Por designio del destino, la publicación de estas líneas coincide con los fastos por el aniversario de la creación de nuestra república.
El bicentenario se celebró
con austeridad, debido a las paupérrimas condiciones económicas en que quedó el
país luego de dos décadas de gobiernos del MAS, además de que nos encontrábamos
sumidos en las campañas electorales que, lejos de unificar, invitan a tomar
partido por una u otra opción; y, por si fuera poco, el solapamiento del “Estado
plurinacional” sobre la forma republicana, que es, al fin y al cabo, la que se
conmemora, atentaron contra una gran oportunidad para, al menos por unos días,
Bolivia se convirtiese en el centro de las miradas del orbe.
En términos de simbolismo,
no es lo mismo cumplir 200 que 201 como, en términos personales, no es lo mismo
cumplir 50 que 53. El primer año post-bicentenario es el inicio del camino
hacia los 250 -hace un mes los estaba festejando Estado Unidos-.
Si algo hay que
agradecerle al bicentenario es que marcó la proscripción, por decisión popular,
del MAS en todas sus expresiones, abriendo las puertas hacia un renovado
sentimiento de esperanza.
Sin embargo, la nefasta
herencia que dejó en el Estado el masismo, sumada a los desaciertos cometidos
por el nuevo régimen en estos meses, configuran lo que sostuve hace un tiempo:
que lo viejo no termina de irse y lo nuevo no acaba de instalarse. Lo delicado
de esto es que con el tirano Morales Ayma moviéndose a sus anchas en su reducto
chapareño -desafiando, inclusive, a que el Presidente, “si es machito”, se dé
una vuelta por sus dominios cocaleros- cada tropiezo del gobierno abona al
discurso regresivo de los restos del antiguo régimen que, eventualmente,
podrían converger para reponer, por la vía que fuera, el narcoestado. Está
claro que, durante los años del MAS, los cárteles -que el evismo llamaba
“emisarios”- actuaban con total libertad. Tras la detención y posterior
extradición de Marset, quien, a mi juicio, actuaba como el “garante” de la pax
entre las bandas criminales, éstas se han desbocado y su guerra por el control
territorial está causando una seguidilla de asesinatos cometidos por sicarios de
uno y otro bando.
Esa “gran nación” de la
que nos habla la cueca, ese “amor desenfrenado de libertad” que proclamaba
Bolívar, siguen portando, en su sencilla definición, un profundo arraigo
ciudadano. Pero el lirismo sin un correlato que dé certidumbre sobre el
porvenir, queda solo en eso.
Es posible que, al tiempo
que usted esté leyendo este texto, el Presidente ya hubiese concluido la
lectura de su discurso que si bien, no es de gestión como lo era antes hasta
que se alteró la secuencia electoral -elecciones en el primer domingo de julio
y posesión el 6 de agosto- será valorado, en el sentido que se quiera, por sus
contenidos más que por las formas. El análisis se encargará de validarlo o de observarlo.
En lo que a nosotros toca,
seguiremos contribuyendo, desde el llano, a proyectar a Bolivia, en diversos
ámbitos, a la construcción de su anhelado bienestar democrático y económico, a
la promoción de su diversidad cultural y a su sostenibilidad.
Por mejores días…
¡Felicidades, Bolivia!

