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miércoles, 6 de octubre de 2021

39 años: Nadie se cansa, nadie se rinde

 


La presente columna viene precedida de otras que abordaron el mismo acontecimiento: un año más desde que, en 1982, la democracia llegó para –así lo sentimos pese a las indisimuladas acciones del régimen de Morales Ayma para destruirla- para quedarse.

Este recorrido de 39 años puede ser considerado, según cómo se lo mire, largo, en comparación con otros periodos sin interrupciones de carácter dictatorial, o corto, en tanto proceso histórico.

Pero si lo juzgamos por sus hitos, sus primeros 20 sentaron cimientos sólidos que resisten los embates de quienes, desde el poder, intentan socavarlos.

El primer gran hito es justamente el del 10 de octubre de 1982, fecha histórica que corona un arduo periodo de intentos democratizadores con duros tropezones –una elección con más votos que votantes, golpe militar contra Guevara Arce, golpe militar contra Lydia Gueiler-. Entre los antecedentes hay que ponderar las figuras de los militares institucionalistas David Padilla Arancibia y Guido Vildoso Calderón.

El segundo, siempre a mi juicio, es el acortamiento del mandato del Dr. Hernán Siles Zuazo, agobiado por la crisis económica –deuda externa, hiperinflación, devaluación- “heredada” de los regímenes dictatoriales, y por una despiadada oposición que no había aprendido las lecciones de noviembre del 79 y de julio del 80. Con una grandeza pocas veces vista en quien ocupa la silla presidencial, Siles dio un paso al costado.

El tercero, es la estabilización económica, a un considerable costo social, que se resume en dos frases de Paz Estenssoro: “Bolivia se nos muere” y “Esta es una coyuntura que puede durar 20 años”.

En cuarto, es el de la construcción institucional de la democracia, comenzando por la de la entonces Corte Nacional Electoral que, en determinado momento, llegó a tener la confianza absoluta de la sociedad. Los acuerdos del 19 de julio de 1992 (Gobierno de Paz Zamora) trazaron el camino que condujo a otros hitos.

El quinto, es el de la Participación Popular, mecanismo que otorgó a los municipios recursos y poder que hasta entonces no los tenían. La descentralización se abría paso y lo rural se integraba al concierto político. Fruto de la primera reforma a la Constitución de 1967, se introducen las categorías “multiétnica” y “pluricultural” de nuestra república; el reclamo de la primera marcha indígena se inscribía en letras constitucionales. No menos importantes fueron el voto a los 18 y la creación del Tribunal Constitucional, el Consejo de la Judicatura y la Defensoría del Pueblo.

La agenda de reformas institucionales quedó trunca ante el advenimiento de un ciclo de contracción de la economía –factura de la dependencia de los recursos naturales- y las acciones gubernamentales se centraron en el intento de evitar mayores daños al erario. Esto desgastó a la política y la válvula de escape fueron las reformas de 2004. La llamada “desmonopolización” de la política y la constitucionalización de institutos de democracia semidirecta: Asamblea Constituyente y Referéndum.

Lo que nos lleva a 2005, el sexto hito. Las elecciones de aquel año fueron el triunfo de la democracia y, ¡quién lo diría!, el comienzo de su actual agonía. Pero, como reza la arenga de octubre/noviembre de 2019, “Nadie se cansa, nadie se rinde”.

Colofón: el Gobierno constitucional transitorio podría haber sido considerado el séptimo hito si no hubiese sido tan desastroso, si solo se hubiera dedicado a lo que le correspondía hacer.

Pero de ahí a que el régimen de Morales Ayma quiera, con cada vez menor credibilidad, tacharlo de “gobierno de facto” dista una enorme brecha. El único argumento que aún le queda es que un uniformado le colocó la banda presidencial a la señora Áñez. Quiero recordarle al régimen de Morales Ayma que la Constitución vigente fue aprobada en grande por el MAS en un recinto militar en las afueras de Sucre, luego de la muerte de tres ciudadanos y de un centenar de heridos, ¿hace ello de la misma una Constitución de facto? En la lógica del régimen de Morales Ayma, sí. Empate técnico.


miércoles, 5 de agosto de 2015

Bolivia



Entrañable república, estás de aniversario y el hecho de que en este momento sea en tu nombre que se realizan actos solemnes y festivos recordando tu creación es prueba de que, lejos de denominaciones eventuales, trasciendes el tiempo y has ingresado en la cuenta regresiva que culminará en diez años cuando  apagues doscientos cirios, ocasión que, si el devenir lo dispone, me tendrá, como ahora, haciéndote honores desde mis letras.

Dejando de lado el apóstrofe con el que me dirigí a la república a manera de salutación, me defino como un boliviano de y por derecho cuyas raíces están profundamente arraigadas en esta parte del mundo, alimentándose de su(s) cultura(s) y de su historia, y cuyas antenas –como reza el nombre de la columna de Gonzalo Chávez- están conectadas al resto del orbe, captando las señales provenientes de diversas latitudes.

Como tantos otros hijos de esta república, éste lo es de padres provenientes de distintos lugares -una suerte de intramestizaje dentro del macromestizaje que caracteriza al país-. Lo he dicho muchas veces: padre chuquisaqueño, madre pandina, vástago paceño. Dicho de otra manera: aquel, del departamento en el que se fundó la república, aquella, del último departamento que se creó en la república y éste, del departamento cuya urbe que se consolidó como sede del gobierno de la república.

“No hallando vuestra embriaguez una demostración adecuada a la vehemencia de sus sentimientos, arrancó vuestro nombre y dio el mío a todas vuestras generaciones. Esto, que es inaudito en la historia de los siglos, lo es aún más en la historia de los desprendimientos sublimes. Tal rasgo mostrará a los tiempos que están en el pensamiento del Eterno, lo que anhelabais, la posesión de vuestros derechos, que es la posesión de ejercer las virtudes políticas, de adquirir los talentos luminosos y el goce de ser hombres. Este rasgo, repito, probará que vosotros erais acreedores a obtener la gran bendición del cielo –la Soberanía del Pueblo- única autoridad legítima de las naciones”, decía Bolívar en su mensaje del 26 de mayo de 1826 al Congreso Constituyente.

Bolivia tiene glorias en abundancia pero, ¿se puede achacar, entonces, a la república las variadas desventuras que ha sufrido a lo largo de estos casi dos siglos? ¿no es, acaso, ello, atribuible a gobiernos en particular y a circunstancias, en general?

Lo paradójico de la presente celebración republicana es que sean quienes la denostaron, al punto de renegar de ella –e incluso proponer su eliminación del calendario festivo-, los que se cuelgan refulgentes medallas. ¿No deberían, por discreción, brillar por su ausencia?. O lo suyo es pura impostura o se rindieron a la evidencia histórica. Me gustaría pensar que sucedió lo segundo.

Es esencial, pues, reivindicar el espíritu republicano que, como se ha dicho previamente, trasciende el tiempo, para sacudirse del esperpento jurídico que ha pretendido, sin éxito –aunque se lo hubiera introducido en la CPE, La Calancha mediante- imponerse a la sustancia histórica del país.

Corresponde entonces, siguiendo a Jorge Lazarte, reponer plenamente, en la siguiente Constitución –o en la reforma de la vigente- la cualidad republicana de Bolivia: “Restablecer la condición de ‘república’ a la organización política del país, y definir a Bolivia como ‘República’ que marcó la ruptura política institucional con el Imperio español. La república entendida cono transferencia de la soberanía política del soberano al pueblo. De un lado, República no es el estado sino el país… Bolivia entendida como ‘república’, ‘res-pública’ en tanto espacio de lo colectivo por encima de los particularismos”.

¡Viva la república!