miércoles, 4 de diciembre de 2019

¡Nunca más!


Estoy consciente de la ingenuidad que supone poner un título como el presente, expresión más bien retórica, “una carta a Papa Noel”, diríase. Pero, además, poco original, trillada; pero, a pesar de todo ello, pertinente, necesaria para procurar no tropezarse con la misma piedra.

Tengo en mente, a tiempo de redactar estas líneas, a los bolivianos que no han nacido aún para que, en su época de actuar como ciudadanos, no se dejen engatusar por falsos redentores que, en nombre de los menos favorecidos, resultan beneficiados con la democracia para, una vez encumbrados, gobernar contra ella en el afán de perpetuarse en el poder recurriendo, en el caso de que la Constitución se los limitase, a las más viles acciones de manipulación de los poderes de Estado cooptados por un régimen de carácter totalitario y, en el caso de saberse disminuidos electoralmente, recurrir al peor de los pecados sociales: el fraude.

Porque lo ocurrido excede los límites de la política. La confianza entre partes, la seguridad jurídica, la convivencia entre diferentes, la fe democrática, son bienes públicos que al ser corrompidos afectan a todo el tejido social.

El antiguo régimen, al haber incurrido en fraude electoral –ruptura del valor de transparencia, que deviene del principio de igualdad- genera también una ruptura de orden moral: si quien es el encargado de regular el orden social (el Estado) es el primero en engañar, entonces todo vale. Vale la estafa, vale el acoso, vale el irrespeto, vale la discrecionalidad, vale la delincuencia…
La ciudadanía, cuyo umbral de paciencia respecto a los abusos de poder a los que la sometía el antiguo régimen parecía no llegar a su límite, finalmente, aupada por el ímpetu de la juventud, decidió no dejar pasar el timo.
De haberlo permitido, poca o ninguna esperanza le quedaba al país para retomar la senda de la democracia. ¿Se imagina usted las elecciones subnacionales bajo la administración del Grupo de Choque? ¿Y luego de eso?
En su fe marxista, los operadores del antiguo régimen no imaginaron que la sociedad, dentro de una economía (la estructura) aparentemente sólida –y no por mérito exclusivo de sus funcionarios-, iba a plantear una resolución del entuerto por el camino de lo institucional.
Un grupo de poder, como lo fue el antiguo régimen, acostumbrado a aplacar a sus críticos mediante represalias de diversa índole, montó en desconcierto al no poder hacerlo esta vez. Mientras los acontecimientos se precipitaban –transitando rápidamente del pedido de “respeto al voto” al de “renuncia del tirano”- los jerarcas hacían maletas, una manera implícita de admitir la comisión del monstruoso fraude, del atentado a la fe ciudadana.
Las cosas bien podrían haberse resuelto hasta ese punto. Pero resultó que, cual bestia herida, el evadido decidió desestabilizar la transición incitando a la delincuencia y al boicot de la pacificación. Ladino, el sujeto.
Entre el enmarañado tenor de sus declaraciones, el exmandatario insinúa su retorno al poder “cuando llegue el momento” mientras instruye a sus huestes que ahoguen a los bolivianos. La figura que se me viene a la mente es la de Juan Pereda Asbún luego del fraude que montó para “ganar” las elecciones de 1978, rematado por un golpe de Estado. Una eventual habilitación de tal personaje como candidato, ahora o en los próximos cien años, sería como haber permitido que el tal Pereda se presentase en una elección posterior a la del fraude que cometió. Si a eso sumamos que los bolivianos nos enferma el prorroguismo, el plato está servido. Pero los poderosos de turno no aprenden. Ojalá fuera la última vez que la sociedad da una lección a quienes se quieren (se quieran) perpetuar.
¡Nunca más! ¡Nunca MAS!

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