miércoles, 4 de febrero de 2026

La tercera vuelta

 


Durante los años posteriores a la asunción al poder del MAS, las elecciones subnacionales se convirtieron en una especie de segunda vuelta cuyo objeto era evitar que el régimen central tomara el control absoluto de todos los niveles de dominio político. Las autonomías funcionaron como una especie de contrapeso al centralismo secante y dieron algo de respiro a la democracia. Mientras el MAS ganaba holgadamente en los comicios nacionales -con todo el órgano electoral a sus órdenes- fuera de occidente, a excepción del municipio de La Paz que se mantuvo “invicto”, solo podía repetir tales guarismos en áreas dispersas y ciudades intermedias -aunque, progresivamente, fue conquistando, no siempre de forma transparente, más alcaldías y gobernaciones-.

Buena parte del éxito de las regiones fue su oposición manifiesta al centralismo encarnado por el régimen. Tal discurso generó algo de equilibrio en la correlación de fuerzas, pero siempre bajo la advertencia de un trato desfavorable a quienes no se alineen al oficialismo. Con todo, esa resistencia local impidió un absolutismo mas pronunciado que el que se vivió hasta hace poco.

Al percatarse del su poco peso en ciertos puntos, el MAS optó por tres fórmulas para disminuir la sensación de derrota: la cooptación, el paralelismo y la neutralización. A manera de ejemplos, sobre la primera el caso de Gatty Ribeiro, elegido alcalde de Cobija en representación de una organización opositora, rápidamente fue cooptado por el MAS y actuó en nombre del oficialismo. Lo último que se supo de él es que había huido a Brasil a raíz de innumerables acusaciones de corrupción durante su gestión masista. Se recuerda, sobre la segunda, el caso de Helena Argirakis, quien como otros en otros lugares fue nombrada “delegada presidencial” en Santa Cruz, a manera de Gobernadora paralela. Y sobre, la tercera, menciono a René Joaquino, figura política local en ascenso, neutralizada por el MAS al acceder a una diputación por el partido de Gobierno.

Ahora el panorama es distinto. La tercera vuelta no tiene como ingrediente una resistencia al Gobierno. No se ha escuchado, hasta el momento -salvo de parte del señor Lara, quien promociona a algunos de sus seguidores- ataques directos al Presidente, ni muestras de una oposición orgánica en contra de su gobierno. No obstante la gran cantidad de siglas y candidatos, todo parece moverse en torno a lo estrictamente local y, los discursos radicales “anti” no son perceptibles. Parecería una aceptación tácita del nuevo orden nacional, tanto así que no hay una clara representación del oficialismo, como tampoco de las “oposiciones”; en cada municipio y en cada departamento hay acuerdos que no necesariamente se repican el los demás.

Ante la ausencia de partidos, en sentido estricto, las personas cubrirán el vacío. Pero, ojo, el antiguo régimen, que aún muestra reflejos, ahora opta por el “entrismo”, es decir por mimetizarse en otras expresiones, contrarias inclusive, para intentar reagruparse en el camino. Está en su derecho, digamos, pero mejor no aventurarse a apoyar a fórmulas en las que se detecte su presencia.

Finalmente está presente el fantasma de la dispersión que podría generar gobiernos locales débiles e incluso ingobernables. La pelota está en la cancha de los votantes, en cuyas manos está, una vez más, concentrar lo más posible su voto en las figuras más aptas para administrar los escasos recursos que les tocará manejar… mientras llega el 50/50.

La novelara

 


Se aproxima el emblemático hito de los 100 días, tiempo que generalmente se da el gobierno y se le da al gobierno para plantar los cimientos que deberán sostener el resto de su mandato.

Amén de unos cuantos sobresaltos -la pulseta con la COB, el contrabando de GLP y el aún vigente caso “maletas”, principalmente- la gestión ha puesto su sello y las señales -más que hechos concretos propiamente dichos- parecen deparar mejores días para Bolivia; reconozco, por supuesto, la acción “heroica” de haber quitado la subvención a los carburantes.

Es en la propia sociedad donde la sensación, con toda la carga de subjetividad que esto implica, de relativo optimismo se ha instalado fuertemente. Esto tiene su lado bueno en tanto construya confianza, que podría generar inversión y productividad impulsadas por el mercado, mientras el Estado implementa las condiciones (infraestructura, políticas educativas, leyes de incentivos, seguridad jurídica, etc.) para que ello suceda. Algunos indicadores han comenzado a mostrar que la tendencia negativa se está revirtiendo. Pero también, en la medida en que la gestión no consiga enrumbar dicho capital de credibilidad, las ahora en la sombra huestes retrógradas comenzarán a producir conflictos.

Me permito, ya ingresando al ”post 100”, sugerirle al Presidente que vaya dejando de lado las muletillas a las que nos tiene acostumbrados. Ya se entendió la idea y ya no suena bien machacar con esas frases.

Dicho en breve, el gobierno de Paz Pereira ha superado con relativa holgura la prueba. Esa siembra debe fructificar.

Hasta aquí, lo central, lo serio. Lo anecdótico, sin embargo, ha ocupado más espacio que el que merecería y así ha sucedido porque quien, haciendo de la autodegradación un deporte, se ha ocupado de ello es el propio vicepresidente, el inefable Edmand Lara.

Si bien su predicamento lamentoso y ridículo incorpora ruido al espacio público, no ha incidido mayormente en el curso de las acciones del Ejecutivo. Hacen bien el Presidente y sus colaboradores en ignorar las groseras provocaciones de dicho sujeto. Caer en el juego del “capitán” sería empeñar el Gobierno a sus delirios.

Como reza el título, lo suyo es una “novelara”, la suya en compañía de su pareja marital, muy defectuosa, a la que no le faltan elementos de melodrama -desmayos, llantos, infidelidades, rabietas, amenazas, arrepentimientos, delirios de persecución, disfraces de variados personajes, mal gusto, despistes, etc.- En algún sentido, el brulote es un éxito. El individuo baila en la boca de medio mundo; inclusive ha dado un giro “for export” para solaz de los televidentes peruanos.

Si la idea es que hablen de uno, así sea para que ser ridiculizado, Lara lo está haciendo de maravilla. Por lo demás, ya en términos de política, el berrinche le está causando el proceso más rápido de autodestrucción, hecho certificado por una encuesta que sitúa en un nivel ínfimo la aprobación ciudadana a su figura.

Así las cosas, reducidos a la anodinia, el individuo y su pareja seguirán en plan circense mientras en el plano de la gran política y de la economía, las decisiones que importan seguirán, esperamos, sosteniendo el vaso medio lleno.

miércoles, 7 de enero de 2026

A mi (nuestra) manera, o cuando enero se volvió octubre

 



Tengo por costumbre la de dedicarle mi primera entrega de cada año a mis propios asuntos. La razón, más o menos cierta, es que durante los primeros días de enero “no pasa nada” y, además, el supuesto de que nadie está para leer columnas tan temprano. Por tanto, escribir sobre uno mismo sirve para llenar el espacio y, de paso, hacer algo de catarsis. Al fin y al cabo, nadie se va a enterar.

De hecho, el título ya estaba decidido –“A mi manera”, como la canción popularizada por Sinatra (dejo en claro que no es suya)- y tenía pensado centrarme en mis ideas sobre la educación.

Pues eso queda para una próxima oportunidad porque los acontecimientos nos han desbordado. ¡Quién iba a pensar que tendríamos un comienzo tan “movido”!

Por estos lares, nos encontramos con que grupos afines al antiguo régimen se dieron a la tarea de importunar la vida de los ciudadanos, en su afán de desestabilizar al gobierno luego de la emisión del DS 5503 que ordena la economía boliviana, moribunda tras veinte años de administración masista.

A poco más de cuarenta días de ejercicio, el flamante Ejecutivo está siendo asediado desde el frente evista y sus huestes residuales mimetizadas en “sectores sociales” y, quién lo diría, desde el frente interno, con constantes arremetidas provenientes del sujeto que funge como vicepresidente.

Vale decir que este Gobierno no ha gozado de lo que en la etiqueta política se conoce como “los cien días”, o sea, el periodo de gracia, el beneficio de la duda, que se le debe conceder para tomar decisiones y trazar políticas -en este caso, para superar la crisis económica-, pasados los cuales la sociedad podría evaluarlas y, en su caso, cuestionarlas.

Lo llamativo es que, a horas de su emisión, el 5503 ya había resuelto dos de los más acuciantes problemas: la provisión de carburantes y la contención de la cotización del dólar en alrededor de 10 Bs. dando certidumbre a las operaciones económicas. ¿Pretenden, con sus demandas, los “movilizados” bloqueadores llevarnos de vuelta a las filas en los surtidores, al dólar por encima de los 20 Bs. y sin inversiones? ¿enero se volvió octubre?

Para rematar, el contexto externo nos ofrece una perla geopolítica: El señor Trump “liberando” al pueblo venezolano del tirano Maduro. Las connotaciones de la operación son, sin embargo, ambiguas, por decir lo menos. En la medida en que comienzan a hacerse más explícitas, el inicial entusiasmo de muchos podría trocarse en desazón.

Sin entrar en mayores consideraciones al respecto, retrotraigo la primera impresión que tuve tras conocer aquellos hechos: valorar que, en nuestro país, habíamos logrado superar, que no solucionar, nuestros problemas internamente, sin intervencionismo alguno y, es de esperar, que sigamos haciéndolo de esta manera, incluso los que afrontamos en este momento, mencionados anteriormente.

Ciertamente, a diferencia de Venezuela, donde la dictadura -que no ha sido desmontada- se asienta en las Fuerzas Armadas, en los grupos armados irregulares pero consentidos y promovidos por el propio régimen, en el control de la justicia y el órgano electoral, y en el narcotráfico -probablemente, lo único que ha sido “tocado”- en Bolivia no se llegó a tal extremo: “solo” sufrimos los embates de la justicia amañada, los fraudes electorales y la amenaza del narco chapareño. Hubo intentos de organizar grupos armados –“Estado Mayor del Pueblo” y otros- que no prosperaron. Ayudó, cómo no, la autofagia en la que se enfrascó el masismo.

Los bolivianos conseguimos, a nuestra manera, derrotar a la dictadura.