde mi posición de ciudadano con algo de sentido común y algo de información fehaciente, he escrito un puñado de columnas sobre los censos, a partir del de 2001. Lo he hecho, en cada caso, en las etapas pre y post.

Dada mi edad, soy consciente de haber vivido cinco procesos censales y, hasta donde recuerdo, los dos anteriores al mencionado no causaron aspaviento alguno como lo vienen haciendo desde aquel. Un factor transversal lo explica en parte -sólo en parte-: hasta el anterior al de ese año, los censos eran meros actos administrativos y de planificación: luego, prácticamente se tornaron en instrumentos políticos (de poder) y económicos (de distribución).

El de 2001 -antes de que a nadie se le ocurriera hablar sobre un dichoso “Estado plurinacional”- al influjo de románticos activistas “anticolonizadores” que afinaron el discurso con los aires del Quinto Centenario (1992) de como usted quiera llamar a la llegada de don Cristóbal a esta parte del mundo –“descubrimiento”, “encuentro”, “invasión”, etc.- y lograron que el INE introdujera la famosa pregunta de la “autoidentificación étnica”. Xavier Albó se congratulaba por ello.

El asunto causó un gran equívoco descomunal: muchos ciudadanos, por cierto impulso emocional, se adscribieron a algún grupo “originario” arrojando un 62% de población “indígena” (del cual, probablemente ni la mitad hablaba la lengua “originaria”). Posteriores estudios, no gubernamentales, determinaron que la autoidentificación como “mestizo/a” sumaba un 64% de la población. Es posible que esta última hubiese aumentado, pero la boleta censal del reciente censo no incluyó -porque se caería el discurso del tal “Estado plurinacional”- tal opción.

El de 2012 fue un gran fiasco técnico -más de un año y medio para revelar el resultado “oficial”-. El de 2024 (que debía haberse hecho en 2022) comenzó ya con gran controversia y, luego de la cifras globales ya conocidas, tiende a sacar más roncha.

A eso le llamo “Síndrome postcensal”. ¿Tiene que ser un acto de esta naturaleza algo tan traumático? En un Estado serio -y el Estado masista no lo es- no tendría porqué ser así. Seguramente, estudios independientes darán una mejor panorámica de la distribución demográfica, pero los mismos no tendrán carácter “oficial” (el único que lo tiene es el del Censo de Población y Vivienda que lo ejecuta el Gobierno de turno). Así es que por mucho que la razón asista a quienes critican el resultado del reciente censo, será difícil, sino imposible modificarlos: Habrá que esperar al menos 10 años para que un Gobierno serio desarrolle un censo en serio.

Entre los elementos que deben ser explicados por el régimen está, por ejemplo, la cifra de decesos a causa de la pandemia. Durante la misma, el Gobierno se jactaba de que el índice de fallecimiento por esta causa era bajísimo (22 000 muertos). Hubo quienes advirtieron que se ocultaba información (“Alertan que la cifra de decesos por COVID-19 es mucho más alta que la oficial” -titular de Los Tiempos, de 2021”) y ahora resulta que el INE, para justificar la disminución de la población asegura que hubo 140 000 muertes -leyó bien, ciento cuarenta mil- por COVID-19. ¿Quién mintió?

Pero aún siendo así, la cifra no alcanza (ni con los otros elementos: migración, menos nacimientos en las ciudades) para cubrir la merma respecto a los cálculos previos.

Para cerrar… resulta que ahora, el campo se está repoblando -se dice que su tasa de fecundidad es mayor a la de las ciudades: puede ser, pero las tasas son términos relativos (10 parejas con 3 hijos cada una, hacen 30; 50 parejas con un hijo cada una, hacen 50)-. Interesante dato que contradice todas las tendencias demográficas en el planeta Tierra. También tributa a esta “disminución” urbana, el retorno para el día del censo de los “residentes” a sus comunidades rurales. Habría que pensar, para el próximo, una pregunta como “¿Cuál es su lugar de residencia habitual?”.

La merma también es atribuida a la migración -con el consiguiente subtexto de “¿a qué se debe que los bolivianos se están yendo del país?”.

Repito. Todo aquello puede ser atendible; pero tengo la sensación de que aún sumando toda aquella población “perdida”, sigue habiendo un enorme boquete respecto a las proyecciones. Dudas razonables, al menos.