La publicación de esta columna coincide con la apertura del torneo ecuménico del fútbol. Buen pretexto para distenderse y “mirar a otro lado”, al menos por unos días.
No digo el año, pero me tocó nacer a poco de la conclusión del Mundial de Chile, aquel en el que Brasil obtuvo su segundo título. Del primero que tengo conciencia es de aquel que se realizó en México, en el que, precisamente el mismo Brasil de Pelé obtuvo el “tri”.
Del anterior, Inglaterra, en el que el título se quedó en casa de los inventores del fútbol moderno, el football, no tengo un recuerdo vívido. Lo curioso es que éste fue el único, hasta la fecha, que ornamentó su vitrina durante cuatro años.
Brasil se quedó a perpetuidad con la Copa “Jules Rimet” y desde el Mundial de Alemania 74 se disputa la Copa “FIFA”. En 1983, la primera sufrió su segundo robo que, a diferencia del previo, sin mayores consecuencias, acabó fundida y convertida en lingote. De ella solo se conserva la base de lapislázuli.
Bien entrada la década de los 90, algunos medios, creo que tengo un recorte en mi archivo, siguieron llamando “Jules Rimet” al trofeo–la fuerza de la costumbre, se diría–.
A mi juicio, y no soy el único que piensa así, en los mundiales de Alemania 74 y Argentina 78, la selección más perfecta fue la de Holanda (Países Bajos), conocida como “La naranja mecánica” por la precisión de su juego de conjunto, con el liderazgo de Johan Cruyff.
Pero ahí estuvieron Breitner y Müller, amén de Beckenbauer, el Kaiser, para reescribir el destino, en el primer caso, y Kempes y Bertoni, en el segundo.
La leyenda negra reza que el régimen militar argentino se las arregló para que, a lo largo del torneo, el arbitraje y algún “acuerdo” (con el seleccionado del Perú) posibilitaran el pase de los locales hasta la final, pero en ella, Argentina se hizo grande sin tacha alguna.
A propósito del Mundial del 74 y de Argentina, en las eliminatorias de la región, disputadas in 1973, el seleccionado albiceleste formó un combinado alterno al titular, que se había entrenado en La Quiaca y que derrotó a nuestra selección, en La Paz, por la cuenta de 0-1, con gol de Fornari.Hago, porque esto se volvería las mil y una noches de lo contrario, un largo salto de tiempo hasta 1993-1994. Por razones obvias.
Bolivia acudió a tres citas mundiales, las dos primeras como invitada, siendo eliminada a las primeras de cambio, en algún caso con marcador abultado, y la tercera por derecho y méritos propios. En el medio, nuestra selección estuvo más de una vez a un “casi” de lograr un lugar en el gran evento –la más reciente, justamente este año–.
De hecho, para las eliminatorias de entonces, Azkargorta recibió buena parte de la base que había dejado Habegger, un gran técnico. Eso, sumado a las pautas motivacionales del vasco, a una huelga futbolera que le dio tiempo de preparación al conjunto y una generación con los astros alineados, consiguieron el sueño de la clasificación.
En esta versión, ese “casi” nos vuelve a dejar en calidad de mirones sin camiseta propia. En mi caso, de manera literal: en materia de clubes, me pongo, eventualmente, la de los equipos de mi predilección en algunas ligas, mientras no se enfrenten a mi club local. En cuestión de selecciones, la única con la que me luzco es la de mi Bolivia. Lo que no quiere decir que, por defecto, pueda apoyar a alguna otra que está en competencia.
Y bueno. Que se abra el telón y que las emociones nos ayuden a atravesar el duro trance que estamos soportando por el afán subversivo de unos delincuentes sin piedad.

