miércoles, 20 de abril de 2022

Como la bolivianita

 




Mi fascinación por la bolivianita no es reciente. La tengo de mucho antes y tal encantamiento ha seguido creciendo con el tiempo –hace poco honré a mi esposa con una joya hecha con base en aquella-. Más de una vez he dedicado breves textos a exaltar su particular belleza, misma que no radica en la “pureza”, sino en los distintos grados de mezcla que posee.

Esta gema formada naturalmente en yacimientos del oriente, registra, a la manera de una denominación de origen, su procedencia boliviana, siendo de exclusiva extracción en nuestro país. Tanto cruda como cortada y tallada se muestra atractiva, aunque su exportación, por ley, solo es permitida si tiene valor agregado; sacarla fuera del territorio nacional en estado “natural” es ilegal.

La preciosa bolivianita tiene una composición geológica y una leyenda con dos versiones, aunque ambas coinciden en la figura de Anahí, princesa ayorea –de ahí el nombre de la mayor mina que la alberga. Una de las historias narra la historia de amor entre ella y un conquistador español, Don Felipe, quien la desposó, pero, al intentar regresar a Europa llevándosela, los lugareños decidieron matarlo, pero Anahí se interpuso ayudándolo a huir, ofrendando su propia vida, no sin antes entregar a su amado a gema que hoy conocemos como “bolivianita”, cuya conjunción de colores simboliza el amor.

También se cuenta que mientras Anahí recorría la selva observo la presencia de extraños a caballo, fue a contar el hecho a su padre, pero mientras lo hacía, los conquistadores arrasaron el poblado; el padre consiguió escapar, pero la hija murió en sus brazos. Desde entonces, en memoria suya, el hombre llevó la gema bicolor. Igualmente, lo simbolizado es el amor.

Físicamente, la gema está contiene, de forma combinada, aunque no estrictamente fusionada, dos piedras preciosas: citrino y amatista, lo que le otorga un encanto singular: dos tonos de reflejo consonante.

Con total propiedad puede decirse que nuestra tan boliviana bolivianita es una gema mestiza. Más aún cuando las piezas, ya sea en bruto o procesadas, tienen distintos grados de presencia de una u otra de las mencionadas piedras, tal como el mestizaje se presenta en la biología y en la cultura: no como una mezcla a partes iguales, sino como una gama ilimitada de posibles combinaciones, sin que por ello se deje la condición del ser producto de la conjunción de elementos que se manifiestan en un cuerpo o en una expresión multiplicados ad infinitum.

El proclamar interesadamente que uno es de composición étnica químicamente pura, es desconocer el proceso de mestizaje desarrollado durante siglos y ampliado los últimos 50 años por el fenómeno de la masiva migración global, lo que no niega la existencia de grupos, unos más grandes que otros, cuya pervivencia de sus culturas y tradiciones, incluidas sus lenguas ancestrales (cuya preservación es vital), han experimentado menor grado de relación (mestizaje) con otros –sobre todo, aquellos que permanecen alejados de las grandes concentraciones urbanas-.

He hecho estas referencias, entre metafóricas y factuales, a raíz de la falacia de la negación del mestizaje promovida por el régimen en su propósito de sostener un discurso ideológico “purista”, cayendo, inclusive, en el ridículo, como la ministra que, sin ponerse colorada, dice que Bolivia “es un pueblo indígena originario campesino”.

Lo que sostengo va más allá de la inclusión o no de la categoría “mestizo” en la boleta censal. Así como no encontramos dos piezas de bolivianita exactamente idénticas, de la misma manera somos l@s bolivian@s: iguales y divers@s al mismo tiempo. Mestiz@s, en suma.

jueves, 7 de abril de 2022

La "wawacracia"

 


Dejemos de lado momentáneamente la guerra interna del régimen, misma que ha adquirido niveles de sordidez nunca antes vistos, al punto que más parece un ajuste de cuentas entre cárteles narcotraficantes que un ejercicio democrático de disputa por el liderazgo.

De lo que me quiero ocupar es de aquellos exabruptos que, aparentemente, fueron propagados intencionalmente a objeto de desviar la atención que la ciudadanía tenía puesta sobre, justamente, la fractura del régimen. Está por demás recalcar que tal propósito no fue conseguido y que el centro de interés seguirá siendo el fuego cruzado entre “arcistas” y “evistas”, con Choquehuanca agazapado en algún rincón.

Si bien ya perdieron actualidad, precisamente por su artificiosidad, tales exabruptos son sabrosa materia prima para una columna. En honor al Vicepresidente –prolífico en ellos- he denominado a la presente “la wawacracia”.

Hubo un tiempo en el que el prefijo “wawa” tuvo connotaciones de ternura y cierta picardía. Se acuñó, por ejemplo, el término “wawaministros” respecto a algunos miembros del gabinete de Alfredo Ovando Candia; Mariano Baptista Gumucio (Educación) y Marcelo Quiroga Santa Cruz (Minas y Petróleo). Por entonces era aún raro ver a jovenzuelos en tales cargos. El mismo denominativo pudo haber encajado perfectamente a los jóvenes Jorge Quiroga y Carlos Alberto Goitia cuando ejercieron como dignatarios de Estado. Hoy es más bien común tener a menores de 35 años en buena parte de las carteras de Gobierno.

Los tiempos cambian y aquello que alguna vez tuvo connotaciones cariñosas y positivas, adquiere las contrarias, es decir, odiosas y perversas.

Cuando el señor Choquehuanca pidió “cuidar a la wawa” para referirse al malentretenido que destruyó un bien público -más allá de ser una pieza artística- mandó el mensaje de que, en lugar de sancionar a quien comete delitos, hay que premiarlo –dicho sea de paso, este personaje maneja un discurso “místico” similar al del señor Kanashiro, el tiznado postulante a Defensor del Pueblo-.  Esa inversión de valores tan cara al régimen.

A partir de tal desatino, lo de “wawa” no tiene que ver con la edad sino con la actitud. Así pues, más tarde, aparece un parlamentario del régimen proponiendo la declaratoria de patrimonio cultural a la dinamita, ese explosivo que aterrorizaba a la ciudadanía cada vez que había marchas contra el Gobierno. Más de un manifestante quedó mutilado por mala manipulación de un cachorro, para no mencionar a autoinmolación del señor Picachuri que también causo dolor a otras familias. La “propuesta” de esta wawa me hizo recordar la del nefasto Eugenio Rojas, ya muerto, quien hablaba de “legalizar la tortura”.

Luego salió la wawa pirómana, de conocido expediente, anunciando que prepara un recibimiento a las nuevas unidades de La Paz Bus, más conocidas como “Pumakatari”. Imaginamos, por los antecedentes del sujeto, que será una bienvenida con lanzallamas y bombas Molotov. Ya que hablamos de este individuo, no deja de sorprender el tupé que ha tenido para inscribirse como postulante a Defensor del Pueblo. Sería el colmo que, luego de sus fechorías, sea premiado con el puesto.

Hay casos menos atractivos, pero este recuento de wawas no podía acabar sin mencionar a la directora de AJAM, que no tuvo empacho de hacer encarcelas a uno de sus funcionarios porque le disgustó un meme que ella misma le había encargado. ¡Muy wawalones andamos!


viernes, 25 de marzo de 2022

 



No es que escaseen los asuntos complejos de la realidad o los temas de coyuntura que generalmente nos ocupan. Por el contrario, la economía pende de un hilo, una “wawa” es socapada por el Estado luego de haber cometido un hecho delictivo, el régimen a punto de implosionar, el Putin y sus crímenes…

Solo la coincidencia de la fecha de publicación de esta columna con la de un memorable acontecimiento me impide abordar alguno de ellos.

A mí me parece que fue ayer o, mejor, hace tres días (puesto que ocurrió en martes) y sin embargo fue hace 25 años, el 25 de marzo de 1997: muy apretadas en las graderías del teatro al aire libre de La Paz, que quedó estrecho para tanta concurrencia, miles de personas, entre paceñas, provenientes de otros departamentos e, incluso, visitantes de otras latitudes, la banda británica Deep Purple ocupaba el escenario para dar lo mejor de sí a un público eufórico que no paró de corear los himnos que, uno tras otro, tronaban desde las torres de sonido.

Ocupando la escena se encontraban Jon Lord (+), Ian Gillan, Roger Glover, Ian Paice y Steve Morse, vale decir, cuatro quintas partes de la formación más aclamada del grupo; la ausencia de Ritchie Blackmore fue cubierta con el virtuosismo de Morse, quien le dio gran lustre a la música de esta institución del rock.

Si pare entonces ya eran considerados como “dinosaurios”, imagine usted cómo lo serán ahora que aún continúan en actividad. Digo esto porque no faltó quien objetara su presencia en Bolivia en razón de que estarían “acabados”. Nada más alejado de lo que se vio y escuchó durante el concierto –cuyo registro grabado circula ampliamente en las redes-. El grupo, a juicio mío, llegó en su mejor momento, cuando tanto colectiva como individualmente, el conjunto y los ejecutantes, no tenían nada que demostrarle a nadie y sonaban con una soltura de cuerpo envidiable.

El antecedente de su visita fue la llegada en plan solista del cantante Ian Gillan, quien se presentó en el estadio “Siles”. Él mismo revela que propuso que La Paz fuera incluida en la gira latinoamericana con motivo de la aparición del álbum “Purpendicular”. Y así llegó la oferta que el empresario Juan Carlos Nemtala tomó, con todo el riesgo que una cosa de estas implica.

El primer reto fue satisfacer el “technical raider”, cosa que Sonilum, realizando una inversión destinada a ello, cumplió a cabalidad, tanto en el requerimiento lumínico y de amplificación, como en la estructura. Si bien ya llevábamos varios espectáculos internacionales a cuestas, el de los Purple, por los estándares de su lugar como leyendas de la música, fue un hito. Tengo la sensación de que, desde ese momento, el país estuvo listo para recibir megaespectáculos con todas las garantías técnicas –y de seguridad, que es un aspecto importantísimo-.

Un dato del que ni los miembros del grupo ni nadie en ese momento estaba consciente es que el 25 de marzo de 1972 se lanzaba su disco “Machine Head”, célebre por incluir el emblemático “Smoke on the water”, cuyo riff de guitarra es, probablemente, el más ejecutado tanto por aprendices como por guitarristas consumados. Cumplía 25 años entonces y cumple 50 precisamente hoy.

Cierro con dos anécdotas: el concierto estuvo a punto de suspenderse (de hecho, se retrasó, sin opción a postergación por otros compromisos del grupo) por problemas en la desaduanización del órgano de Jon Lord; y, minutos antes de salir al escenario, Roger Glover se asomó para “espiar” a la audiencia inquieta por vibrar con sus estrellas –lo vi, literalmente, temblar ante la energía que emanaba de la gente. Lo que siguió fue aproximadamente una hora y media de emociones y la sensación de poder morir tranquilos.

Ese fue el día “Deep”.

miércoles, 9 de marzo de 2022

La falsa neutralidad del régimen plurinacional

 


¿Cómo reaccionaría usted ante una escena callejera en a que un grandulón, visiblemente enajenado, está majando a golpes a un alfeñique al borde del colapso?

1.       Pasa de largo.

2.       Se une al grupo de curiosos y permanece pasivo.

3.       Se une al grupo de curiosos y emite, de tanto en tanto, llamados a que pare el abuso.

4.       Toma valor y se interpone entre ambos para separarlos.

5.       Se pone del lado del gigantón y le ayuda a destrozar al pequeñín.

6.       Se pone del lado del débil e intenta “equilibrar” la paliza.

7.       Reconoce a la mole, pero se acuerda de que su familia le debe favores a la del “fisicudo”. De dientes para afuera, dice que “es una barbaridad”, pero no hace nada para que el abusivo pare la masacre.

Puede ser que existan otras reacciones, pero con las anotadas tenemos suficientes como para reflexionar en torno al concepto de neutralidad, tan socorrido últimamente.

La opción 1 puede ser calificada como “indiferencia” o “nomeimportismo”. Detrás de ella está el pensamiento “no es mi problema; que el bruto mate al indefenso si así tiene que ser”. Pero neutralidad, no es.

La 2 tiene más de morbosidad que de neutralidad. Usted goza con el “espectáculo”; le excita.

La 3 es una suerte de conciencia moral, pero podría ser que, en fondo, usted se esté disfrutando tanto como como el de la 2. La neutralidad no supone inacción –más allá de las palabras de “solidaridad”-.

La 4 es entrar en acción. Podría causarle daños físicos, pero si consigue evitar la muerte del desaventajado, habrá valido la pena. Usted no ha tomado partido por ninguno, pero ha intervenido para evitar una tragedia. Neutralidad activa, diríamos. Bien por usted.

La 5 y la 6 indican el tomar partido por una de las partes e involucrarse activamente en el pleito a favor de una u otra. No hay neutralidad.

La 7 es la posición más cómoda y a la vez la más ambigua e interesada. Ni con uno no con otro, sino todo lo contrario; los favores que le debo a la parte agresora me inhiben de condenarla decididamente, aunque quisiera hacerlo. Es la falsa neutralidad.

Con todos estos elementos usted puede señalar la opción por la que el Gobierno de Bolivia -no el señor Morales Ayma y algunos de sus valedores, que están claramente inclinados hacia la opción 5: “No es invasión; Rusia está sentando soberanía” dijo aquel- se ha decantado ante la invasión de Ucrania por parte de la Federación Rusa.  

Para calificar como neutral, a estas alturas de la historia, no basta con no involucrarse en una guerra. La Constitución Politica del Estado Plurinacional, define a éste como “pacifista” –lo adecuado hubiese sido “pacífico”-. Esto le complica más la vida al régimen, porque un pacifista es un activista por la paz; al pacifista le duele y molesta la acción militar de un Estado elefantiásico sobre uno menos musculoso. Es también una cuestión de ausencia de “proporcionalidad de fuerza”, concepto caro al régimen en los casos de persecución política a los que somete a militares que resguardaron la propiedad pública. Solo por un poco de consistencia con sus argumentos, el Estado Plurinacional debió haber suscrito los pronunciamientos multilaterales de condena a la acción de Putin. Pero, claro, hay muchos negocios oscuros entre ellos y es mejor cuidarse las espaldas, así la omisión signifique el repudio mundial a Bolivia.

Graciosamente, mientras más intenta el régimen justificar su posición, más se enloda. Y así se lo han hecho conocer distintas instancias internacionales. Escudado en una falsa neutralidad, el régimen hace malabarismos para intentar mostrarla como auténtica y “coherente”. Ni lo uno, ni lo otro; más bien, todo lo contrario.