Foto: APG
La idea de progreso instaló en la sociedad -Estado: sociedad política, jurídicamente y económicamente organizada- la práctica del crecimiento a cualquier precio. Dos siglos después de la primera revolución industrial y décadas sucesivas de las posteriores, los resultados son palpables en términos de depredación del medioambiente.
Junto a políticas
mitigadoras del impacto ambiental, el propio concepto de progreso, en el
sentido aludido, ha sido puesto en cuestión. Hace mucho tiempo que lo retiré de
mi léxico y opté por el más amable, “desarrollo”. Hoy hablamos en términos de
desarrollo sostenible que no niega no condena el crecimiento, pero que lo
condiciona a la generación del menor impacto ambiental posible, en el entendido
de que, en mayor o menor grado, prácticamente toda actividad de índole
económico lo produce. Suelo ejemplificarlo con una postal local: “hasta la
casera que prepara anticuchos en la esquina aporta con su mínima cuota de
impacto ambiental”.
Pero cuando pensamos en
actividades en las que sus operadores lo hacen deliberadamente -generar alto
impacto ambiental-, generalmente de forma ilegal o coludidos con autoridades a
cargo de la aplicación de normas ambientales, que las hay y buenas, salvo las
“leyes incendiarias”, estamos ante un cuadro de horror que compromete la
subsistencia misma de zonas verdes, especies forestales y animales y,
finalmente, de la propia vida de los seres humanos.
Por eso, sin ser un
fanático medioambientalista, algunos hechos de reciente data me han dejado un
muy mal sabor de boca, de esa boca de la que se llenan los discursos “for
export” mientras en casa se hace la vista gorda de la depredación sin escrúpulos.
Así pues, nos lastima la
situación que atraviesa Coroico por la creciente contaminación de sus aguas,
que amenaza con afectar su vegetación, su fauna y, sensiblemente, la salud de
sus habitantes. La causa de tal ingrato fenómeno no es otra, y usted la conoce,
que la despiadada minería del oro poniendo en riesgo a 120 comunidades del
municipio. La concesión a decenas de cooperativas de cuadrículas para la
explotación del codiciado y altamente cotizado mineral, lo que supone la
extensión de licencias ambientales, cuenta con la “bendición” de la AJAM, es
decir está reconocida como actividad legal. ¿Están coludidas autoridades del
sector con las tristemente célebres cooperativas mineras?
Mejor paradas,
ateniéndonos a fuentes oficiales, quedaron las autoridades que, a denuncia de
la senadora Urresti, intervinieron, además de colectar materiales de trabajo,
una zona de Puerto Rico -Pando- y corroboraron acciones de actividad minera
ilegal.
Hasta acá, una de cal y
una de arena, se diría. Pero lo más desconcertante en este repaso es el permiso
otorgado, nada menos que por el Servicio Nacional de Áreas Protegidas, Sernap, ¿adivina
a quiénes?, ¡a cooperativas mineras!, previa autorización de la AJAM, “para dar
cumplimiento a los compromisos asumidos” (obviamente durante los bloqueos de mayo-junio,
para que estas “se bajen” de los mismos), de explotación extractivista en,
precisamente, áreas (des)protegidas.
La diputada Cecilia
Requena, activista medioambiental reconocida, no ocultó su desazón al expresar
que “el gobierno de Rodrigo Paz debería abochornarse de estar peor que el
régimen del MAS en términos de medio ambiente” y no le falta razón.
De seguir así, la f(r)actura
la pagarán, así como nosotros estamos pagándola por las propias malas acciones
de nuestros antecesores y de algunos contemporáneos nuestros, las siguientes
generaciones. ¡Estoy indignado!


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