miércoles, 18 de marzo de 2026

Del silencio atronador al sonido de la confianza




 Pese al consenso en sentido de que las recientes elecciones generales se desarrollaron de manera transparente y ordenada -en buena medida por el liderazgo del Dr. Hassenteufel- no faltaron episodios deshonrosos que no llegaron a afectar el proceso, pero que dejaron mal sabor de boca en su momento: Cada aparición mediática del exvocal Tahuichi -increíblemente hoy de candidato a alcalde de El Alto- por ejemplo, ponía en vilo la estabilidad de los comicios.

El caso más ingrato fue el de la sanción a varios medios por lo que el ente rector consideraba como publicaciones propagandísticas fuera del plazo legal. En tal categoría incluyó a algunas columnas, entrevistas y otros contenidos estrictamente periodísticos. Curiosamente, fue el entonces vocal, hoy presidente del TSE, Gustavo Ávila, quien comunicó este atropello; un exceso, cuando menos.

Lo menciono porque nos encontramos en medio del silencio electoral y queda el mal recuerdo de aquel exabrupto. En puertas de las elecciones autonómicas (prefiero este denominativo al de “subnacionales”) lo previsible sería abordar el tema; versar, por ejemplo, sobre los debates que, más allá de que es imposible entrar en profundidades programáticas dada la cantidad de candidatos, que me recuerdan a las elecciones de COTEL de antaño,  son un indicador de la salud de la democracia. Por ello las ausencias de Reyes Villa (candidato a alcalde de Cochabamba) y de Revilla (candidato a gobernador de La Paz) son un gesto de desprecio a ésta: justamente aquello que criticábamos duramente al antidemocrático Morales Ayma. Puede ocurrir que tal desplante no haga mella en sus números, pero el ejercicio democrático tiene rituales que se deben respetar.

Me acojo, entonces, al silencio electoral esperando que sea lo suficientemente atronador para que no se repitan situaciones como las mencionadas.

Esto me da la oportunidad para referirme a algo más amable: luego de un largo tiempo de escasa actividad, nuevamente la escena musical recibió, y lo seguirá haciendo, una oferta nutrida y variada en materia de géneros y trayectorias. Y, lo más destacable, un público que asiste masivamente a los conciertos, lo que da una señal de confianza y estabilidad más allá del espectáculo.

La producción de conciertos masivos de carácter internacional vivió entre 1988 y 2000 una época prolífica cuya lista de nombres es realmente impresionante, considerando las condiciones económicas del país. Precisamente fue la debacle económica la que llevó a restringir sensiblemente la visita de grandes figuras de la música; no es que se hubiera cortado su llegada, pero su presencia fue más bien esporádica.

Se pensará que pasada aquella crisis y ante la bonanza proveniente del gas se reactivó el negocio. Lo hizo, de algún modo, pero también fue el tiempo en el que se multiplicaron los fraudes, como en las elecciones, y la desconfianza del público creció debido a las suspensiones -no todas atribuibles a los organizadores- lo que supuso otro obstáculo para quienes, de buena fe, se arriesgan a producir esta clase de eventos. Más tarde, llegó la pandemia, lo que afectó a todas las actividades económicas. De la casi desaparición, primero tímidamente y ahora abundantemente, la producción de conciertos volvió recargada.

Tal fenómeno me trajo a la memoria el comentario que me hizo Mauro Bertero, en junio de 1989, finales del gobierno de Paz Estenssoro y en puertas del de Paz Zamora, previo al primer concierto de Air Supply en La Paz (luego non visitaron dos veces más). Bertero, bien acomodado en la primera fila de una platea habilitada para el efecto en la curva sur del estadio “Siles” repleta de asistentes: “Esta es una muestra de confianza en la economía del país”.

Yo le llamaría “El sonido de la confianza”.

jueves, 5 de marzo de 2026

Los infames

 



No, no voy a versar sobre la novela histórica que Verónica Ormachea publicó hace aproximadamente diez años; el título que elegí para esta ocasión es más bien una premeditada llamada de atención sobre el comportamiento de ciertos sujetos en circunstancias delicadas del acontecer social local.

Pero, ya que lo mencioné, aprovecho para recomendar la lectura de “Los infames” y “Escape a los Andes”, de Raúl Peñaranda y Robert Brockmann, obras que dialogan a propósito de un tema apasionante de nuestra historia. Hágalo sin que los actos del régimen israelita en relación a Palestina o, incluso, Irán, condiciones su apreciación literaria.

Algo más. Casualmente, me encuentro leyendo las últimas páginas de la más reciente bio-novela de Ormachea, “Neruda en su laberinto pasional”, que estuvo en mi lista de espera durante largo tiempo, y realmente la considero digna de ser llevada al cine, como también lo sería una versión mezclada de los libros sobre Mauricio Hochschild; una suerte de “La lista de Hochschild”.

Ya en lo que nos trae a la realidad, estos días me invadieron ingratas imágenes y palabras provenientes de la llamada “Guerra del gas” (2003), que fuera la culminación de una serie de acciones destinadas a desgastar el segundo gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada que, evidentemente, había perdido casi todo sostén popular. Puede haber sido que, en principio, la reacción social encontrara algún asidero para justificarse -la intención de exportar gas natural vía Chile con muy poco margen de utilidad para el Estado, sumada a demandas de tipo político que ya venían acumulándose-. Sin embargo, la violencia promovida por el lumpen se masificó y encontró una respuesta mucho más dura de parte de las fuerzas represivas que buscaban retomar el control de caminos e instalaciones y rescatar a ciudadanos retenidos en lugares como Sorata, si mal no recuerdo-. El caso es que el detonante para semejante estado de anomia fue un rumor que se expandió a la velocidad de la luz: corrió la voz de que “los chilenos” estaban en nuestro territorio, en El Alto concretamente, y habían venido a “llevarse nuestro gas”. Monumental dislate que, en las condiciones ya descritas, prendió rápidamente en la cabeza de una cantidad importante de habitantes de aquella ciudad.

Quien mejor supo capitalizar estos “movimientos” fue uno de sus instigadores, el señor Morales Ayma -el otro era el señor Quispe Huanca, finalmente desplazado por aquel- quien, dos años más tarde se hizo, por la vía electoral, Presidente de Bolivia, exprimiendo prácticamente hasta secarla la Ley de Hidrocarburos promulgada por Hormando Vaca Díez, ante la negativa de Carlos Mesa a hacerlo.

Sin llegar a tales extremos, a partir de la crisis de seguridad resultante del accidente de una aeronave que transportaba papel moneda, se volvieron a escuchar, de boca de los infames, una sarta de disparates, absurdos, inconsistencias y no pocas consignas políticas de mala leche que en otro contexto serían risibles, pero que en medio de la tragedia sonaban deplorables.

Solo a manera de referencia menciono algunos:

“La plata (que transportaba la aeronave) era un envío de Rodrigo Paz a Trump para que atrape a Evo Morales”

“Esa plata es lo que Rodrigo Paz nos roba a los bolivianos”

“Es producto del narcotráfico”

“Es dinero ilegal”

De poco sirvieron las explicaciones racionales, aunque algo contradictorias, de las autoridades. Lo que está claro es que estas operaciones se realizan de tanto en tanto y con la discreción que, justamente por seguridad, corresponde -ya me imagino un comunicado del BCB dando detalles públicos de cantidades, número de vuelo, horarios, etc.-

Aunque no las justifican, las patrañas proferidas podrían atribuirse a ignorancia, desconocimiento o inclusive a consignas políticas, dichas por personas particulares, aunque amplificadas mediante redes y medios interesados en socavar la credibilidad del gobierno, no tienen mayor alcance -la ciudadanía ha aprendido, en alguna medida, a no tragarse todo lo que se difunde por las redes o por otros medios-.

Lo que es inadmisible es que una autoridad, para el caso el inefable Edman Lara, no solo se hagan eco de la infamia, sino que hagan uso conscientemente de imágenes manipuladas para sembrar sospechas sobre la procedencia de los billetes que viajaban en el Hércules. El sujeto en cuestión actuó como un instigador más de los hechos delincuenciales registrados en inmediaciones del siniestro y merece nuestra más enérgica condena.

21F, 10 años

 



A las 21:00 del martes 23 de febrero de 2016, la entonces presidenta del Tribunal Supremo Electoral, Katia Uriona, flanqueada por los vocales Exeni y Costas, ambos con sus rostros desencajados, anunciaba la victoria del “No” (a la elección indefinida de Evo Morales) en el referéndum constitucional con el que dicho sujeto pretendía modificar el artículo de la CPE que se lo impedía. Inmediatamente después, la ciudadanía tomaba las calles como si se tratase de la clasificación de Bolivia al Mundial.

Tal anuncio se produjo ante las dudas que el recuento de votos generaba, puesto que la diferencia a favor del “No” se iba reduciendo “misteriosamente” -unas horas más y, con seguridad, la tendencia “se revertía” y el “Sí” aparecía triunfante dadas las malas artes de un Órgano Electoral obediente al régimen-. Algo de conciencia tuvo la señora Uriona que no dejó pasar más tiempo, como lo pretendían el resto de los vocales, y puso fin a la espera para iniciar la fiesta de la democracia.

En lo tocante a mi persona, un canal de televisión me invitó a dar mis apreciaciones al respecto, para lo que tuve que dejar por un momento el festejo y, ya en el estudio, me encontré con que tenía que vérmelas con un, hasta hace poco, “analista” muy requerido por los medios, acérrimo cohonestador de las fechorías de Morales, por aquel entonces, y de Arce, luego. Recuerdo que este individuo perdió los estribos y sólo atino a insultarme. Yo, feliz de la vida.

Antes de ocuparse de labores gubernamentales propiamente dichas, apenas inaugurado su tercer mandato (segundo en la contabilidad garcialinerista, avalada por una forzada sentencia constitucional) la voracidad de poder de Morales Ayma, ya sin argumentos para burlarse de la CPE, y con el impulso que le dio la elección, montó el referido referéndum, seguro de que arrasaría en el mismo dado el control que ejercía sobre el TSE. Con tal seguridad, aseveró que si perdía “así fuera por un voto” se retiraría a su chaco “con su quinceañera” al final del periodo. En principio, reconoció su derrota; pero su entorno ya estaba tramando el “plan B”.

En el recuento del acontecimiento central de cada año que suelo hacer a fin de gestión, caractericé a 2016 como “El Año No-Evo” describiéndolo como “Quien se creía imbatible y convocara a un referéndum para legitimar su afán reeleccionista fue barrido por la voluntad popular el 21 de febrero de este año. Pero 2016, el “Año No-Evo”, lo ha sido en toda la forma. Se podría decir que la mezcla explosiva -corrupción, abuso de poder, ineficiencia, ineptitud, etc.- que activó apenas llegado al Palacio Quemado, estalló en sus manos causando daños irreversibles a su proyecto de permanencia indefinida en el poder”.

Y acá estamos, en 2026, respirando nuevos aires democráticos cuyo antecedente más relevante -luego vino la “revolución pitita”- es el hecho que referimos. Los burdos intentos de torcer la decisión ciudadana, primero con aquello del “derecho humano a la reelección indefinida”, otra aberración jurídica validada por el Tribunal Constitucional Plurinominal -algunos de cuyos miembros fueron premiados con cargos diplomáticos- y, luego, con el fraude monumental, sumados al grosero gobierno de Arce Catacora, terminaron condenando al retrete de la historia al MAS y a sus “movimientos sociales” para siempre -al menos así lo espero-.

Celebro, pues, ese “veintiunoefe” que inició el camino para liberarnos del oprobio al que nos tenía sometidos un régimen delincuencial que sin pudor alguno intentó de formas absolutamente perversas quedarse en el poder eternamente. Nosotros, la ciudadanía, se lo impedimos. ¡Salud!