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viernes, 29 de mayo de 2026

El estuprador y el SAP (Síndrome de Abstinencia de Poder)

 




Partiendo de lo general, para luego aterrizar en lo particular ya anunciado en el título, recojo una caracterización básica del Síndrome de Abstinencia: se trata de un conjunto de reacciones físicas y mentales que sufre una persona con adicción a una sustancia cuando deja de consumirla o reduce significativamente la cantidad habitual.

En lo que respecta al caso que nos ocupa, esa sustancia se llama “poder” y su dependencia y posterior S.A.P. afecta a sujetos que lo pierden y se manifiesta en perversas maneras para volver a conseguirlo a como dé lugar dada la adicción al mismo.

Sus síntomas son inconfundibles: micrófonos compulsivos, nostalgia autoritaria, marchas “espontáneas” financiadas por la espontaneidad ajena y una extraña incapacidad para aceptar que el calendario avanza.

Lo llamativo es que, en reiteradas ocasiones, el adicto, a quien llamaremos “el estuprador”, la población lo repudió dejando en claro que no puede acceder, bajo circunstancia alguna, a la sustancia en cuestión.

 Los hechos, muchos de ellos decididamente delictivos, que la minoría que lo respalda en su demencial delirio tienen a una parte de Bolivia en ascuas dada la virulencia de sus manifestaciones, el vandalismo y la ridiculez de sus consignas -más allá de las mismas, los “movilizados” no tiene idea de porqué cometen semejantes estropicios-.

El estuprador vive convencido de que Bolivia no puede sobrevivir sin él en la silla presidencial. Lo surrealista del asunto es que la Constitución, los tribunales, el referéndum y hasta la aritmética política le dicen “no”.

El S.A.P se le presenta como cualquier adicción dura. El estuprador extraña mandar. No añora la responsabilidad que conlleva el cargo, sino el placer químico de que las quinceañeras le sean ofrecidas como “agradecimiento” a las prebendas que reparte a dirigentes de “organizaciones sociales”, las mismas que ahora bloquean a discreción causando estragos a la economía y cometiendo delitos de lesa humanidad. El estuprador no busca volver porque Bolivia lo necesite; quiere volver porque el poder es la única droga que lo satisface. En su enajenación, habla de conspiraciones cósmicas, traiciones internas y enemigos imperiales con la desesperación de quien perdió las llaves del reino.

Y así seguimos, atrapados entre discursos incendiarios y amenazas de convulsión social, mientras el país intenta resolver problemas delicados como la economía, el empleo o el combustible. Pero el S.A.P no entiende de prioridades nacionales. El síndrome sólo conoce una receta: volver, aunque sea arrastrando al abismo a toda la sociedad.

El estuprador no soporta más tiempo entre cocales -así sean su razón política- y sabe que el tiempo es su pero enemigo -pensar que en cinco años su salud mental y física sufrirá el deterioro producto del “asilo” al que él mismo se ha sometido-. Es ahora o nunca, piensa, y está dispuesto a sacrificar, no la suya, sino las vidas de sus seguidores, para encaramarse en el poder. Ahí es donde el S.A.P y la bipolaridad confluyen.

El estuprador debe aceptar que sus delirios no tienen cabida en un país que ha decidido avanzar y sacudirse de la iniquidad que dejó a su paso por el poder. 

jueves, 2 de octubre de 2025

Culebrones azules




 Entre el tabú y el morbo, la Historia de Bolivia –imagino que también la de otras naciones– está plagada de historias sobre las relaciones íntimas de los presidentes con sus amantes. Y no es que el resto de los mortales no las puedan tener; lo que sucede es que estas “aventuras” no están sometidas al escrutinio público, quedan en el dominio de lo privado.

De las primeras, algunas se ventilan con relativa discreción y otras derivan en descomunales escándalos por sus particulares características, y no siempre se trata de relaciones extramatrimoniales –presidentes solteros o divorciados han llegado al poder–.

Juan José Toro ha publicado sendos artículos al respecto y autores como El Chueco Céspedes (Las dos queridas del tirano) o Raúl Salmón (Juana Sánchez) han versado sobre el tema. Ambos, ¿casualmente?, sobre, probablemente, la relación de este tipo más icónica en estos 200 años. Pasado el tiempo, y con los protagonistas ya en otra dimensión, estos casos se tornan “sabrosos”, inclusive. Lo que no ocurre con los más frescos, que lindan con la sordidez y la ilegalidad, para no hablar de inmoralidad –y no me refiero a situaciones de infidelidad ni cosa por el estilo–.

Todavía llegan ecos de las “canas al aire” del cuatro veces presidente y del general que transitó de la dictadura a la democracia. A propósito de generales, sobre el General del pueblo hay referencias de su amplia descendencia no reconocida.

Con todo, aquellos hechos del pasado parecen “normales” al lado de los que llevan el sello masista en su comisión. En mi criterio, cuatro aspectos son lo que los diferencian: el rol de la(s) mujer(es) en estas relaciones, la ausencia del componente afectivo, el trato político–económico y, como ya lo dije, la ilegalidad, el delito.

Hace unos años (2016) escribí un artículo titulado “Evo, el culebrón” en alusión al escándalo Morales–Zapata. Escándalo, no por la relación misma –Morales Ayma era y es soltero–, sino porque la dama se benefició de una serie de canonjías en virtud a su “proximidad” al Primer Mandatario y padre del hijo que fue concebido cuando ella era menor de edad. Dos ministros aseguraban por entonces que “habían tocado la pancita” de la susodicha y luego adoptaron la posición oficialista: “Es un invento del ‘Cártel de la mentira’”.

Pasado el tiempo, un fiscal determinó que el niño no existió y se cerró el caso. Pero el estuprador volvió a incurrir en delitos similares, aunque las menores guardaran cierto perfil bajo, a excepción de la que ahora goza de asilo en Argentina, de quien parece, más bien, fue la madre quien obtuvo favores políticos.

Y ahora se ventila en tribunales de justicia un caso que involucra al Presidente saliente, también masista. Acá no se habla de pedofilia, la dama en cuestión tuvo un meteórico ascenso en puestos públicos merced a su noviazgo con el hijo de aquel. Pero el hijo, la verdadera víctima en estas situaciones, no había sido “para el junior”, como diría la caserita; sino para quien, en una situación regular, tendría que haber sido el abuelo de la criatura. Aun así, todo podría pasar por un entuerto, producto de una calentura mediada por una promoción burocrática, gentileza de un hombre casado; lo reprochable, si se llega a confirmar –cosa muy probable– es que el Presi haya cometido, como reza la demanda en contra suya, el delito de “abandono de mujer embarazada”, traducido en que no cumple con la pensión para la manutención del pequeñín.

Y así, la pasmada sociedad espera un nuevo episodio de este nuevo culebrón azul.

martes, 5 de enero de 2016

Si le das más poder al poder...


… Más duro te van venir a joder. Y no se necesita ser Molotov para decirlo, pero se agradece al grupo mexicano el haberle puesto música a este axioma de la convivencia en sociedad.

En todo tiempo, sin importar el sentido ideológico de unos u otros, los grupos que acumulan poder para autorreproducirse en éste, acaban por reducir a su mínima expresión la libertad de los ciudadanos hasta convertirlos prácticamente en vasallos al servicio del régimen.

Para evitarlo, se inventó hace siglos (V a.C. en Atenas) un mecanismo político llamado democracia que se fue desarrollando y que hoy, entre otras cosas, prescribe la división de poderes y la alternancia por la vía electoral.

Como la mala fe se manifiesta en variados campos –en el político, en particular- surgió también un contramecanismo consistente en hacerse del gobierno con las reglas de la democracia pero, una vez en el ejercicio del mismo, procurar –en muchos casos hasta conseguirlo- anular todo principio democrático, dejando algunas formalidades para hacer un uso instrumental de las mismas; todo ello en nombre de una “democracia” adjetivada (radical, participativa, revolucionaria, postliberal, etc). Tal es el caso del actual régimen que, contraviniendo sus propias normas –Constitución Política del Estado- ya se hizo habilitar con los órganos bajo su égida para el periodo en desarrollo y, burlándose nuevamente de la ciudadanía, pretende extenderse indefinidamente en el poder.

Sucede pues, que mientras más poder se le dé al poder (y en esto también tiene responsabilidad una parte del electorado que se deja atraer por cantos de sireno –“te van a quitar tu casa”-) habrá cada vez menos posibilidad, menos todavía de la que se tiene hoy, de ejercer otra virtud democrática conocida como “pesos y contrapesos”, dando pie a todavía mayor discrecionalidad en manejo de la cosa pública. Si lo de Fondo Indígena nos parece una inaceptable monstruosidad en términos de los recursos apropiados por los militantes del MAS para beneficio propio, imaginemos lo que se nos viene con un régimen aún más empoderado.

Si hay algo que requiere límites es, precisamente, el poder. De otra manera, es decir dejando que éste se regodee sin mayor límite que el de su propia fuerza, las sociedades se dirigen irremisiblemente hacia sistemas totalitarios (así su disfraz democrático fuera de la mejor factura).

Se supone que la separación de poderes tiene por objeto trazar y garantizar tales límites, pero sucede que regímenes como el vigente en Bolivia, no obstante mantener formalmente la existencia de los mismos, lo hace de manera corporativa, respondiendo todos los componente de la “institucionalidad” a los dictados de un grupo –inclusive de una o dos personas- a quienes debe el cargo que ostentan. El caso de llamado “TCP” es de los más groseros en este sentido.

Y ya que entramos en el terreno judicial, permítaseme enrostrarle al régimen que este columnista junto a varios otros colegas del oficio nos cansamos de advertirle que lo de las dizque “elecciones judiciales” era un despropósito mayúsculo. El régimen, tozudo como es (además calificando como “imperialista”, “neoliberal” o “vendepatria” toda observación que se le haga) prosiguió en su tenor. Poco tiempo después, el resultado está a la vista: el descalabro de la justicia es tal que en cualquier momento estalla una crisis de incalculables consecuencias. Ante esta evidencia, el régimen ha reconocido el error (algo es algo) pero cabe pedir cuentas. Ahora, ¿quién repone la millonada que se gastó en el malhadado experimento? ¿el “genio” Arce Zaconeta? ¿Quién asume los daños y perjuicios causados a la ciudadanía?.

Ciudadano(a): ¿quiere usted que le jodan más duro aún?